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viernes, agosto 05, 2011

Alimenta tus sueños

La Latina, Madrid. Verano del 2011
foto de patricia iriarte

miércoles, julio 27, 2011

Tres países, siete ciudades (II)


Y le llegó el turno a Estrasburgo, la joya de la Alsacia, esa región francesa situada en la frontera con Alemania y Suiza que produce excelentes vinos blancos, cerveza y automóviles. Estrasburgo, con sólo un millón de habitantes en su área urbana, la mitad de ellos en la zona central, es sede del Parlamento Europeo, de tres universidades y de numerosos liceos nacionales; posee un teatro, una ópera y una orquesta sinfónica, por lo que se precia de su nivel cultural.


Arquitectura tradicional alsaciana, en Estrasburgo.

Tiene fama de ser tranquila, segura y atractiva para los viajeros, que difícilmente agotarían en una semana un programa que incluya un recorrido por el centro histórico -Patrimonio de la Humanidad-, la catedral, la ruta del vino y la zona de deportes extremos y centros de esquí. También hay que hacerle la visita al Museo de Arte Moderno; a la hemeroteca André Malraux, que en verano programa un hermoso espectáculo de fuentes luminosas; al Parque L’Orangerie y al puerto, que es el segundo en importancia sobre el Rin. Lástima el frio que nos atacó en las últimas noches, cuando esperábamos el cálido tiempo del verano, pero fueron días bonitos los que pasé en Estrasburgo.


Exterior de la estación de trenes de Estrasburgo.



Panorámica de Lyon desde Fourvière. 
La séptima ciudad, la sorpresa revelada a último momento fue Lyon, otra que se las trae con su actividad cultural, industrial y de turismo. También estudiantil, como la cercana Estrasburgo, la capital del Ródano tiene el encanto de dos ríos en su geografía y un no-se-qué romántico en sus calles. Se hace llamar también la Villa de Lyon, pues fue la capital de la Galia durante el imperio romano, y uno de los puntos importantes en la ruta de la seda. Productiva y muy próspera, la orgullosa Lyon dice tener el segundo PIB más alto de Francia después del de París. Imperdonable no visitar la  colina de Fourvière, el viejo Lyon, el teatro de marionetas y el Instituto Lumiere. Recuerden que fue allí donde vivieron y filmaron los hermanos Lumiere algunas de las primeras escenas en la historia del cine.

Una instantánea de Lyon
Uno de los tantos carteles que empapelan a la
Madrid de hoy.

Y de nuevo Madrid, para cerrar el ciclo. Con más tiempo esta vez para conocerla –pero también con más cansancio-  la capital española estaba candente por todos lados. Allí la actualidad se cuela en todas las conversaciones. En esos días los temas eran la crisis económica y los escándalos políticos:  la renuncia del presidente de la comunidad valenciana, por cuenta de unos trajes que recibió de regalo de una empresa con la cual había contratado. Que si se adelantan o no las elecciones, que si el PP vuelve por lo suyo, que si los indignados preparan una marcha para el sábado, que si los vecinos de Lavapiés prometen detener los desalojos con acciones directas, cansados de los abusos de los bancos y de la ceguera oficial ante los mismos…


Una anciana toca su violín en la noche
para recoger unas monedas. Madrid

Así, entre noticieros, gazpachos, "cañas" y reencuentro con amigas del alma, fuimos conociendo un poco más sobre la abuela patria y su ciudad principal. Había que ir a El Prado, pero no alcanzó el tiempo ni la batería (ni los euros). Me conformé con el Reina Sofía, por ver al Guernica –aquí entre nos, con menos emoción de la que esperaba-  y disfruté recorriendo Chueca, el Paseo de la Opera, El Retiro y la Plaza de Santa Ana. Para qué más.

Lo que me hubiera gustado traerme
Lo primero: las bicicletas públicas  (curiosamente, el día de mi regreso, desde la tele del avión, me enteré de que Medellín ya las tiene y Bogotá las prepara).  Lo otro: el sistema de reciclaje, aunque más de una persona me haya dicho que no le cree porque todo va a parar al final a la misma gran caneca. Yo de todas formas creo que es mejor que nada. Y lo último: la relación de las ciudades con sus ríos, que son una parte amable del paisaje y se integran a la vida cotidiana aportándole su ritmo sosegado.




Patricia Iriarte

domingo, julio 24, 2011

De nuevo, el placer de narrar


Después de casi un mes de quietud Cantaclaro retoma actividades con los relatos fotográficos y periodísticos de su editora, Patricia Iriarte, sobre su viaje a Europa, y de una autora amiga, Ana Victoria Oeding, de quien reproducimos en la sección de Plumas invitadas,  una crónica sobre las fiestas de El Carmen de Bolívar y un cuento corto de sabrosa factura.



Tres países, siete ciudades (I)

por Patricia Iriarte


Europa nunca me ha sido del todo lejana. Además de las referencias escolares, recuerdo que siendo muy pequeña tuve la noción de algo llamado España que quedaba en Europa, que mi padre había visitado cuando estaba en la Marina y que a mi madre debía gustarle mucho porque se había tomado una hermosa foto vestida de manola. Me cuentan que le encantaba la música española y que solía cantar algunas de las canciones que tocaban en la radio.

España siguió presente tiempo después de muchas formas. La música, el cine, la literatura. Luego algunas de mis más grandes amigas emigraron por diferentes razones. Una de ellas hace 14 años a Madrid, por motivos políticos; más adelante Cristina se marcha a ejercer la medicina en París; Luz se va a Barcelona, poco después, por estudios y deseos de un horizonte nuevo, y Patricia hace en la capital catalana sus estudios de postgrado en Economía. En la última década he tenido amigos y amigas de ese país, y a punto estuve yo misma hace diez años de ir a cursar una Maestría en la Universidad de Andalucía.

