jueves, julio 02, 2015

Reseña de unas memorias

Como marcas en la brecha
Una historia de vida, la de Hernán Darío Correa


Por Patricia Iriarte


Como marcas en la brecha es una historia que comienza con una conversación sobre los libros y termina en una conversación con los libros.

El preámbulo, titulado “Una confesión al lector: los libros y la vida”, empieza narrando lo que podríamos llamar la relación del autor con estos artefactos culturales. Libros guardados en una caja guardada debajo de una cama sobre la que solía haber una toalla extendida. Cajas como la de Alfonso Calderón, en la Universidad de Antioquia, o las que se desbordaban desde un localito en una esquina de Bogotá, o la caja que guardaba el abuelo debajo de su cama, en el asilo de ancianos.

Este nuevo libro de Hernán Darío Correa narra un periplo vital íntimamente ligado a unas lecturas y por tanto, a un acervo bibliográfico personal. Libros cuya disposición en los anaqueles llegaba a revelarle, incluso, los cambios interiores. Libros cuidadosamente referenciados con su casa editorial, año de publicación y color de la carátula. Libros como personajes que dialogan. Libros vinculados a las mujeres que marcaron su vida. Libros que también acusan, entre sus páginas, esas marcas en la brecha, como dice el autor en el párrafo final del Preámbulo, donde bien resume el espíritu del libro: “Marcas en la brecha de todos estos años, en las portadillas o entre las páginas: Huellas de lo caminado, de las sendas perdidas; cicatrices de los extravíos por los laberintos urbanos y literarios de la lucha social, de la amistad y del amor…”

Lucha social, amistad y amor son, ciertamente, tres dimensiones que se entrelazan a lo largo del relato, confirmando esa presencia permanente de lo político, lo personal y lo familiar.

Puentes hacia la infancia y la adolescencia, sendas recuperadas de una biblioteca pletórica de marcas en la brecha, hecha memoria; páginas, letras y anaqueles como cajas que apenas salen de debajo de la cama, y permanecen abiertas.”

Hernán Darío Correa. Foto de Vanessa Reyes
Es allí, en ese preámbulo libresco, donde recuerda Hernán Darío una idea de Hermann Broch citada por Burgos Cantor sobre la responsabilidad que tiene, quien llega a una edad madura, de reflexionar sobre la relación con su tiempo. Esa es sin duda la responsabilidad que Correa asume con la escritura de estas memorias, bellamente editadas por El Peregrino Ediciones. Y es precisamente Burgos Cantor quien resume de manera magistral el alcance de esta obra hilvanando al final de su comentario una afirmación de Canetti: Es muchísimo lo que dormita en cada hombre, pero no hay que despertarlo en vano. “Esta es su virtud”, dice Roberto Burgos.

Las cuatro ciudades
En el primer capítulo el lector se entera –y de qué manera- de que la infancia y la adolescencia del narrador transcurrieron entre cuatro ciudades que ya desde los años 50 eran las principales del país: Barranquilla, Cali, Medellín y Bogotá. Barranquilla, la de la primera y feliz infancia; la segunda, la de las raíces familiares; Cali, la de una adolescencia contrariada y Bogotá, esa ciudad donde su vida se desdobla “como el ave maya de doble mirada, el Kahuawil, hacia afuera y hacia adentro”: hacia las luchas sociales y hacia la aventura interior. De este capítulo de las ciudades capturó mi atención el relato de su amistad con Raúl Gómez Jattin, nacida al tenor de su vinculación al grupo de teatro de la Universidad Externado de Colombia. Una amistad sobre la que Hernán nos regala hermosos pasajes sobre los viajes que hicieron juntos a la costa, y en especial a Cereté, cuando aún vivía Lola Jattin, la madre del poeta.

“En la gira que hicimos por algunos pueblos de la costa, dormíamos en hamacas y nos dábamos el lujo de hacer sonar a Serrat, Adamo, los Beatles o las Cuatro Estaciones de Vivaldi cualquier mañana en esas playas desiertas llenas de conchas y de enormes árboles derribados en lo profundo del Chocó y arrastrados por el Atrato hasta las costas de Moñitos o San Bernardo del Viento…”

En esta parte del relato, que en su conjunto adquiere el tono de una buena novela, me conmovió también su semblanza de la casa materna en el barrio La Soledad, desde donde escribió este libro, y que es a la vez el relato sobre su madre y su admirable capacidad para adaptarse a los tiempos ensanchando aún más el ya amplio caserón para que cupieran en él todos sus hijos con sus amigos y sus sueños.

A tientas por un país iluminado y sombrío
Salido ya del cascarón de la casa materna, proceso gradual que se cumpliría en parte a bordo del Mercury verde de su padre como “espacio intermedio entre la casa y el mundo”, el autor construye su primera relación afectiva y se hace papá, al tiempo que irrumpe a tientas, como él dice, en ese país iluminado y sombrío al que creía posible cambiar, primero, desde las lides del movimiento estudiantil y luego desde la construcción de una corriente política organizada como fueron las Ligas Socialistas, a las que dedica buena parte de sus energías al tiempo que prosigue con su itinerario de formación intelectual.

A estas alturas tenemos ya un testimonio de excepción sobre los intentos revolucionarios de una generación que le apostaba a la transformación del mundo desde los más variados caminos. Desde propuestas civilistas y esencialmente democráticas, como las Ligas Socialistas, con su manifiesto “Un mañana nace todos los días”, hasta la opción radical de la lucha armada frente a la mezquindad de un bipartidismo que acaparaba el poder.

Este capítulo, que abarca un poco más de una década, finaliza con un acápite que Correa titula “Ante los oscuros designios del narcotráfico, la delincuencia y la violencia”, en el que de manera aguda y apoyándose en el texto de Darío Jaramillo Agudelo Cartas cruzadas, nos conduce y nos pone frente a la cruda realidad de la forma como el narcotráfico se enquista en todos los órdenes de la sociedad colombiana, comenzando por el lenguaje y terminando con la conciencia, incluso, de no pocos militantes de la izquierda revolucionaria.

Allí nos hace una síntesis apretada pero eficaz de lo que ha significado para el país esta larga convulsión del conflicto armado y nos comparte una reflexión contundente que invita a enfocar la mirada en las élites dominantes antes que en el sectarismo y el divisionismo de la izquierda como responsables de la debacle nacional de las últimas décadas: “… cuando un balance de fondo debería reconocer que detrás de cada uno y de todos los caminos emprendidos por los diferentes empeños organizativos y políticos de las izquierdas desde los años setenta, lo que ha habido son esos múltiples ensayos para encontrar caminos alternativos a los oscuros designios de unas élites que de su parte se la han jugado a fondo combinando las formas de lucha para que nada cambie, aun a costa del envilecimiento de lo público, de la política y de la democracia misma…”
 
Hacia el otro lado del espejo
Luego de un difícil periplo en el que se han sucedido cismas tan dolorosos como la muerte de su hermana y de su padre, el holocausto del Palacio de Justicia, la dispersión de las Ligas Socialistas y la ruptura de su primera relación de pareja, el autor nos hace partícipes en este capítulo final de uno de los más bellos procesos interiores que pueda vivir un hombre de una treintena de años.

De nuevo inspirado por un libro, esta vez Alicia en el país de las maravillas, Hernán Darío Correa nos introduce en lo que sería un nuevo cambio de piel y nos presenta a la mujer con la que vivió bajo el mismo techo por 32 años: la antropóloga Socorro Vásquez. Con ella se abre otro mundo, y como para Alicia fue la madriguera del conejo, para Hernán Darío fueron esas otras dimensiones del país que aguardaban en territorios como La Guajira, la Sierra Nevada de Santa Marta o la Amazonía, revelándole otras claves de país desde el mundo indígena.

Al lado de Socorro Hernán Darío logra entregar importantes aportes sobre el derecho de los pueblos indígenas, como asesor del entonces Ministerio de Gobierno y luego, por varios años, como asesor de la Dirección Nacional de Parques, ayudando al Estado a comprender y respetar las lógicas de vida y producción de las comunidades indígenas en su relación con el entorno.

“Y entonces pude por fin escribir diversos textos a mis anchas”, dice el autor casi con alborozo, citando de uno de los trabajos que salieron por entonces de su pluma, un pasaje verdaderamente poético de su experiencia en el desierto de La Guajira:

“Delicados umbrales de sonido y movimiento. Y una extraña vivencia del tiempo: el presente perpetuo. El pasado cristalizado, petrificado, la geología desnuda. La luz, que remodela de modo permanente la arquitectura del mundo. Las sombras navegando en el ancho mar del día. La sorprendente edad del cactus columnar tocando la masa azul del cielo. (…) Sorprenden de nuevo la luz, la quietud de las piedras, el viento. Damos el primer paso, entramos al desierto a redescubrir la vida”[1].

Y así, desde el “fondo de la madriguera del conejo, hacia el revés de la nación, de la política y de la vida”, este memorioso lector y escribiente regresa, cerrando el periplo, a la enorme casa de La Soledad, donde está su vieja, al recuerdo de los últimos momentos de su hermano Fernando, al legado poético que éste, y la vida toda, le ha dejado, y cierra estas memorias con poesía y pensamiento, dejándonos la sensación de haber conocido a un ser humano que no ha pasado simplemente por su tiempo, sino que lo ha labrado con asombro, con amor y con la paciencia de un caminante, quizás de un cazador que a su regreso reconoce sus marcas en la brecha, como reza el verso de Mutis en el poema que sirve de epígrafe al libro.

El diálogo final es con Heidegger, quien le dice: “… entonces el pensar tendrá que hablar poéticamente desde el enigma del ser. El pensar trae la aurora de lo pensado a la proximidad de lo que queda por pensar”. Y responde Hernán Darío: “Y por supuesto, por hacer. Pero esa es ya otra historia.”






