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sábado, mayo 15, 2010

Jaime Manrique Ardila, este miércoles en El Huerto


Patricia Iriarte y Ramón Bacca conducirán a las 6:30 p.m. una tertulia con el autor de Nuestras vidas son los ríos, invitado este año al programa Leer el Caribe.

El narrador, poeta y ensayista barranquillero Jaime Manrique Ardila, escogido este año como escritor invitado al programa Leer el Caribe, creado por el Observatorio del Caribe Colombiano para fomentar la lectura de escritores caribeños vivos, será el protagonista de una tertulia que realizará el próximo miércoles 19 de mayo el restaurante El Huerto como parte de su agenda cultural Alimentando el espíritu.
Manrique Ardila reside desde muy joven en Nueva York, donde ha forjado una destacada carrera literaria que le ha valido el reconocimiento de la crítica y numerosos galardones, entre ellos el Internacional Latino Book Award (Mejor novela de ficción histórica) en 2007 por su libro Nuestras vidas son los ríos, sobre la vida de Manuela Sáenz.

El autor de El cadáver de papá, Luna Latina en Manhattan y Maricones eminentes, entre otros títulos, se une a la lista de Germán Espinosa, Ramón Illan Bacca, Roberto Burgos Cantor, Gabriel García Márquez, Jorge García Usta y José Luis Garcés González, que le han precedido en este programa concertado entre el Ministerio de Cultura, el Observatorio del Caribe Colombiano, el Banco de la República, la Universidad de Cartagena, la Secretaría de Educación Distrital, la Red de Educadores de Castellano y el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena.


El programa contempla la capacitación de los docentes de lengua castellana de las escuelas oficiales de Cartagena, para que tengan las herramientas e introduzcan a los estudiantes en la producción literaria del escritor. Luego de un semestre de lecturas y apropiación, se realizan encuentros entre los estudiantes y el escritor en diferentes espacios de la ciudad como colegios, bibliotecas y librerías.


Manrique, nacido el 6 de junio de 1949 en Barranquilla, obtuvo una licenciatura en inglés de la Universidad South Florida en 1972 y luego participó en talleres literarios en la Universidad de Columbia con el escritor Manuel Puig, a quien considera su maestro. En 1976 ganó el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lemus con el libro Los adoradores de la luna y en 1978 publicó El cadáver de papá, su celebrado libro de cuentos. Un año más tarde apareció su libro de poesía Golpe de Dados.


Otras obras de este escritor son The Autobigraphy of Bill Sullivan (2006), Mi noche con Federico García Lorca (Poesía, 1995), Sor Juana's Love Poems (1997), Mi cuerpo y otros poemas (Poesía 1999) y Tarzán, mi cuerpo y Cristóbal Colón. (Poesía, 2001)


Los siguientes son apartes de una entrevista concedida al escritor John Jairo Junieles, en para la revista Noventaynueve.


Orígenes e influencias en su obra
“La liberación de las convenciones tiranizantes, el humor, las preocupaciones sociales, el esperpento, la importancia del entorno en la vida de mis personajes, la creencia de que la literatura no es un juego de salón sino un instrumento para llegar a conocernos, la autobiografía, la sexualidad como una fuerza liberadora, todas esas son constantes en mi escritura. Las raíces de mi poesía son más fáciles de detectar: Cavafis, los poetas del Siglo de Oro español, Sylvia Plath, Keats, Wordsworth, Cernuda, Delmore Schwartz, esos poetas fueron mi inspiración cuando empecé a escribir. En los últimos años me ha afectado mucho la poesía que el norteamericano Stanley Kunitz escribió en su vejez”.


(…) Mis libros surgen de una necesidad psíquica y espiritual que no puedo controlar. Las historias y los personajes me escogen a mí, y no al contrario. Cada libro es una obsesión, un acto de posesión incontrolable e irracional, y una liberación de mis fantasmas”.




