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miércoles, septiembre 28, 2011

La Samaria



Nuestras ciudades se re-nombran, se re-definen, se auto bautizan con nuevos nombres y apodos sacados del argot popular, del vacile, de esa voz interior que un día ordena trastocarlo todo para salir del tedio. Barranquilla tiene hoy por lo menos cuatro formas de nombrarse; Cartagena al menos tres y a Santa Marta comenzamos a llamarla también de otra forma: La Samaria. Un nombre menos santo y más prosaico que suena a personaje callejero. La Samaria es una mujer hermosísima pero demacrada. Con unas ojeras que no logra disimular el maquillaje; las ropas finas pero raídas y la voz ronca de las fumadoras o de las mujeres que se han cansado de llorar. Tiene el pelo y las uñas sucias de carbón pero a ella no le importa; sigue recorriendo las calles con su risa fácil, su desparpajo y su mirada inteligente.  


Si la identidad de Barranquilla es mestiza y la de Cartagena es afro la de Santa Marta parece ser indígena, pero no del todo, y no del todo blanca ni del todo negra, y su mestizaje es más con el cachaco que con los mismos pueblos del Caribe. Ahora le pone nombres indígenas a cuanto negocio abre, pero no conoce ni respeta la cosmogonía que esos nombres encarnan. Presiento que La Samaria ya no sabe quién es  realmente.

Los forasteros que llevaban tiempo sin venir  se sorprenden, agradados, con las obras que han hecho en el Centro: La remodelación del Parque Bolívar y el de los Novios, algunas zonas peatonales adoquinadas y la recuperación de algunos edificios. Qué bonita se ve, dicen, y así es, al menos en ese pedacito de ciudad. Sin embargo, una caminata nocturna por esas calles  en este mes de temporada baja nos revela un paisaje poco menos que desolado. Son pocos los negocios que abren entre semana, la basura se riega en las aceras y en éstas se refugian también los habitantes de la calle. 


No se puede decir que sea agradable ni seguro dar una vuelta a las diez de la noche por las calles aledañas a esos mismos parques, o a la Catedral, o por la Avenida Santa Rita. Sólo el Camellón se deja recorrer todavía pero el paisaje urbano se siente deprimido, sin energía. Ni siquiera la nueva Marina, rodeada de piedra de mármol, logra insuflarle vitalidad a esta fachada de la ciudad, y basta que llueva un poco y suba la marea para que las calles del centro se inunden de aguas negras. Más allá no me aventuré, pero no se requiere mucha imaginación para deducir cómo andan las barriadas. 


Ya se sabe que cuando se invierte en cemento pero no en la gente, las obras no cumplen su cometido. Embellecer por fuera pero no por dentro es un sofisma de distracción porque más temprano que tarde la pobreza terminará arruinando las costosas inversiones.


Las aceras de la Quinta siguen invadidas de pequeñas chazas, puestos y hasta neveras de helado de las grandes marcas que roban luz del alumbrado público. Un caos total del que sacan ventaja los extorsionistas que explotan hasta al más humilde de los vendedores ambulantes.


Entonces regreso a las charlas que escuché de las historiadoras Adelaida Sourdis y Aline Helg, en el marco de la Expedición Padilla, sobre el Caribe de la Colonia, ese que justo antes de la Independencia se dividía en una sociedad de clases y castas pero trataba de construirse y de estar a tono con los vientos republicanos.
En esa época, por ejemplo, el viaje de Santa Marta a Cartagena tomaba seis días por tierra y uno por mar. Hoy el trayecto por mar toma 16 horas y por tierra solo tres


El Caribe colonial estaba formado por pueblos de indios y sitios de blancos y lo gobernaban funcionarios de la corona. Los corregidores, contaba Adelaida Sourdis, no tenían sueldo pero estaban autorizados por la metrópoli para hacer negocios con los indios y criollos y obtener de allí los medios de subsistencia.  Hoy los funcionarios tienen sueldo pero igual siguen haciendo negocios desde sus cargos para aumentar sus medios de subsistencia.


Y mientras Cartagena florecía La Samaria de ese entonces se convertía en una de las poblaciones más pobres del Virreinato. Fue quedando como un sitio de paso porque a la gente no le provocaba quedarse. No había gente para trabajar la tierra sino indios belicosos y piratas al acecho. 


Hoy los campesinos están desplazados, los indios han decidido resistir de otras formas y los piratas tienen una nueva faz. Andan camuflados pero ahí están, saqueando la ciudad, robándole su alegría.


Patricia Iriarte

sábado, septiembre 24, 2011

En Santa Marta continúa la travesía

Sábado 24, aunque debería decir viernes 23. 

Esta bitácora tiene un día de retraso por cuenta de un día completo de apagón en el barrio Boston, y asuntos varios de la reportera. Pero abro la página web de la expedición y su página en facebook  y veo que tampoco estoy tan "colgada". 