[1] Fragmentos del epígrafe del libro Desiertos. Zonas áridas y semiáridas de Colombia. Jorge Hernández Camacho y otros autores. Diego Samper, fotografías. Bogotá. Banco de Occidente, 1995

Letra a letra se rompen los paradigmas



En su edición dedicada a la Feria del Libro de Bogotá, la revista Arcadia publicó un artículo titulado ¿Por qué no lee Macondo?, el cual, más que un análisis de la situación de lectura en el país (asumiendo que Macondo es Colombia) hacía una revisión del panorama editorial, incluyendo las cifras decadentes de producción y venta, la pérdida de empleos del sector, el pírrico número de librerías en el territorio nacional y las posibles razones del encogimiento editorial.

En medio de tan desalentador panorama, el autor señalaba, sin embargo, que en los últimos años, “y a la sombra de los grandes jugadores, se empezó a gestar un fenómeno que hoy ya se ha posicionado en el mercado: las editoriales independientes, un nicho cada vez más fuerte…”

Nadan contra la corriente en un mundo al que cada tanto le vaticinan la muerte a manos de los medios electrónicos, pero son tantas y tan decididas en su independencia estas nuevas editoriales que hoy conforman una asociación, como la tienen también los libreros independientes –otro importante eslabón en la cadena de lectura-.

Entre esas editoriales se han consolidado, entre otros, nombres como Trilce Editores, Tragaluz, Rey Naranjo, La Silueta, Sílaba, Ícono, La Iguana Ciega -acá en el ámbito caribeño-  y avanzan a paso firme otras de más reciente creación, como El Peregrino Ediciones y una especializada en poesía a la cual está dedicada esta reseña: “Letra a letra”, que funciona bajo la forma de una asociación cultural y fue concebida originalmente en Barcelona por la editora Luz Eugenia Sierra, quien la retomó en Bogotá en 2008 con un claro interés en promover la publicación de poesía colombiana.

Su primer proyecto, Colombia en la poesía colombiana: los poemas cuentan la historia, fue premiado en la convocatoria “Literaturas del Bicentenario” del Ministerio de Cultura, y con un tiraje de 2.500 ejemplares en su primera edición y de 500 en la segunda, figuró entre los 10 libros más importantes del 2010 según la revista Semana. Una cifra importante para ser poesía, para ser el primer título de una editorial y para ser un volumen de casi 500 páginas.

El segundo proyecto, lanzado en 2012 fue El país imaginado: 37 poetas responden a Robinson Quintero Ossa, que realizó en coedición con Trilce Editores, en edición de 1.000 ejemplares. En el mismo año y también bajo la fórmula de la coedición publicó Homenajes 1992-2012, con poemas de varios autores colombianos.


Al año siguiente, y como un proyecto propio, Letra a Letra presentó dos títulos: el volumen María Mercedes Carranza. Poesía reunida & 19 poemas en su nombre, destinado a destacar y a divulgar la obra de la gran poeta bogotana, y Libro de los enemigos, de Robinson Quintero Ossa, que era un proyecto premiado por la Alcaldía de Medellín.

Para 2014 y en alianza nada menos que con el Instituto Caro y Cuervo, el sello editorial Letra a Letra publica María Mercedes Carranza. Su poesía y 7 ensayos sobre su obra, dos tomos de impecable factura con los cuales se conmemoró un aniversario más de la muerte de la poeta Carranza y que entraron a formar parte de la serie conmemorativa “Poesía”, del Caro y Cuervo.






El tercer título del año pasado corresponde a otro interesante trabajo de Robinson Quintero: 13 entrevistas a 13 poemas colombianos (& una conversación imaginaria), en el que un grupo de consagrados autores (entre ellos Giovanni Quessep, Meira Delmar, Juan Gustavo Cobo Borda, Juan Manuela Roca y Horacio Benavides)  revelan la génesis y el proceso creativo de sus más celebrados poemas.


Ahora en el 2015 la joven empresa editorial presentó los dos primeros volúmenes de su nueva Colección "Poesía letra a letra", que abre con dos aquilatados poetas colombianos: Luis Aguilera y Gustavo Adolfo Garcés. Voz que se queda,  de Aguilera, y Una palabra cada día, de Garcés, vienen en una edición rústica de exquisito diseño, como corresponde a la calidad de las palabras que atesoran.





Así, letra por letra y libro por libro el sello de Luz Eugenia Sierra y sus cómplices demuestran que es posible romper viejos paradigmas sobre la edición de poesía en Colombia.


El mundo se detiene
para que te hagas
las trenzas

afuera es la guerra

no hay que salir

los hombres no terminan
de matarse

Gustavo Adolfo Garcés

 



domingo, marzo 22, 2015

Alfonso Suárez: El cuerpo múltiple


Por Patricia Iriarte



Performance
(Arte del cuerpo)



Cuando más quiero callar no puedo,
siempre termino hablando con mi cuerpo.
soy el gesto que rompe el silencio,
un grito mudo
abierto en la conciencia humana.
No me pidan traducirme en idiomas
ya que mi cuerpo es alfabeto incierto,
con él puedo escribir lo que me venga en gana
puedo soñar, gozar o sufrir cada agonía
de esta herida que nos han abierto…
la fisura mas profunda de la especie
esa marca indeleble que es el pensamiento.

Ruven



De Alfonso Suárez no se puede hablar solo con palabras; habría que hacerlo con imágenes, con música, con gestos, con movimientos, con silencios, con risas, y también con lágrimas, por supuesto.

Sobre este artista hay mucho que decir pero sobre todo, mucho que contar. Porque en el Caribe, y él es caribeño en cuerpo y alma, se narra con las palabras pero también con el cuerpo. Sobre todo con el cuerpo, como lo observaría ese maravilloso pensador llamado Antonio Benítez Rojo.

Yolanda Ciodaro di Filippo, como novio,
y Josefina Fernández Trespalacios, como
novia. 1937
Alfonso Suárez se ha narrado desde siempre. Sus primeros atisbos de conciencia, entre los 5 y los 7 años, estuvieron precozmente expresados en un lenguaje estético que solo su madre, Yolanda Ciodaro di Filippo, amante ya de la música y el arte, supo reconocer. Ella misma, con su belleza y su espíritu creativo, había seducido al pequeño Alfonso con actos nada corrientes como tocar el piano o vestirse de hombre para posar con una amiga vestida de novia, en una boda ficticia que a alguien se le ocurrió fotografiar.

Se narró desnudo en Autoterapia, su primera obra, en los años ochenta, y vestido de santo en Visitas y apariciones, a principios de los noventa. Se narró ataviado como farota de Talaigua en El Ribereño. Se narró frágil al ciento por ciento en otro performance que hizo historia en el arte nacional, y se sigue narrando en el siglo XXI sin dejar de hurgar en sí mismo con la misma pasión, guiado por una fuerza vital que lo esclarece y que entonces le permite producir verdaderas joyas.

Por esa razón, el mismo Alfonso Suárez toma la voz en este reportaje y con la voz de  importantes críticos, amigos cercanos y testigos de su carrera, continúa narrándose. De hecho, aunque la performancia y las instalaciones han sido su lenguaje habitual no verbal, en los últimos años Suárez ha usado también la multimedia y ha tomado la palabra, oral y escrita, para expresarse. Sus entrevistas, los textos que suelen acompañar sus obras, la titulación, la rotulación del arte postal, las cartas sugeridas o evidentes en sus obras y los poemas, son todas manifestaciones de la creatividad de este artista traducidas al lenguaje verbal.

Este Alfonso, autodidacta en artes y varias veces Premio Regional y Nacional de Artes Plásticas, es también dibujante, ilustrador, escenógrafo, diseñador, vestuarista, fotógrafo y promotor de su propio trabajo. Un hombre orquesta, podrían decir muchos. Más bien, un artista integral cuya capacidad de trabajo le admiran quienes lo conocen desde sus inicios. Algunas de esas personas nos dieron su opinión sobre él.

“Él es un performance viviente las 24 horas del día, y su aporte al arte ha sido el de asumirse y mantenerse día a día en ese estado. Precisamente, lo que le ha permitido construir su obra es esa dedicación diaria a la creación, tan necesaria para él como respirar para vivir”, señala Gustavo García, curador y director de Ars Antiqua Galería. Él organizó una de las primeras Visitas y Apariciones en Barranquilla y ha sido cómplice de Suárez en varias de sus empresas creativas.


La farota, como personaje emblemático de la cultura
ribereña, ha sido otro de los motivos presentes
en la obra de Alfonso Suárez
Invitación a Fantasmata

A su vez Eduardo Polanco, arquitecto, diseñador y curador cartagenero que ha seguido de cerca la carrera de Alfonso Suárez, coincide en que el aporte de este creador al arte del performance en Colombia es el de un estilo propio en el empleo del cuerpo como lenguaje. Por ello piensa que Alfonso es un pionero en Colombia, equiparable a Carlos Zerpa en Venezuela. “La mayor calidad artística de Alfonso y que le ha permitido construir la obra que hoy tiene es su versatilidad para ofrecer a la audiencia ingenio, nostalgia, y una parodia de lo Caribe”, añade Polanco.

Por su parte el poeta, fotógrafo y empresario Rubén Darío Mejía, su amigo desde hace 40 años y colaborador permanente en todas sus instalaciones, define así al artista momposino:  “Él es el lienzo y la partitura, él es en sí es una obra de arte.  Y lo considero un gran triunfador. Si en Colombia ha habido un artista integral de alta calidad ha sido Alfonso Suárez. Incomprendido, indudablemente, porque yo creo que a Alfonso la sociedad colombiana no le ha dado lo que se merece. Él es un hombre que debería tener hoy en día su taller y espacio propio, porque su propuesta artística es demasiado buena.