Su vida en el extranjero
“El impacto más grande de mi permanencia en el extranjero es más obvio en el idioma que he escogido para expresarme en los últimos veinte años. He escrito más en inglés, mi lengua adoptiva, que en castellano. Vivir en el exterior me dio permiso para no autocensurarme, para hablar sin tapujos, ni miedo. Creo que Nueva York (donde llevo treinta años viviendo) me ha dado una perspectiva universal. Me considero un escritor Colombo Americano. En ese sentido, mi destino literario se parece al de Nabokov, Conrad, Dinesen. Es una condición típica del siglo XX y más aún del siglo XXI”.




Sobre su novela “Nuestras vidas son los ríos”
“A mis escasos e hipotéticos lectores les diría que considero Nuestras vidas… mi novela más madura, de la cual me siento más orgulloso, porque con esta novela estoy empezando a convertirme en un artista. Les diría que más que nada quería crear una heroína inolvidable como lo son Emma Bovary, Anna Karenina, Jane Eyre, Dorothea en Middlemarch de George Eliot y la prima Bette, en la novela homónima de Balzac”.

domingo, octubre 18, 2009

La ceiba y la memoria


Por Patricia Iriarte

La ceiba es el gran árbol de las sabanas y bosques secos tropicales, y todos los pueblos que han convivido con él lo han considerado sagrado. Así fue para los mayas, quienes creían que sus ramas permitían abrir los 13 cielos,y ciertas tribus de la Amazonia peruana conciben un universo formado por tres planos que se comunican a través de una ceiba.

Es el árbol mayor de Africa Occidental y en la mitología yoruba es la madre protectora de Orula, hermano de Changó, a quien Elegba enterró al pie de este árbol para salvarle la vida. Se le aprecia mucho en Asia por su flor algodonosa que proporciona las más suaves almohadas y cojines, porque en efecto, la isla de Java, Malasia, Filipinas e Indonesia comparten con nosotros algunas de las 48 especies de este género, siendo una de ellas la ceiba caribaea, que es, seguramente, la que se honra en Cuba y Puerto Rico, donde la han escogido como el árbol nacional.


Hago esta breve introducción botánica porque no es cualquiera el emblema que ha elegido Roberto Burgos para hablarnos del peso que tiene la memoria entre los hombres y mujeres que fueron desterrados o transterrados desde su patria africana hasta estas tierras a través de un mar hasta entonces desconocido que los enfermó, que se los tragó y que después los vomitó, ya destruidos, en una plaza de Cartagena.

Es desde la ceiba, como tótem de la cultura afroamericana, desde donde el escritor Burgos Cantor intenta remontar el olvido. A su copa se sube para mirar hacia atrás y traer al presente las palabras negadas. Es bajo sus raíces donde escarba para sacar la lengua de Benkos y de Analia Tu Bari. La lengua, enterrada como un “viejo cuchillo que se pudre y no corta.”

Porque la memoria, que aquí “se oxida y desaparece”, tragada por el coral, es el gran leit motiv de esta novela cuyo tema, sí, es la esclavitud, pero más allá de ella, es el oprobio ante el holocausto que el ser humano es capaz de orquestar para someter a otro ser humano, y que después olvida pero después quiere hacer recordar mediante escalofriantes artilugios de museo en un afán de escarmiento que llega a ser tan cruel como el holocausto mismo. Y este es uno de los aspectos del libro en el que quisiera detenerme, porque el autor no tendría necesidad, en apariencia, de introducir esa referencia a la tragedia del pueblo judío durante el régimen nazista teniendo ya en sus manos una historia tan poderosa y bien contada como la de Pedro Claver, el misionero de las negrerías.

Pero resulta que sí, que esa parábola que traza la visita de un profesor cartagenero al campo de Auschwitz y que al principio no encajamos muy bien como lectores, va encontrando su lugar en el relato. Las reflexiones de Roberto Antonio en ese lugar nos sitúan en el espacio y en el tiempo, nos hacen conscientes del vínculo entre esas dos injusticias históricas, y nos pone de presente la escala del horror con que se miden ambas.