La agenda ha sido intensa, y el movimiento y organización de 50 a 60 personas en promedio tres y cuatro veces al dia, de un lado para otro, es una tarea que exige al máximo al grupo organizador y el equipo de producción audiovisual está haciendo el registro de todo pero tampoco alcanza a subir enseguida toda la información que recoge. Se resalta la organización, pero sobre todo, el contenido. 


Spirit of Persistence, exposición itinerante
bilingüe sobre el archipiélago de San Andrés
y Providencia
La exposición Tiempos y Estrellas, de los mapas de la Expedición Fidalgo por el Caribe neogranadino es un lujito que pocas veces podemos darnos. Allí están los primeros planos que se hicieron de nuestras ciudades, comenzando por Riohacha, cuyo trazado parece el plano de un sistema estelar. Totalmente distinta en su presentación, y muy informativa, es la muestra de la Universidad Nacional Sede Caribe (curada por Hazel Robinson) sobre la historia del archipiélago de San Andrés y Providencia, y el papel que jugaron en ella las goletas de la Independencia. Algunas de los cuales, me imagino, habrá capitaneado el Almirante Padilla. Una exposición itinerante que está recorriendo las principales ciudades costeras gracias a la Expedición.


Orquesta de Cámara de Cuerdas de Bellas Artes, con la
mezzosoprano Zeidy Bornacelli.
Y como dicen en los Montes de María, aplauso y medio para la Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, en su concierto de homenaje a Cartagena, que fue no sólo con la estupenda Atlántico Big Band sino con la también destacable Orquesta de Cámara de Cuerdas y la actuación de la maestra pianista Yamira Rodríguez, la profesora  Jhany Lara y la mezzosoprano Zeidy Bornacelli. Todos y todas, bajo la batuta de su decano Guillermo Carbó, se lucieron con la concurrencia, que fue, casi toda, la de la Expedición, incluida la Alcaldesa Judith Pinedo y su equipo de cultura. Lástima que el público barranquillero no se haya  animado  a ir, dejando un cuarto de sala vacía.
Guillermo Carbó, dirigiendo la Atlántico Big Band en su
homenaje a Cartagena.



Después de la cena, y como ya es casi de rigor, el equipo se fue para La Troja, nuevamente con alcaldesa a bordo, y rumbeó hasta donde dieron. Eso no les impidió cumplir con la hora militar de salida a Santa Marta, hoy a las 8:00 en punto desde el puerto fluvial de Barranquilla.


Y aquí emparejo la bitácora. Pero antes hay que decir que para esta nueva etapa del viaje se nos unieron expedicionarios de alto turmequé. El profesor de Literatura de Uniatlántico Ariel Castillo, el exdirector de la FNPI Jaime Abello Banfi,  la investigadora Mirta Buelvas, el gerente del Banco de la República de Santa Marta, Joaquín Viloria; el historiador Luis Alarcón y la antropóloga de  la Universidad de los Andes Margarita Serje. También vienen a bordo dos expedicionarios de la hermana República Bolivariana de Venezuela.


El buque de la Expedición Padilla llegando al puerto de Santa Marta, hoy
a las 3:00 p.m.
Lluvia, mar picado y mareo fueron los signos del trayecto hacia Santa Marta, del que afortunadamente nos libramos las cuatro personas que hicimos el viaje por carretera. Igual nos mojamos en esta ciudad con la bahía que, a pesar de todo, sigue siendo una de las más hermosas de América (han hecho lo posible por acabarla, pero su belleza aún se resiste a todos los atentados).

Mientras llegaba el buque, y todavía bajo la lluvia intermitente, Eduardo Polanco, Luis Mestre y yo salimos al camellón a entrevistar parroquianos acerca de sus conocimientos sobre Padilla y sobre sus gustos musicales.  A esa hora, entre las  dos y las tres de la tarde,  el camellón de Santa Marta estaba ocupado casi exclusivamente por vendedores ambulantes y estacionarios y otros rebuscadores que aguardaban a uno que otro turista que apareciera por allí.



En respuesta a la primera pregunta: ¿Qué sabe o qué recuerda usted sobre el Almirante Padilla? escuchamos muchos “no sé nada” y “no recuerdo nada”, pero en la misma proporción hubo los que habían escuchado el vallenato de Escalona y entonces, de estos últimos, muchos pensaban que había sido un “narco de la guajira” o “un contrabandista”. Los que habían sido reservistas recordaban que fue un gran navegante y un general pero no lo ubicaban históricamente, y la más insólita de las respuestas fue la de un operario de la sociedad portuaria, quien dijo que José Padilla había sido un excelente navegante más o menos entre el 2006 y el 2009. Aunque pensándolo bien, quizás fue un capitán, homónimo del héroe, que estuvo con su barco en Santa Marta por esas fechas. 


En todo caso queda claro que nuestra gente no sabe quien fue el hombre por el cual le pusieron ese nombre al barco que llegó a Puerto López, allá en la Guajira arriba…

Texto y fotos: Patricia Iriarte

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