El inicio de su biografía artística suele ser asociada a su participación, desde 1981, en las obras del maestro Álvaro Herazo, con las que el joven comienza a desarrollar, en la escena artística de Barranquilla, las dotes de performer que había mostrado desde muy corta edad en la casa materna.

Precisamente, una de las imágenes que, como una llave, nos revela un aspecto esencial de la personalidad creativa de Alfonso Suárez es esta que nos regaló durante una charla Rubén Darío Mejía, precisada luego en sus detalles por el artista mismo:

Alfonso tiene entre 6 y 7 años de edad cuando descubre el prodigio de las acuarelas. Como a muchos niños de esa edad, a Alfonsito le regalan una caja metálica que traía, probablemente, ocho colores, uno de ellos el azul cobalto o azul “de pelotica”, color que, al mezclarse con el agua, deja fascinado al pequeño artista que ya habitaba en él. Como decía su madre, el niño se obsesionó con esos polvos de colores como se obsesionaban otros niños con los dulces. Es así como un día decide robarse el ladrillito del color azul de las cajas de sus amigos, y cuando tiene varias se encierra en el baño con un banquito (para  poder alcanzar al espejo), se desnuda y  se pinta todo el cuerpo de azul.

No es difícil imaginar la cara de su madre y de su tío  Osvaldo cuando, después de buscar a Alfonsito por toda la casa, lo encontraron en el baño, teñido de azul de pies a cabeza cual dios Shiva y con una sonrisa de satisfacción. El asombro debió ser mayúsculo, pero no del todo extraño en un niño que solía jugar con su voz frente a un ventilador encendido,  que se hacía turbantes con la toalla o que podía pasar horas bañándose con la manguera en el patio de su casa, cuando a las once de la mañana el calor de la Villa amenazaba con derretir cualquier cosa.  Lo que nadie imaginaba era que bajo aquel ordinario chorro de agua había un pequeño artista que  veía ese chorro como una fuente de luz iridiscente y convertía el movimiento de las gotas en esculturas vivientes.

Cuenta Alfonso que en alguna ocasión intentaron llevarlo al psiquiatra, porque para la mayoría de la gente todas sus ocurrencias no eran más que locuras que había que “curar”.

Hoy en día el catálogo de este artista nato incluye performance, exposiciones fotográficas, objetos e instalaciones en las que se conjuga lo popular y lo universal; lo ancestral y lo contemporáneo. Están, entre ellos, Autoterapia, Desconcierto, Visiones, Homenaje a Santo Tomás, Nocaut, Soplo divino, HQBPJX, Sueños de un hombre rana, Pesadillas de un hombre rana, Acetato, Fly, vuela la paloma a su palomar; El graduado, Homenaje a Lili Marleen, Cuerpo virtuoso-desconcierto, Pasado y presente, Fantasmata, Sonido negro, negro parlante; Ensayo de una boda, Entierro de Joselito, Visitas y apariciones, 100% Frágil,  El Ribereño y Hombre de dolores, sin contar media o quizás una docena de obras inéditas que aguardan por su momento en sus cuadernos de apuntes. Eso, más numerosos objetos, collages, ensamblajes y obras de arte postal inspiradas en varias de las temáticas tratadas en sus performances.


100% Frágil


Uno de los diamantes producidos por Suárez, 100% Frágil, se mostró esta semana en el Art Dubai, la feria de arte más importante del Medio Oriente, África y Asia del Sur como parte de una colectiva de performance en la que participan obras de María Teresa Hincapié,  María José Arjona, Daniela Amaya Chauves, El Cuerpo Habla, Ann Hamilton, Joan Jonas y Cheryl Pope. Sobre esta obra, que ganó el VII Salón Regional de Artistas en 1995 y el XXXVI Salón Nacional en 1996, dijo el maestro Gustavo Zalamea, jurado de los salones regionales ese año: “Revela, con inmensa delicadeza, la noción de fragilidad del hombre. El envoltorio escogido, hecho de una fina red recubierta por un grueso lazo, y que a su vez recubre gran parte del cuerpo, es de una hermosura y economía extremas, mientras que la eficacia y la potencia de su presencia y energía se multiplican con el montacargas sosteniendo en vivo la figura envuelta en la entrada de la sala. Una obra impresionante que sigue creciendo en la imaginación.”


Entro en mi sueño de lunas
y mi respiración toma un ritmo especial.
una luz plata, un punto de luz plata
se acerca a mis ojos, se abre y desvanece.

Oh, cabuya que quemas
Oh, cabuya dolorosa
Oh, cabuya denunciante…



Las apariciones de José Gregorio
Otra de sus obras imperecederas es la serie Visitas y apariciones, que presentó a finales de 2014 con una nueva performance que a más de uno nos puso los pelos de punta. Se trata de una versión poética, minimalista y estremecedora de la que en 1994 ganara el primer premio en el XXXV Salón Nacional de Artistas. Esta vez las apariciones se dan en un ambiente cerrado, con un mínimo de luz, aroma de incienso, música de Erik Satie y de fondo, lacerando la belleza de la música y la luz, un documental científico sobre la ureteroscopia, el doloroso procedimiento médico al que este artista tuvo que someterse en más ocasiones de las que creía soportar.

Escena de Visitas y apariciones. Museo del Atlántico, noviembre
de 2014

Fue a propósito de este trabajo, que constituyó la reaparición artística de Alfonso Suárez después de ganarle la batalla al cáncer, que le solicité al maestro que me concediera una entrevista. Esa tarde, al finalizar el performance, un alud de preguntas vino a mi cabeza: ¿Cómo es que en medio de ese martirio de exámenes, cirugías y tratamientos él sigue cocinando una obra como esta?  ¿Cómo influyó la enfermedad en su proceso creativo?, ¿De dónde obtiene tanta energía?

Solo había una forma de comprender cómo podía un artista diagnosticado de cáncer sobreponerse al dolor y producir una obra magnífica, y esa era escuchándolo.

Alfonso me recibió en varias ocasiones, con su placidez habitual, en la casa de su hermana, en una sala que conserva el aire de las casas momposinas, con sus mecedoras y muebles antiguos de madera tallada. Allí, entre fotos de la Villa -como le dice Alfonso a Mompox- y el aroma del café recorriendo la tarde, me contó y me dejó ver sus cuadernos de trabajo, sus baúles, su bodega atestada de objetos preciosos y su memoria prodigiosa y aplicada a los detalles. Y para fortuna de sus futuros biógrafos, hay que decir que este artista tiene un completo archivo de sus obras, logros y presentaciones nacionales e internacionales. Gracias a ello y a su generosidad, Cantaclaro tuvo acceso a material gráfico hasta ahora inédito que hoy publicamos en exclusiva.

Las respuestas a las preguntas que yo me había hecho no estaban, en todo caso, en el pasado inmediato. Venían de tiempo atrás.

“El primer premio del Salón de Arte Joven del Centro Colombo Americano lo obtuve con un performance que llevaba por título Autoterapia-desconcierto, donde abordaba toda esa represión que me inculcaron frente al desnudo, sobre todo en un lugar como Mompox, tan apegado a la iglesia católica que un desnudo era una visión prohibida.

Primera función de Autoterapia. Barranquilla, 1982

Autoterapia. Barranquilla, 1982




















Para crear Autoterapia hice un recorrido por la historia del arte en busca de desnudos masculinos en escultura, hasta llegar al Renacimiento. Luego, con mi cuerpo homologado al mármol, hacía un recorrido por las esculturas más famosas del arte clásico, terminando con el Hércules ebrio. Toda esa transformación tenía un telón musical y una serie de sonidos creados por mí: máquina de escribir, cisterna de baño, llaveros, ladridos de perro, etcétera. La obra, para sorpresa del público, terminaba con una micción en plena sala. Eso fue en 1982, y yo ya marcaba una gran intuición para resolver, para armar y plasmar en una obra lo que estaba pensando.”

Ese premio, el primero también en la carrera de Suárez, fue organizado por el artista visual Álvaro Herazo, maestro y figura definitiva en su carrera, quien lo había invitado a participar en un famoso performance que está en la memoria de muchos: Reporter con interferencias; luego le dio otro papel en Información es poder, animándolo también a participar en el Salón de Arte Joven con una obra propia.

“Fue el Grupo 44, y en especial Álvaro Herazo Girón y Víctor Sánchez Quevedo, las influencias más inmediatas que recibí durante mi etapa de formación aquí en Barranquilla y de quienes aprendí mucho de lo que sé sobre performance.

En unos carnavales, Alfonso al centro como mexicano. A su
derecha Fernando Cepeda y a la izquiera, con turbante, Alvaro Herazo.


“Después de 1982 viene un proceso de reflexión sobre la responsabilidad que había adquirido con ese premio, y una serie de preguntas para mí mismo: ¿Y si las ideas se me van?  ¿Y si no vuelvo a crear y me quedo estancado en Autoterapia y Desconcierto? ¡Dios mío…! Enseguida comencé a bajar de peso y por tanto, a visitar médicos, pero lo que hacían era recetarme barbitúricos que me daban taquicardia... Poco a poco comenzaron a aparecer otros trabajos, sin forzarme, porque siempre van fluyendo, lo cual se me hace maravilloso.

“Luego de Desconcierto, de contenido ecológico, aparece Visiones, donde comienzo a trabajar con toda la carga de lo ritual. Con el fetiche y los ornamentos religiosos comienza a aflorar todo eso que ya estaba muy marcado en mí y que nadie podía quitarme. Por ejemplo, mi sensibilidad a los olores. A la edad de 4 o 5 años, cuando me llevaban al templo de la Inmaculada Concepción, yo no podía creer aquello que veía: el padre Rosero Perea con toda esa indumentaria, su capa lujosa, el incensario de plata, la reverberación en el aire, la forma como se disipaba el humo del incienso… Todo eso comienza a aparecer en mi trabajo, como aparecieron las fotocopias de fotografías mías iluminadas a mano, como decía el maestro Barrios”. Fotografías que serían la base del trabajo Visiones, antecesor de Visitas y apariciones, donde se caracteriza como José Gregorio Hernández.”


