A una semana de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Colombia se enfrenta al dilema que acosa a otros países de Europa y América Latina: mantiene el rumbo progresista o cae en la tentación autocrática de la derecha.
El próximo
domingo a esta hora de la tarde sabremos qué decisión tomó Colombia. Si la del
doloroso viraje a la derecha y su ideología “libertaria” dictada desde el eje
Whashington-Sillicon Valley, o la propuesta de corte socialdemócrata que se puso
en marcha en el primer gobierno del Pacto Histórico y que busca consolidar un modelo
de país que le apuesta a la paz, que propone una visión más avanzada del
desarrollo y de la seguridad, y que está basada en el cuidado de la vida y de
todos los sistemas que la sostienen.
Creí que pensaba
con el deseo si me atrevía a afirmar que sucederá lo segundo. Quería prevenirme
del triunfalismo que nos afectó en la primera vuelta. Sin embargo, en las últimas
semanas estamos asistiendo a un resurgir de la opinión y a un movimiento
espontáneo de apoyo a la candidatura de Iván Cepeda y Aída Quicué como no lo
había visto en todos mis años de votante por otros candidatos. Estoy viendo
cómo se moviliza una corriente joven, renovadora, crítica pero incluyente; y
puedo verla, en un futuro cercano, conviviendo y compartiendo los espacios con
la contracorriente de los jóvenes afectos a la derecha mundial y a los
movimientos ultraconservadores.
Tenemos muy
claro, ahora, el entramado de ilegalidad y manipulación mediática que ha fabricado
la candidatura de De la Espriella. Sabemos que el adversario recibe protección externa,
y que se empeñarán en torpedear al gobierno legítimamente elegido. Ya que no lograrán
ganar las elecciones, harán lo indecible por sabotear al nuevo gobierno hasta,
eventualmente, reemplazarlo por la fuerza. Ese es el panorama al que nos aboca una
posible victoria de ese candidato. Esa es la Venezuela hacia la cual nos llevará
la propuesta de Defensores de la patria.
Pero no, no
vamos a equivocarnos de esa manera. Yo estoy cierta en que más de diez millones
de ciudadanos y ciudadanas vamos a votar el domingo por Iván Cepeda, no sólo
para conjurar la amenaza neofascista sino con la convicción de que el mejor camino
para Colombia es el camino de la democracia -imperfecta, si, pero perfectible como
lo muestran muchas otras sociedades en el mundo- de la democracia y del respeto
por nuestra riqueza natural y cultural. Del respeto hacia nuestras complejidades
como sociedad y por supuesto, de respeto hacia lo que ya representamos en el
contexto de la región.
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