Algo sucede –dice Roberto–: “siento que esta tragedia es de todos. Los edificios vacíos de humanidad y cargados de las huellas del sufrimiento entregan un símbolo terrible y premonitorio, el despojo de los seres humanos que allí fueron destruidos y la suma de angustias al desconocer el porqué del odio y el desconsuelo infinito cuando el silencio del oprobio continúa a pesar del desconcierto inocente: por qué me matas a mí. Suma escandalosa de preguntas que se perdieron en la devastación.”

La ceiba de la memoria es también un libro de viajes, de periplos históricos que al fin y al cabo se encuentran, a bordo de naves o de trenes que atraviesan en la noche el invierno. De viajes definitivos, sin retorno posible, que cambian para siempre o encuentran el curso del destino. Los viajeros, si, son Pedro Claver, Alonso de Sandoval, Thomas Bledsoe, Dominica de Orellana, Roberto Antonio… pero fueron también los millones de yolofos, bantúes, minas, congos, mandingas y carabalíes, no que vinieron, que los trajeron, como repite sin cesar Analia en su monólogo y como lo lamenta, sin cansancio, el invencible Benkos. Ellos hablan y gritan, susurran y se callan, y vemos cómo sangra su memoria de tanto añorar su tierra y sus orígenes.

En ese deseo desesperado de los esclavos por recordarle al otro y a sí mismos quiénes son y de dónde vienen, está también el intento desesperado de Bledsoe por darles la voz que la historia les negó. Como dice, ya cansado, en esa conmovedora carta final que le escribe desde Roma a Pedro, el amigo que encontró mientras buscaba al personaje:

“Yo, su corresponsal sin destinatario, soy un hombre que tiene una ilusión del pensamiento (...) pensé que el conocimiento del pasado (...) tendría que ver con las desgracias o felicidades del presente. Todo, Pedro, parece condenado a ser pasado. Entonces apenas la memoria nos mostrará el rumbo. Si la salvamos, por supuesto.”

Thomas no cree haberlo logrado, y en medio de su desconsuelo dice: “No he podido encontrar la voz de los esclavos. Esa voz se perdió. ¿Qué queda?” En efecto, el escritor dice haberse propuesto una tarea imposible pero “usted, Pedro, me ha mostrado el valor inmenso de lo inútil.”

Esto le escribe Thomas a Pedro, o quizás, se lo dice Roberto a sus lectores, pero no Roberto Antonio, el cartagenero que le enseñaba a Thomas a bailar ritmos caribeños, sino el otro Roberto, Burgos, el creador que se esconde en su otro ego. El escritor que, al parecer, ha adquirido “…esa forma de locura que consiste en volverse vocero del corazón ajeno.” En este caso, el de Pedro, pero también el de Analia Tu Bari, la que nos repite “Yo no vine, me trajeron”; y el de Benkos, con su grito de siglos; y el de Alonso, el fiel compañero de Pedro; y el de la española Dominica de Orellana, increíblemente atrevida para su tiempo; vocero incluso de un viejo lobo de mar llamado Alekos Basilio Laska, el marino que todo hombre lleva dentro, y en últimas, aunque no lo crea, vocero de un continente esclavizado y de una parte de la humanidad que todavía se resiste a la ignominia.

Pero Bledsoe dice que es inútil ser el vocero del corazón de otros hasta no conocer el propio. Y es eso lo que aprendió en ese viaje a la ceiba de la memoria: a conocer el suyo.

La Ceiba es, como ya está dicho, la gran novela colombiana sobre la esclavitud. Un libro conmovedor por su sinceridad, por su apuesta total, por la belleza que destila en sus descripciones, en sus diálogos, en sus reflexiones sobre el mar, sobre la ciudad, sobre la compasión de un hombre por sus semejantes, por su homenaje a la amistad, a la soledad, a la pasión y por supuesto y sobre todo, al Caribe; ese mundo de marismas, de papeles enmohecidos, de malecones indefensos, de arena azotando las ventanas, ese mundo donde hombres y mujeres reconstruyen su historia a la sombra de los árboles.


Texto leído en el marco del XXI Encuentro Nacional de Literatura, dedicado este año a la obra del escritor colombiano Roberto Burgos Cantor, y organizado por el Centro Cultural Cayena de la Universidad del Norte.


martes, octubre 13, 2009

La plena de la esquina y la muerte


Del libro La suerte del perdedor, de Carlos Alberto Polo.