Pero no sólo fue  España. De repente, en 1990, Escocia se me convirtió en destino durante esa etapa de la vida en que se intenta mantener una familia; entonces conocí Londres, Edimburgo, Glasgow y París. El retorno fue más pronto de lo previsto, pero entre un verano y un otoño pude percibir de cerca los olores de estas ciudades antiguas, el eco de su historia, los logros de su gente, sus particularidades.

Holanda se apareció después en la bondad y estatura de un antropólogo que se enamoró de una manizalita que era mi amiga y socia a mediados de los 90, y terminó llevándosela consigo a Hilversum. La integración afectiva y cultural duró unos años más, y ahora ella vive y trabaja como periodista en La Haya, el corazón político y financiero de los prósperos Países Bajos.

A todo esto súmese que un hermano mayor realiza un doctorado con la Universidad de Salamanca  y otro emigra para trabajar como médico en la provincia de Málaga. Como si fuera poco, mi hija decide hace cuatro años establecerse en Estrasburgo para estudiar veterinaria, y se enamora de un francés.

Así es que la visita a la tal Europa se había vuelto ya un imperativo.

Barrio Chueca, Madrid


El viaje comenzó y terminó en Madrid, aparentemente la puerta más expedita para la entrada de los colombianos. Aparentemente porque nada más difícil que solicitar una visa Schengen al consulado de España en Colombia. Es mucho más rápido y cómodo solicitarla a los Países Bajos, que tiene un eficiente sistema de citas por internet que se realizan en su consulado en Barranquilla, sin tener que viajar a Bogotá, como lo exige España.

El 27 de junio, en un vuelo de Avianca, aterricé en Barajas, donde, contrario a lo que me habían advertido, mi maleta no fue objeto de requisas ni yo de interrogatorios. Esa misma tarde, para provechar las 48 primeras horas del viaje, salí a asomarme a esta ciudad con Rey. Madrid  caliente, Madrid visitado, Madrid atravesado por la política: el M-15, la crisis del euro, los inmigrantes… Madrid vertiginosa, joven, audaz, vieja, decadente. Rica, pobre. Como España.

Barcelona es otra cosa. Aunque sus calles comparten ciertos aires y estilos con Madrid, la mano de Gaudí la hace única y maravillosamente irrepetible. Y su cosmopolitismo es más certero. Sitiada por el turismo de verano, la ciudad deja sentir también su combatividad en la Plaza de Catalunya y en el discurso anarquista de sus principales panfletos. Por otra parte, Barcelona toda rezuma catalán, con una lengua tan oficial como es el español, que se le facilita con amabilidad al turista que lo requiera. Mucha gente en el metro, en las aceras, en los centros comerciales, en las ramblas, en los museos. Mucha, mucha gente de muchas, muchas partes, de visitantes y locales.

Sevilla, en cambio, se siente sosegada, señorial, hermosa. También previsible, conservadora, casi beata, con sus vírgenes y santos que miran a los sevillanos desde todas las esquinas. Una ciudad enamorada de su rio; un Guadalquivir enamorado de Sevilla. El asombro fue total ante maravillas como Los Alcázares, la Plaza España, la Catedral (la única ciudad que tiene tres monumentos patrimonio de la humanidad en una misma cuadra). Con ganas nos quedamos de asistir a un tablao y ver bailar unas buenas sevillanas, porque, curiosamente, nuestros magníficos anfitriones no gustaban de este arte ni parecían tenerlo en mucha estima. Aquí vimos por primera vez lo bien que funciona el sistema de bicicletas públicas, y gracias a él pudimos recorrer más y en mejor forma sus hermosos atractivos.

Vitrina en Amsterdam
Y después de la tranquilidad sevillana, de nuevo el frenesí turístico: se llama Amsterdam y, sin tanta gente, se le adivina deliciosa. Además de sus famosos canales y archiconocida cultura de la bicicleta,  Amsterdam está equipada con magníficos y abundantes museos (se dice que es la ciudad con más museos en el mundo), y una infraestructura hotelera, de transporte, restaurantes y servicios que le permiten atender sin problemas la millonaria afluencia de visitantes. Magnífica su biblioteca pública, con cultura y conectividad disponible para todo el que se acerque, sin restricciones, en un edificio de primer mundo. 


Faltó tiempo para recorrerla, conocerla y degustar algunas de las ventajas de ciudad madura y tolerante, que no se permite cucarachas en la cabeza.

De Amsterdam a Den Haag (La Haya) hay 45 minutos en tren. La sede del gobierno, y por tanto, la capital política y económica de los Países Bajos sorprende de entrada con el tamaño y calidad de su arquitectura, que se ha desarrollado a la sombra de multinacionales como Siemens, Shell, Price Waterhouse y muchas otras que tienen allí sus oficinas, y de instituciones como la Corte  Internacional de Justicia, el Tribunal de Yugoslavia y la Europol. Por todas partes se alzan las grúas de construcción levantando torres de líneas futuristas junto a los centenarios edificios de La Haya antigua. También aquí los rostros negros, los velos de las musulmanas, los rasgados ojos orientales, los infaltables indios de tez morena. La información oficial dice que actualmente hay unos 50.000 extranjeros que trabajan en la región y que estos representan más del 10 por ciento de la economía de La Haya y sus alrededores. En esos alrededores está la curiosidad de la Holanda en versión liliputiense y una playa con tradición de ser la última playa turística del Mar del Norte.

Continuará.

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