Visitas y apariciones en Mompox
Es sabido que fue el cineasta Luis Ernesto Arocha quien le hizo ver el parecido impresionante que tenía con el médico venezolano y le sugirió tenerlo en cuenta en su obra, y que la primera “aparición” de José Gregorio fue en 1992 durante un Festival de Música del Caribe, pero pocos conocen los detalles.

“Los del festival querían que yo fuera pero no me reconocían nada. Como yo ya no usaba bigotes me hicieron un bigote postizo y lo demás fue apareciendo: el vestido de paño, el chaleco de 1914, el sombrero que había comprado en unos carnavales en Santo Tomás por tres mil pesos… La sorpresa fue cuando me quedé solo en el cuarto y me vestí completamente de José Gregorio Hernández. El primero en impresionarse fui yo.

“Ya en Cartagena, estaba yo haciendo apariciones en la Plaza Monumental de Toros al ritmo de los danzones cubanos tocados por un grupo que había venido de La Habana cuando me preguntaron si me anunciaban y dije que no, que lo único que pedía era que siguieran echando humo blanco, que dejaran la luz azul y me dieran un muchacho que conociera bien espacio para que me ayudara a subir a la parte alta del escenario. Como a la una de la mañana, al compás de los danzones, aparecí en medio de dos palmeras fluorescentes. Cuando el humo comenzó a desvanecerse apareció la imagen José Gregorio, a siete metros de altura. Esa fue la primera aparición. La siguiente fue también en Cartagena, en la Casa del Marqués de Valdehoyos y después le tocó a Barranquilla, con Ars Antigua Galería, cuando se paralizó una boda en la iglesia de la Inmaculada.”

Mientras me enseña las fotos de ese día Alfonso relata que a partir de allí comenzó a estudiar la vida y obra de José Gregorio Hernández como no lo había hecho antes, enriqueciendo cada vez más el performance, que en 1994 gana el XXXV Salón Nacional de Artistas y llega a realizarse en ciudades como La Habana y Nueva York.


Sueños de un Hombre Rana

El cuerpo atacado
Para el performer, como para el bailarín y todo artista que trabaje con el cuerpo, este es un instrumento de saber, de pensamiento y de expresión, como dice Laurence Louppe en su Poética de la danza contemporánea. El cuerpo es lenguaje, es espacio, es objeto de exploración y es laboratorio para el autoconocimiento, para el  trabajo interior que luego habrá de transformarse en código, en signo, en arte. Pero ¿qué pasa cuando la enfermedad aparece y amenaza ese cuerpo?

¿Qué siente Alfonso Suárez cuando le diagnostican el “Ca”, en junio del año  2013?

“Son momentos inexplicables, yo quedé que no lo podía creer y todavía es la hora y no lo creo. Pero la parte creativa siguió allí, a flor de piel. El dolor es lo que muchas veces lo hace a uno parar y reaccionar… como una suerte de autoterapia. Recuerdo que empecé a sacar todo eso con una serie de poemas dolorosos, los “poemas de agua dulce”, cuando presenté Farota de la esmeralda, un performance inspirado en las farotas de Talaigua.”

¿En ese momento ya venías luchando contra la enfermedad?

“Sí, claro, no sé cómo tuve el coraje de estar allí entre tanto público. Eso fue en febrero de 2014, pero desde octubre de 2013 estaba en pleno proceso de irradiaciones y el 20 de diciembre estaba saliendo nuevamente de cirugía. Lo mío era un cáncer de vejiga y las radiaciones no respetan nada, de manera que era un proceso que impedía muchas cosas, comenzando por la alimentación. En este momento estoy sanado pero los controles médicos deben ser continuos.”

¿Tú habías sido un hombre saludable?
“Sí, pero esto venía avisando. Cuando me presenté con Hombre de Dolores en PoemaRio ya tenía mucho dolor y ardor al orinar.”

Un hombre de dolores
Con motivo del estreno de esta obra, en 2009, Alfonso Suárez escribió:

Hombre de Dolores

“Mediante el empleo de mi propio cuerpo como lenguaje, pongo mi vida en escena, exhumando imágenes persistentes, tabúes, mitos, íconos de la cultura popular y de nuestra estructura ideológica; trabajando con el inconsciente colectivo y las paradojas del tejido social como laboratorio de historias idílicas, épicas o trágicas. En Hombre de Dolores me expongo indefenso, soportando un peso sobre mis hombros, susceptible a toda flagelación. Este es el hombre contemporáneo, una criatura sin garantías, sin privacidad, casi sin destino propio.”

¿De dónde te agarraste para sobrellevar todo eso? ¿Eres un hombre creyente?
“Sí, soy creyente. En estos días estuve visitando a Jesús sacramentado, con las Reparadoras de Cristo.”

Inevitable preguntar si pediste a José Gregorio Hernández por tu salud y si crees que tuvo algo que ver en tu recuperación.

“Sí claro,  en la primera radioterapia yo sentí que José Gregorio estaba presente. No solo lo sentí, sino que por esos mismos días apareció un galerista de Bogotá para comprar ocho obras de JGH, algunas de ellas para la colección del Banco de la República. Me llamó la atención ese repentino interés de los coleccionistas por la obra, porque hubiera podido ser por El Ribereño o por cualquier otra, pero fue por JGH y eso para mí fue una señal muy clara.  El apareció y sigue apareciendo.”

Volviendo a la versión de Visitas y apariciones que presentaste en el Museo del Atlántico, ¿cuándo empieza a gestarse esta obra?

“Estaba decidida dos o tres meses antes”, dice mientras pasa las hojas de su cuaderno y encuentra los primeros apuntes.

“Aquí están ya los embudos, la bola de algodón, que es una escultura; el ojo, con el que siempre trabajo… Aquí está todo. Aunque primero se pensaba en una retrospectiva, pero había que restaurar varias obras y el tiempo era demasiado corto. Al fin se decidió el performance para celebrar los 150 años del nacimiento de José Gregorio y los 20 años del Premio Nacional. Entonces me lancé a trabajar, porque ya todo lo tenía claro…”

¿Y cómo llega a ti esa música de Satie que sirve de base a la obra?

“Yo quería usar los sonidos de Luis Pulido que utilicé la primera vez, en 1993, en el Salón Nacional de Artistas Zona Norte, pero no pude encontrarlo. Entonces no sé de dónde saqué que Satie probablemente se había conocido con José Gregorio Hernández en París, porque ellos fueron contemporáneos, uno de 1864 y otro de 1868, si no me falla la memoria, y el médico era un científico que frecuentaba París en esa época. Después llegué a Gymnopedie, una pieza preciosa para piano, bautizada así en honor de una danza anual que se celebraba en la antigua Esparta, donde los jóvenes desnudos mostraban sus habilidades atléticas.”

Alfonso, una última pregunta: ¿Qué te hace feliz?

“El arte, mi trabajo y estar con gente parecida a mí en un espacio armonioso donde no se  me restrinja.”

Este es Alfonso Suárez, un artista íntegro e integral, comprometido con su trabajo hasta el límite de sus capacidades, prolífico, incansablemente lúdico, provocador, y capaz de afrontar la adversidad con humor e inteligencia.

El escritor y crítico de arte Eduardo Márceles Daconte coincide con sus amigos y admiradores en que Suárez es uno de los pioneros más importantes del arte del performance en Colombia, y también coincide en que no ha sido valorado en toda su dimensión, especialmente en Barranquilla. Márceles, quien prepara una publicación monográfica sobre este artista, resalta la cualidad metafórica y el valor ético y estético de su obra, donde siempre han estado presentes las preocupaciones ambientales, la religiosidad, la cultura popular y los valores humanos.

Detalle de una caja  de la serie 100% Frágil

Junto a opiniones tan autorizadas como esta no deja de ser válido el pensamiento de Mejía, cuando en una afirmación que seguramente ruborizará al artista dice: “La propuesta de Alfonso es de una profundidad, sutileza y variedad increíbles… Alfonso es el Andy Warhol nuestro, el Bob Dylan  nuestro. Él tiene todos los elementos de estos genios, lo único que no ha tenido es la publicidad que ellos tuvieron pero de resto lo ha hecho todo y lo ha dado todo.”

Como suele suceder en los accidentados y controversiales terrenos del arte, es el tiempo el que termina por consolidar la obra de un artista. Sin embargo, parafraseando lo que ya en 1996 dijo el maestro Zalamea, Alfonso Suárez es un artista impresionante que sigue creciendo en imaginación.

lunes, diciembre 29, 2014

Marga López, la poetisa de la lucidez y la alucinación


Cereté, 9 de noviembre de 2014. Son las diez y treinta de la mañana y tengo media hora para entrevistar a la poetisa antioqueña Marga López en su habitación del Hotel Cacique Te de Cereté (Córdoba). A las once vienen a buscarla para viajar a Montería.


Marga López lee su poema en la clausura del XXI
Encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, 2014
Marga es, desde hace varios años, una de las invitadas al Encuentro Internacional de Mujeres Poetas que se celebra desde 1993 en ese municipio cordobés. Allí, Marga realiza talleres de escritura para niños y niñas y regala su poesía en casi todos los recitales, arrancando siempre una ovación del público por la performance que hace de cada uno de sus poemas. Su obra, compuesta por vibrantes e imaginativos relatos, sonetos y poemas de verso libre, está recogida en los libros Marumsamas, La nave de Nausicaa y Morada de Sibilas. Su poesía apela por igual a la celebración y a la devoción por la naturaleza como a la pasión por la historia o a la indignación por la injusticia.