Wilson no era un chico malo, de esos que por ahí le pasa a uno un fresquito cuando los borran y el barrio entero descansa; este no es el caso de Wilson. Terminó su bachillerato sin pena ni gloria, se quedó varado, encallado en la esquina, como la gran mayoría de muchachos del sector, sin posibilidades, descontando la consabida elección de los uniformes, en fin. La esquina lo atrapó y entre la música africana, el rap, la cancha de baloncesto, la bola è trapo, los amigos, le iba ocurriendo la vida, sin afanes, estirando los días en medio del desocupe, esperando ese “no se qué” que todos esperamos, sin hacerle daño a nadie. El barrio se pregunta entonces, ¿qué pasó? Se comenta muy quedo por ahí que los otros (los que ya sabemos) lo confundieron y ya, así de fácil. Lo más triste es que fue en la esquina, en la oficina, donde ahora hay un espacio roto, un vacío, donde repica un balón solitario de baloncesto porque no hay mano que lo sostenga y las discusiones sobre la música negra bajaron de volumen. Y nadie dijo nada cuando lo arrancaron del bordillo, cuando la pistola se estrelló en su cabeza, cuando lo montaron al auto a empellones, y la esquina esa noche sola, y su madre esa noche muda, y el barrio esa noche miedo, y todos esa noche triste, y la mañana de esa noche gris, y la llamada de esa noche cruel y el llanto, y la pena, y no pasa nada, y nadie dice nada, ni Bob Marley, ni 50 cent, tampoco el afiche de Michael Jordan en el cuarto de Wilson mirando con sus ojos de papel la cama vacía, mucho menos el dibujo en grande de su pikó favorito “El negro rumbero”, tampoco las balas en su cuerpo, ni la esquina herida y el luto y los por qué; era un buen muchacho, no se metía con nadie, y esta historia está calcada, repetida, y lo peor, ¡ésta no será la última! Normal, todo aquí pasa, habitamos el glorioso Barrio Popular donde perro come perro y por un peso te matan. Y los martes, los domingos se quedaron sin goleador, la esquina con un puesto vacío, hasta que otro caiga en la trampa, ésa de los varados, ésa de las posibilidades, la misma de cada año, no hay para la U, no hay empleo, no hay cómo, no hay qué, no, no, no. Nihilista, desesperado, es este barrio borracho y perezoso, esquinero y vagabundo, vitalista y caníbal, astilla en el corazón, vertedero del fracaso. Toca matar el tigre, torcerle el cuello al cisne, agarrarse fuerte los huevos, subir la cresta de la ola, acabar de una buena vez con esta suerte de maleficio milenario de los pobres, voltear la arepa, sacar el pecho. Agúzate, agúzate, camará, que te están velando, caballero, agúzate. Cuidao con el cañón que truena, cuidao con el frío metal con el que señalan, cuidao con los anormales que andan loqueando, cuidao, muchacho, cuidao, pana, cuidao, brother, que el tocino no está pa salsa, y esto es la plena que te canto yo desde mi barrio, y esto la plena, pelao, que el caldero está caliente, oye este pregón. Cuidao en la acera, cuidao donde quiera. Ya tú sabes, Héctor, cómo se pone la cosa caliente, cuidao, cuidao, camará quel timbal está que explota. Esto es la plena del bajo barrio, la verdá de los campeones del combate cotidiano. Cántalo Lavoe, cántalo por los inocentes caídos, por los pelaos sanos que bravean en las esquinas esperando que la pelota ruede pà este lao, por las balas ciegas que no distinguen, por mi manzana que hoy está de luto, por la pena, por la pena, por la pena, y ésta es la plena que yo te canto. Esta es la plena de la esquina y de la muerte.

Mujeres de palabra. Armemos la espantosa

#ColombiaTieneEscritoras.  Colombia tiene mujeres en el ecosistema del libro y la lectura  Pronunciamiento de mujeres colombianas frente al ...