En el Museo Rayo de Roldanillo fue honrada como Maestra de Poesía y en Cali, en una ceremonia creada por el escritor Leopoldo De Quevedo y Monroy y organizada por la Fundación Plenilunio, fue coronada como poeta con una diadema de laurel y mirto, como solía hacerse en los juegos florales de Grecia, hace 25 siglos.

En la entrevista que le concedió a De Quevedo en marzo de 2012, la poetisa habla con la mayor naturalidad de su presencia en una ceremonia del peplo sagrado para la diosa Atenea, en el año 438 antes de nuestra era, razón por la cual se tomó con mucha reverencia la coronación de Cali. “Es el símbolo lo que yo veo más allá de todo. Si alguien no lo vio, no entendió, como decía mi padre.”

Quienes saben de su talento -como Águeda Pizarro- dicen que ella “Conoce el duende, quien la habita y el ángel que la ilumina. Todo esto hace que el lector o la oyente se reconozcan en sus versos. Porque Marga no es sólo maga o transformadora de realidades sino saga, conocedora y guardiana de verdades arcanas que cuenta en su lengua antigua del futuro.”

Cuando le pregunta el entrevistador su opinión sobre la poesía colombiana, Marga sólo afirma: “Cómo no voy a creer yo en la poesía de mi país. Un solo verso haría temblar el mundo, escrito por un hombre o una mujer, en este país y en cualquier lugar del mundo, pero para mí la poesía de Colombia es una poesía universal”.

En otra entrevista dijo: “Soy lo que soy por la poesía; todo me lo ha dado (…) Esa maravillosa juglaría de decir poemas por los caminos. Esa dichura de decir el lenguaje transfigurado y desde ahí, entrar al umbral del misterio.”

Y en ese andar por los caminos su imagen va unida a sus mantas vaporosas, a su sonrisa dulce, a su cabellera suelta y a su voz portentosa. Cuando Marga López inicia uno de sus poemas el auditorio se sume en el silencio y la sigue, hechizado por la magia de su palabra.


Siluro

Soy un pez ciego.
Mi ojo sensible
alarga vibraciones hasta el sustento
que me abriga.
Habito en los profundos sedimentos.
Sobre mí todo el río.
La aguamadre
oscura.
Jamás sabré el estuario
ni el lugar esplendeante
sobre la isla de Marajó.
De mis ojos de limo
suben emanaciones
hacia llamadas de gorriones
que me alean
y beben
arriba.
Así me enhebro al lugar, a los
gorriones y a la isla.
Quieto.
Mi agalla me resguarda
entre la brevedad
y la angostura.
Amparado en mi halo.
Como vive la ulmaria
en su hoja.
Como los astros.


Ahora soy yo quien sigue a María Margarita López Díaz a su habitación, donde comienza a empacar, acuciosa, su maleta mientras me habla. Veo entonces a una mujer mayor que además de desplegar toda su energía en el escenario puede recordar detalles de su infancia, evocar vidas anteriores y envolver con ternura sus largos vestidos de colores hasta formar con ellos pequeños rollos de tela que va acomodando con destreza en la valija.

Dice que para mantener la salud y la sonrisa ve siempre el vaso medio lleno y la pequeña fiesta que puede haber alrededor. “Vivo en esa otra mitad de la realidad, en la posibilidad de la alucinación lúcida o de la lucidez alucinada.”

También cree firmemente en que es muy fácil mantener la salud y la sonrisa “cuando se vive otro tiempo, cuando uno se niega a ser mayor, en el sentido en el que la gente mayor vive ciertos asuntos. Sé que soy una mujer de edad pero no vivo en el tiempo de la gente mayor. He sido muy responsable en mis obligaciones con el hogar; esa es una responsabilidad que está más allá de cualquier fase de la locura. Cuando hay que trabajar siempre está la alegría de pensar que las soluciones llegan fáciles en cualquier instante, pero la gente mayor pierde la capacidad de ensoñación. La forma de vivir es muy sencilla y me envía siempre a celebrar el alimento, el caminar, el lugar en donde vivo, los viajes que se vayan presentando. Yo soy más Rilke en mi interior, a mí me encanta la celebración. Siempre habrá esa plenitud de inmortalidad y eternidad que vendría de un lenguaje que se halla en los tiempos.”

¿Qué estaba haciendo Marga López a los 20 años?

A los 20 años estaba haciendo algo de periodismo con la Universidad de Antioquia, y trabajos de maestra para la casa, es decir, para mamá, papá y once hermanos.

¿Entonces fuiste la maestra de toda tu familia?

Si, y siempre estaba pendiente de que ellos estuvieran mejor.

¿Y estabas estudiando periodismo o lo ejercías por interés propio?

Si, estaba estudiando, pero todo el tiempo hacía periodismo, sobre todo el radial, que siempre ha sido una pasión. En la Bolivariana de Medellín, en la Universidad de Antioquia, en la Católica del Oriente. Uno se llama “Charlas en el bosque de bambú”, en homenaje a la literatura china; otro es “La Casa Sosegada”, por San Juan de la Cruz; “Cosmos”, que es un programa de ciencia que sale al amanecer y “Aluna”, en la emisora de la Universidad de Antioquia.

¿Tantos?

Y en el pueblo hago “El mundo de la música” (risas) siempre son como ocho o diez horitas radiales a la semana.

¿Todos en torno al arte?

Si, pero hay muchas temáticas: los amigos viajeros, la astronomía… estamos revolviendo todo lo que podemos.

¿Dónde vives?

Vivo en un lugar que yo llamo Rincón del Cielo, una vereda del Oriente antioqueño, en una casa de 150 años, con “presencias”, cerca del cerro Capiro. Siempre allí, en la magia del campo.

Entonces te mueves entre el campo y la ciudad todo el tiempo…

No, a la ciudad trato de no ir mucho. Lo mejor que tiene Medellín es un bus que vaya pa´ la casa. Voy a la ciudad a veces y grabo varias horas para poder adelantar; además hay como 700 programas que vuelven a pasar cuando no puedo ir a grabar. Lo de la radio es una pasión total.

Y la otra es la poesía…

Antes de la radio está la poesía, y me dedico mucho a hacer talleres de escritura creativa por todo el país, talleres muy sui generis, muy propios. Vivo muy contenta con esto de los talleres y los recitales. Es una dicha grande todo lo que ha habido por el poema.

¿Desde cuándo está el poema en tu vida?

Yo decía anoche en el recital que tenía un padre loco (un mecánico que cantaba óperas) y en realidad la poesía estuvo siempre en la casa. Pero específicamente en la adolescencia, con una maestra que tuve y con quien entramos en la literatura por la imagen, por la metáfora y por la dicha. Entonces por allá como en sexto o séptimo grado comencé a inquietarme por la escritura, guiada por esta maestra.



La bienobranza

En los años 90 ¿qué estabas haciendo?

Todo el tiempo he estado “maestriando”, sobre todo en lugares sencillos, con niños, con madres comunitarias, con adultos mayores. Ha sido una comunicación permanente con la gente. Hace poco dejé de ir a colegios fijos y comencé a ir a donde quiero; como me dan esa libertad entonces me encanta ir a las veredas más apartadas, donde están los niños escribiendo la altísima poesía.

Ha sido una vida muy sencilla. Con la cotidianidad de las mujeres sencillas, sin sobresaltos extraños que no sea el maestriar, escribir, caminar por esas veredas. Yo pienso que es una bienobranza (palabra del siglo XII) en la sencillez. Yo soy hija de Rosa Emilia, una tejedora que disfrutaba su tejido. Es eso que llaman las mujeres arhuacas: tejo mi mochila, tejo mis pensamientos. Me parece que ese tejido con la palabra y con la bienobranza ha sido una dicha completa.

La otra son sus hijas: una arquitecta que vive en París y ya le dio su primera nieta, y otra ingeniera física, que vive en Alemania y busca la unión de la física con la danza. Se llama Melissa y tiene una tesis laureada sobre los mundos y constelaciones que pueden verse en las pompas de jabón. Más poético imposible.

Pero no debe extrañar, siendo hija de Marga, la maga que es capaz de vivir en épocas diferentes y en mundos distintos.

“A través de la poesía, usada como un viaje, vivo mucho en tiempos antiguos. En la Grecia del 438 A.C. soy discípula de Fidias; apenas van a inaugurar el Partenón y yo estoy tejiendo el manto de la Diosa. Pero vivo también en otros espacios para ser una mujer de las cavernas, 30 mil años atrás, y me encantaría una mujer de Roma del siglo primero o segundo. Tengo ciertas mujeres muy miradas para ir a habitarlas y tengo fijaciones muy fuertes con ciertos momentos de la historia, entonces los vivo mucho y los estudio, pero la mejor forma de entrar a ellos es el poema.”

¿Tiene la poesía ese sentido para ti?

Pienso que uno no está en la poesía para hacer el gran poema que jamás se logra, está en la poesía para lo que le ocurre a uno mientras hace el poema. Es ese estar, ese mirar un zaguán en Atenas a las nueve de la mañana… la palabra no alcanza a decir… pero aún así me siento humilde para resignarme a la palabra que me llegue y sobre todo, al placer tan infinito de ese viaje que me hago con el poema, ese viaje a lo sagrado que tiene que hacer quien esté en el poema, o en la filosofía. En los talleres estudiamos mucho la filosofía de la poesía, que sería una profundización en el hecho poético como una vía de acceso al tiempo puro o a los grandes misterios que son al fin tan sencillos y están tan próximos.

- Pásame esas cositas de allá, yo tengo que mirar debajo de la cama.

Un grupo de poetisas toca a la puerta. Quieren despedirse de Marga porque se han enterado de que pronto se va. Las recibe y después de abrazarlas amorosamente sigue hablando de ese placer infinito que la escritura le trae, y más allá, “del misterio que descubre, que solo el poema trae, no otras formas de escritura sino el poema en sí.”

Son las once y ya casi termina de empacar las cosas. Queda una flor que guardará en un libro y una bellísima sombrilla de madera y encaje que le regaló una de sus hijas.

“De pronto le critico mucho a mi trabajo poético estar tan en el mundo del conocimiento, de la lectura, de la intelectualidad y esos asuntos, pero también estoy en la simplicidad con el poema. Lo que pasa es que hay temas que uno, lee, piensa y siente a nivel de la geografía de la filosofía, de la música, tiene entrada a tantas cámaras...”

¿Has incursionado en la crítica literaria?

En el ensayo, me encanta el ensayo. Ahora quiero situarme en la disciplina de hacer un ensayo sobre las mujeres de La Ilíada porque estoy leyendo La Ilíada en el parque principal del pueblo. Todo el que pasa por allí a las diez de la mañana puede leer estentóreamente y la gente se lleva las imágenes de Homero. Es bueno pasarse a vivir a ese mundo de la literatura, allí es donde se encuentra el verdadero mundo. El de la literatura es el verdadero reino.

Hay mucho asuntico para escribir. Te invito a que pases por la plaza de mi pueblo y me ayudes a leer La Ilíada con entonación homérica.

Los amigos de Marga se demoran un poco más de lo previsto y yo disfruto el privilegio de tenerla para mí sola unos minutos más. Se recuesta un poco sobre la cabecera de la cama y sus ojos se van tras añoranzas, sus oídos capturan ecos de la mañana que termina y su mente recrea las imágenes de estos cuatro días de poesía reencontrada. Imágenes que cualquier día se convertirán en versos o en historias que irá sembrando por los caminos de Colombia esta sibila encantada.

Patricia Iriarte



Admiradora de Silva, de Barba Jacob, de Arturo y de Meira Delmar, la poeta antioqueña
piensa que la poesía colombiana es una poesía universal.





Apostilla sobre un tema trivial que no lo es tanto


¿Cuándo comenzaste a vestirte de esa forma?

Voy como para los 40 años que decidí vestirme así. Creo que tengo un ramalazo muy fuerte en la gitanería y en culturas ancestrales del país; entre las mujeres de la India y las hermanas mayores arhuacas y wayuu.

¿Tú misma escoges las telas y mandas a hacer tus batas?

Marga va al baño a recoger algunas cosas y comienza a responder desde allá:

No, no mando a hacer nunca nada porque la mayoría de los vestidos son regalos de las amigas a las que se los regalan pero ellas no pueden salir de la cultura universal del bluyín. A mí me parece terrible, pero para las amigas uniformadas ya mundialmente el bluyín es un placer. Yo me he parado en los centros comerciales de París, Berlín, Roma, Madrid, Bogotá, Cali, y de cada 70 personas que pasan, 65 tienen puesto un pantalón de esos.

A mí me interesa mucho que el traje vuele, que el viento tenga juego con la tela, y a pesar de que se me concedieron unas piernas hermosísimas, todo se quedó allí, en el vuelo del vestido.


Otros enlaces:

https://www.youtube.com/watch?v=ynh29C6aTUg
http://ntc-libros-de-poesia.blogspot.com/2009/07/morada-de-sibilas-marga-lopez-diaz-cali.html







domingo, septiembre 21, 2014

Llegaron los afiches literarios


La idea de crear y comercializar afiches literarios no es nueva en el mundo. Sus antecedentes seguramente se pueden rastrear en los carteles usados por las librerías y bibliotecas europeas para anunciar o promover las novedades entre sus clientes o lectores. Las tiendas de las casas-museos dedicadas a escritores, como la de Pablo Neruda en Isla Negra y Emily Dickinson en Amherst, Massachusetts, entre otras, también ofrecen a sus visitantes afiches y postales con citas o versos de estos autores, mientras que en los Estados Unidos este tipo de trabajos se ha convertido casi en un producto cultural, con ejemplos recientes como los de Evan Robertson y Ryan McArthur.

Teniendo Colombia un acervo literario tan importante, era hora ya de que pudiéramos disfrutar también de este arte que combina la creación literaria, el diseño y las artes gráficas para entregarle a los amantes de las letras un objeto de colección que refleje la poética de sus autores preferidos.




Este es el objetivo de la colección "Delicado, contiene poesía", creada por la poeta y gestora Patricia Iriarte Díaz Granados a través de su empresa cultural Prodim Asociados, con diseño gráfico de Guillermo Solano. Los primeros afiches están inspirados en versos de la propia Patricia y de los poetas nacionales Héctor Rojas Herazo, Meira Delmar y Aurelio Arturo, seleccionados por Iriarte con la colaboración del también poeta Hernán Vargascarreño. El resultado fueron estos cinco diseños, presentados en Barranquilla durante el Festival Internacional de Poesía en el Caribe, PoemaRío, donde tuvieron una gran aceptación por parte del público. 

Los pósteres están impresos en papel de 220 gramos y tienen 48x33 centímetros pero pueden elaborarse a pedido en tamaño 100x70 cms. (un pliego) o 50x35 (medio pliego).



Este poema de Raúl Gómez Jattin hace parte ya de
la memoria poética del Caribe colombiano.

Bello diseño de Guillermo Solano para esta frase del
gran poeta y narrador Héctor Rojas Herazo, nacido en
Tolú (Sucre) 

Ref. Elegía, inspirado en el poema del mismo título, de
la poetisa barranquillera Meira Delmar.




Un homenaje al poema Canción de la noche
callada, de Aurelio Arturo.



Ref. Náufrago, a partir de un poema de Patricia Iriarte
Caligrama con el poema Territorio de delirio, de Patricia Iriarte

La colección “Delicado, contiene poesía” se enriquecerá en los próximos meses con nuevos afiches, postales, camisetas y bolsos, los cuales serán “exportados” a otras ciudades colombianas. Inicialmente su distribución se está haciendo a través de las redes sociales, así como en la tienda del Museo del Caribe y Librería Nacional sede Prado, en Barranquilla, Librería Luvina en Bogotá,  Librería de la Casa de Poesía Silva, y Librería Casa Tomada, también en Bogotá.

Los pedidos pueden hacerse al correo electrónico prodimasociados@gmail.com, al móvil (57) 3103540130, desde la página de Facebook y en Instagram como @prodimasociados.

jueves, agosto 07, 2014

Mónica Lindo, la danza por encima de todo

Todos conocen el trabajo que la bailarina Mónica Lindo hace cada año para las grandes celebraciones del Carnaval de Barranquilla. Sus coreografías para la lectura del bando y la coronación de la reina se han hecho famosas y son motivo de orgullo para los barranquilleros, pero pocos conocen la historia de esta mujer que se ha formado para  hacer de la danza un arte mayor en nuestra ciudad y un medio de vida digno para miles de personas.



Por Patricia Iriarte

El 1 de mayo de este año la Corporación Cultural Barranquilla cumplió 20 años de creada. La flor de la juventud, se diría, en una persona, pero en una organización artística representa ya una interesante edad adulta. Para celebrar la ocasión, Mónica Lindo y Robinson Liñán con su troupe  de bailarines se inventaron una fiesta en el patio de la sede en ese jueves festivo. Artistas escénicos al fin y al cabo, los anfitriones colgaron telas de colores, sacaron los instrumentos y armaron una mesa en las que podían verse algunos de los 15 Congos de Oro ganados por la escuela y varios  álbumes con recortes y fotos que atesoran buena parte de la historia de la danza en Barranquilla.
Mónica Lindo de las Salas, coreógrafa y bailarina barranquillera.

Los pasabocas y el coctel habían comenzado a circular, por supuesto, desde el principio del convite, y tan pronto se fue la luz del sol comenzó la proyección de los saludos que habían enviado desde diferentes ciudades del mundo tres ex bailarines de la escuela. Un momento emocionante en el que no faltaron las lágrimas ante los sentimientos de gratitud y cariño que expresaban los compañeros desde otras tierras.

De pronto alguien anunció que había llegado el momento de las anécdotas. Fue la parte más divertida de la fiesta porque, ya habiéndose saludado todos y todas, comido alguna cosita y compartido un vaso de jugo salpicado con ron, varios invitados se lanzaron al ruedo a recordar en voz alta, con toda la gracia del caribe, algunas de las más disparatadas situaciones vividas tanto en sus giras como en el brete cotidiano. Una bailarina contó, por ejemplo, lo que pasó delante y detrás de bambalinas en una presentación del grupo en Nueva York, cuando a una compañera se le comenzó a caer el corpiño de su vestido. O el tan temido susto del primíparo que olvida los pasos de la coreografía en su primera salida a escenario. Las risas se elevaron esa noche sobre la música de los locales vecinos y los niños, que los había muchos, gozaron de lo lindo viendo a sus padres pasar al frente para echar sus cuentos y ganarse unos aplausos.

Todos allí eran gente sencilla; trabajadores, padres y madres de familia, amas de casa, habitantes de una Barranquilla popular y descomplicada que tienen en la danza un patrimonio común al que no cambian por nada y que los hace sentirse tan orgullosos que tampoco se cambiarían por nadie en el mundo.

La directora de la Corporación y de la Escuela de Danzas estaba vestida de negro, con el peinado clásico de las bailarinas, que recogen y atan su cabello en un moño perfecto sobre la nuca. Con su voz firme y de timbre alto, como el de toda maestra, Mónica leyó esa tarde un mensaje y les entregó a 12 miembros y exintegrantes destacados de la compañía un diploma de reconocimiento y gratitud.

Mónica, el centro de gravedad
El nombre de Mónica Lindo es un nombre atado a la danza; de una manera honrosa y apasionada, como en las grandes historias de amor; pero también como en ellas, no exenta de dolor y sacrificios. Su historia de amor con este arte comenzó cuando aún usaba el uniforme del colegio. No porque la danza hiciera parte desde el principio del pénsum educativo sino porque siempre que había un acto cívico cada curso tenía que organizar algo para el programa, y como ella era tan “cambambera”, que es otra forma de decir entusiasta y participativa, era la primera en ofrecerse para montar la coreografía, el musidrama o la fonomímica de turno.

Cuando estaba en 11° en la Enseñanza Rápida Comercial, el colegio decidió contratar a una profesora de danza y ella fue María Primo, una de las mejores bailarinas de la Escuela de Danzas Folclóricas de Barranquilla, la academia del folclorista y coreógrafo barranquillero Carlos Franco. María se dio enseguida a la tarea de identificar a las mejores para formar el grupo del colegio y escogió a 17 muchachas, algunas de ellas con suficientes cualidades como para participar en una audición que la Escuela iba a hacer por esos días, así que las llamó aparte y les pidió que se inscribieran.

“En esa época yo no tenía la más remota idea de quién era quién en la danza en Barranquilla. Solo sabía que mi profesora asistía a una escuela y quería que estudiáramos en ella. Por supuesto, nosotras tampoco sabíamos qué era una audición y nunca habíamos ido a una escuela de danza”. El entusiasmo y la emoción ante el nuevo reto se apoderó de todo el grupo, sin embargo, para Mónica no iba a ser nada sencillo asistir a esa audición.

Hoy, como en una película que pone en los subtítulos: “Veinte años después…”, vemos en la pantalla cómo esa niña asustada se convirtió en una excelente intérprete de ritmos folclóricos universales, en una dedicada maestra y en una gestora cultural de primer orden. Para escuchar el relato de labios de su protagonista hagamos entonces un flashback en este relato.




El primer obstáculo
Mónica Patricia estaba aún muy pequeña cuando Julia, su madre, tuvo que irse a trabajar a Curazao, y la dejó al cuidado de sus abuelos, Germán  y Josefa, quienes tenían una casa y un taller en la zona de Barranquillita. “Toda mi vida: mi educación, mis referentes, mis imaginarios, mi mundo fantástico, vino de mis abuelos”, dice Mónica con un brillo en sus ojos. Su abuela era una hermosa afrodescendiente de ojos azules nacida en Usiacurí y su abuelo, German de las Salas, un descendiente de españoles que mostraba orgulloso el escudo de armas de su familia. Él fue uno de los primeros mecánicos automotrices que tuvo la ciudad y fue muy reconocido por las empresas de vapores y los dueños de los primeros carros que llegaron a Barranquilla. Con él, que además de una cultura universal tenía unos valores sólidos, Mónica tuvo una relación muy estrecha de la que aprendió muchas cosas, complementando la formación que recibía en el colegio. Con su abuela, en cambio, la relación se volvió difícil desde su conversión a la religión evangélica, cuando todo lo que tuviera relación con fiestas, música o danzas comenzó a parecerle ‘cosa del demonio’.

“Recuerdo que fue un domingo de septiembre y tenía que decirle a mi abuela que iba a dar una audición para entrar a un grupo de danza. Eso fue un trauma porque ella me había dicho que me educaba hasta el bachillerato y de ahí en adelante no me iba a dar para los buses ni para ninguna de esas cosas mundanas. Sin embargo, como éramos un combo de amigas nos las arreglamos y fuimos a la audición.”

Mónica fue una de las primeras en llegar, así que al entrar le preguntó a un muchacho que estaba en la puerta quién era Carlos Franco, porque ella iba a la audición. El muchacho se llamaba Robinson Liñán y antes de que pudiera responderle el director de la academia comenzó a bajar las escaleras y con un gesto muy serio se presentó: Yo soy Carlos Franco. Mónica recuerda que llevaba puesta una trusa negra que resaltaba su cuerpo perfecto.

Momentos después, cuando ya había completado un formato que Carlos les entregó a las aspirantes, Mónica miraba embelesada a las bailarinas profesionales haciendo calentamiento en la barra.

Y comenzó la audición
El director hizo pasar a cada novel bailarín al centro del salón; solos y en pareja, y fue poniendo en cada caso los discos con los diferentes ritmos que quería examinar. Al final preguntó si alguien quería hacer alguna otra cosa.

“Yo enseguida dije que quería bailar un joropo, pero ese joropo mío de entonces parecía más un baile texano. Cuando pregunté quién me podía prestar unos tacones Carlos me preguntó si en verdad yo iba a bailar joropo y yo le dije que sí, que claro. Entonces me preguntó si quería uno rápido o uno lento y yo le dije que el rápido. Cuando empiezo a bailar veo cómo él comienza a respirar profundo y viniendo hacia mí me dice: quítate los zapatos y me sigues. Fui la única persona en la audición con la que él bailó, para enseñarme cómo se ejecutaba el joropo.

A los pocos días María Primo llegó al colegio con las cartas en las que nos decían quiénes habíamos quedado y quiénes no. Cuando yo leo en la mía que había sido seleccionada le pregunto a la profe que eso qué implica y ella me responde que ahora empezaban unas jornadas de clase y ensayos casi todas las noches. Yo le dije, con mucha pena, que no iba a poder ir porque yo vivía en Barranquillita, donde los buses solo pasaban hasta las 6 de la tarde y yo no podía llegar más tarde a mi casa. De todas maneras comencé, pero solo iba los domingos, y también había clases los martes y los jueves.”

Un día, por supuesto, el director de la escuela le preguntó por qué no estaba yendo entre semana a los ensayos y ella le contó la razón. Entonces el profesor, en un tono que a Mónica le pareció muy duro, le dijo que no importaba donde viviera ella tenía que ir a los ensayos, de lo contrario para qué había ido a la audición. Con ese pensamiento se llenó de valor para hablar con su abuela, pero ésta se mantuvo firme en su posición de no patrocinarle por nada del mundo su deseo de bailar.

La solución, de todas maneras, estaba en su propia casa. El administrador del taller de la familia era el tío “Chule” que quería mucho a Mónica y a quien no fue difícil convencer de que la llevara a la academia en su carro y la esperara para volver a la casa. Así lo hizo el tío durante seis meses, hasta que comenzó a acercarse el Carnaval y los ensayos a prolongarse más allá de lo habitual. Varias veces tuvo Mónica que salir a decirle al tío que la esperara un poco más. Hasta que un día Carlos dio una orden terminante: “Hoy nadie se va hasta que esto no quede listo”. Esa noche el tío le dijo que se buscara a otra persona que la llevara porque él no iba más. Y se fue.

Mónica no se molestó; lo entendía perfectamente, pero tenía un problema que resolver y entró de nuevo al salón para pedirle a Carlos que la dejara quedarse allí por esa noche. Al principio –dice Mónica– no veía la magnitud del problema, pero ella todavía no había terminado el bachillerato y por tanto, seguía dependiendo de sus abuelos. En diciembre de ese año se graduó y se hizo urgente, entonces, conseguir un trabajo que le diera independencia. Gracias a una amiga suya, Viviana Pérez, consiguió un puesto como vendedora de mostrador en el almacén Zodiac.

“Allí me volví una experta en cuestiones esotéricas, porque tenía que leer los resúmenes de todos los libros que importaban desde España y de Argentina sobre esos temas para poderlos vender. Yo de sólo pensar que esas cajas habían viajado meses por el océano me emocionaba mucho, así que me quedaba toda una mañana abriendo las cajas y leyendo.”

Para entonces su abuela le dijo que no le gustaba verla llegar tan tarde a la casa, aunque lo hiciera en taxi, así que le sugirió quedarse a dormir en la academia, madrugar, llegar a la casa para cambiarse y estar en el trabajo a las ocho en punto. Eso le implicaba levantarse todos los días a las cinco de la mañana, pero logró hacerlo durante casi tres años. Luego decidió retirarse porque tenía que pedir tantos permisos para los ensayos y las giras que era caótico para el almacén.

Quizás en esas lecturas sobre astrología, espiritualidad y magia, la hoy directora de la Corporación Cultural Barranquilla y de la Fundación Centro Artístico Mónica Lindo encontró algunas claves para crecer interiormente y poder expresarse a través de una carrera artística que siempre ha tenido, por demás, una fuerte proyección hacia la comunidad.

Una historia de tesón y de lealtad
Pero en la renuncia de Mónica a su empleo también influyó la decisión de entrar a la universidad. La disyuntiva fue entre Comunicación Social y Educación Física, y terminó imponiéndose la segunda por razones económicas pero además porque era la única carrera que tenía danzas en su plan de estudio.

Inicios de los años 90: Robinson y Mónica con su maestro, Carlos Franco.
Lo que seguía era negociar con su maestro de danza los horarios para poder estudiar y trabajar al mismo tiempo. Lo que no se esperaba es que él, de inmediato, le ofreciera trabajo en la escuela. Lo primero que ella hizo fue llevarlo a comprar carpetas, máquina de escribir, recibos y todo lo necesario para ordenar la oficina y administrar la corporación. “Me organicé como toda una secretaria –recuerda Mónica– y él estaba emocionado porque finalmente podía sacar las cosas de la escuela del clóset donde las tenía guardadas. Me pidió que le organizara los discos y los casetes, y yo fui feliz conociendo y organizando todo aquello. Obviamente esto era sin sueldo, pero él ofreció ayudarme con la universidad y el transporte; esa era mi paga.”

Con el tiempo Mónica se convirtió en su mano derecha, asistente artística y representante ante las instituciones cuando él no podía atender sus compromisos por problemas de salud.

Los amores furtivos 
“Carlos Franco no aceptaba que entre los miembros del grupo hubiera relaciones sentimentales, y yo tenía muy claro que no iba a sacrificar mi vida artística por tener un novio. Robinson estuvo tres años enamorándome, pero yo siempre lo veía como un pelaíto y seguía concentrada en mis cosas.”

A pesar de esa indiferencia Robinson no se desanimó. La acompañaba siempre a la casa y aceptó cambiar la pantaloneta por los pantalones largos para que don Germán de las Salas, que era un hombre de saco y corbata, lo recibiera en su casa. Y así, entre largas visitas en las que hablaba durante horas con los abuelos, Robinson fue ganándose la confianza de la familia y el corazón de Mónica.

“Cuando Carlos muere, en enero de 1994, nosotros ya teníamos ocho años de noviazgo clandestino. Absolutamente nadie lo sabía, porque además nosotros peleábamos mucho, y yo no dejaba ni que me mirara en los ensayos. Él sufrió mucho pero yo tenía claro que a mí no me iban a echar del grupo por eso. Ya en los últimos años, especialmente en el último, yo creo que Carlos se había dado cuenta porque nos dijo que nosotros éramos sus hijos y que teníamos que continuar con su escuela, que él nos había preparado para eso.”

Algunos meses más tarde Mónica y Robinson reunieron a la compañía y le contaron que se iban a casar en diciembre. Desde entonces, con todo y sus altibajos, los dos construyeron también un hogar que luego creció con su hijo Moisés.

Una nueva corporación
 Mónica Lindo y Robinson Liñán en su matrimonio.
Carlos Franco, quien también fue director del grupo de danzas de la Escuela de Bellas Artes, había hecho una labor fundamental de investigación, de enseñanza y de proyección de los bailes tradicionales del Caribe colombiano, y llegó a ser un maestro querido y respetado por sus discípulos. Por eso no era de extrañar que después de su deceso los bailarines quisieran continuar el trabajo iniciado por Franco. Ya un año antes de morir él había dado los pasos legales para que Mónica Lindo quedara al frente de su Escuela. Sin embargo, desavenencias de la familia del coreógrafo con Mónica y Robinson obligaron a los miembros a crear otra razón social: la Corporación Cultural Barranquilla.

La decisión vino después de una difícil asamblea con la familia Franco en la que quedó planteada la imposibilidad de continuar trabajando juntos desde la Escuela de Danza Folklórica de Barranquilla,  creada por Carlos. Fue tal su decepción, que Mónica Lindo le dijo ese día al grupo que no quería saber más de danza ni de escuelas. Los bailarines, por supuesto, la persuadieron de lo contrario y le dieron su respaldo para seguir adelante.

“Cuando vi que los pelaos tenían ganas de seguir entonces dije listo, vamos a empezar. Ahí mismo cogimos un bus para mi casa en Barranquillita para planear las cosas. Andrés, uno de los bailarines de entonces, se encargó de elaborar los estatutos e impulsó los trámites junto con Robinson, quien sería a partir de ese momento el representante legal.

Al día siguiente sacaron un comunicado de prensa anunciando la conformación de la Corporación Artística y Cultural Carlos Franco, nombre que finalmente no pudieron llevar  porque la familia había establecido legalmente la prohibición de usar el nombre de Carlos.

Fue el maestro Antonio Grass gran amigo de Carlos y autor del logo de la Escuela, quien convenció a Mónica de que ellos podían construir su propio camino, que le hicieran un homenaje a Barranquilla como lo había hecho Carlos. Por eso la llamaron Corporación Cultural Barranquilla, la identificaron con la imagen del hombre caimán donado por Grass y dejaron en los estatutos el compromiso de ser continuadores de la filosofía de Carlos Franco.

“Enseguida armamos un evento para el lanzamiento en el teatro de Bellas Artes. Al principio fuimos muy afortunados de contar con mucha gente que nos ayudó, pues sin recursos para comenzar de nuevo teníamos que conseguir todo con cartas: los sombreros, la tela de los vestidos, la utilería, todo.”

Con el tiempo se limaron las asperezas con la familia Franco y para los 10 años de fallecimiento fue invitada la mamá de Carlos y se le hizo un reconocimiento.

Proyectando el Carnaval de Barranquilla y la cultura caribe
La primera función paga de la nueva etapa de la escuela fue para la Fiscalía General, donde les pagaron 700 mil pesos. De ahí en adelante vino un itinerario nacional e internacional en el que cada presentación era cerrada con una salva de aplausos del público.

“Nosotros tuvimos la suerte, en los primeros años, de ganar el premio Alé Kumá como uno de los cinco mejores grupos de Colombia.  Algo estaba pasando en ese momento en el Ministerio de Cultura y en el de Relaciones Exteriores, pues ya no querían mandar sólo al grupo de Sonia Osorio como estandarte de Colombia ante el mundo y organizaron este concurso para escoger los grupos que iban a representar al país en el exterior.

Allí comenzaron los viajes, primero a Venezuela y luego a los Estados Unidos para la celebración del Día de la Hispanidad con una función en la embajada en Washington. Tanto gustó el trabajo de la Corporación que siempre la recomendaban y su fama fue creciendo hasta el punto de  ser invitados, en 1998, como parte de la delegación cultural que acompañaría a la selección nacional de fútbol al Mundial de Francia. Cuando Colombia fue eliminada del campeonato todos pensaron que los devolverían a Colombia, pero la gira siguió durante dos meses por otras ciudades de Europa, incluyendo una función en la Expo Mundial de Lisboa, de donde salió la invitación a la Expo de Hannover.

Pero la gira más significativa e inolvidable para Mónica y el grupo sería la de 1999 al Japón, para los primeros 100 años de la llegada de los inmigrantes japoneses a Colombia. Se trataba de una función especial en Tokio ante la familia imperial, razón por la cual les anunciaron desde el principio que aquella iba a ser una gira diferente, comenzando por que iban a recibir la visita de los productores de la famosa compañía Min-on de Tokio.

“Los tipos nos contactan por el rústico internet de la época y nos anunciaron su llegada para una Semana Santa, cuando teníamos que hacerles una función completa. De nuevo prestamos el teatro de Bellas Artes e hicimos una función de dos horas con todo el repertorio del Caribe. Ellos instalaron sus cámaras y sus equipos de sonido y cuando terminamos felicitaron a los muchachos y nos felicitaron a Robinson y a mí pero nos dijeron: ‘Es muy bonito, pero tiene que ser perfecto´. Una frase que a mí me quedó grabada y he aplicado desde entonces en todo el trabajo de la escuela. Fuimos aprobados, pero teníamos que mejorar los detalles y sobre todo, aprendernos una canción en japonés. Era una canción insignia de Tokio que todos los grupos que habían pasado por el teatro Min-on habían presentado, así que nos mostraron las versiones de todos y nos pidieron una que contrastara con ellas. Teníamos tres meses para prepararnos y trabajar por esa perfección. Mandamos a hacer vestuario nuevo y preparamos una versión de la canción japonesa “La madre”  basada en los tambores y cantada a capela.  El resultado fue apoteósico.”

Llegada a Tokio con visa diplomática
La llegada al país nipón fue un preludio del éxito que les esperaba: alfombra roja, flores, limosina, bus de lujo y dos motos delante de la caravana abriendo paso hacia la sede de la compañía Min-on. Un complejo enorme que incluye un teatro de primera línea, museo de instrumentos musicales y hotel para los artistas. El grupo barranquillero nunca había visto algo así. Era, ni más ni menos, como estar en una película. Cuando el bus se detuvo en la puerta había dos hileras de secretarias y empleados recibiéndolos. El presidente de la compañía les dio la bienvenida y mientras les hacía el tour por el lugar le dijo a Mónica que escogiera a 10 personas del grupo para la cena de esa noche.

Al día siguiente la agenda comenzó a las ocho de la mañana con las pruebas de sonido; luego ensayos de coreografía y un descanso para seguir a las seis de la tarde con una función completa para la prensa. A las ocho en punto era la gala para el público y la familia imperial.

“Fue la primera vez que trabajamos con las condiciones ideales, como nunca las hemos  visto aquí: una señora con la mesa de planchar para planchar los vestidos, camerinos con circuito cerrado de televisión y todos los técnicos de iluminación y sonido disponibles, y como no podíamos encender velas en el escenario, en menos de cinco horas nos armaron unas velas eléctricas que parecían naturales. A Robinson le dijeron que la guitarra que él llevaba no servía y que le iba a prestar una, que resultó ser la que Paco de Lucía le había donado al museo. Faltando diez minutos para la función pidieron que los directores y una pareja estuvieran afuera de la sala para el recibimiento. La doctora Nora Trujillo, funcionaria de la Cancillería me dice: Mónica, no tengo que recordarles la importancia de esta presentación, es la primera vez que los príncipes aceptan una invitación y la primera vez que un grupo de Colombia se presentan para ellos. No se preocupe, le dije, que todo va a salir bien.”

Y todo salió a pedir de boca. Bailaron para cinco mil personas y antes de terminar la guía e intérprete japonesa les dijo que los emperadores querían entrevistarse con ellos, que fueran los directores y dos o tres músicos. El anuncio venía acompañado por las recomendaciones de rigor: Por favor no pasarse de siete minutos, no tocarlos,  inclinarse para saludar, etc. Al bajarse el telón y sudorosos, seis miembros del grupo subieron las escaleras llevando en sus manos una máscara precolombina que entregarían como regalo a los monarcas. El gaitero, el maraquero, Robinson, Mónica y una pareja de baile recibieron entonces unos pañitos calientes para secarse el sudor antes de entrar al salón.

Registro de la prensa  japonesa de la función en el Teatro Min-On
“Apenas entramos, la esposa del príncipe nos dijo que estaban muy emocionados, y cuando yo le pregunté cuál era el baile que más les había gustado hicieron la mímica del mapalé, entonces yo le dije que los íbamos a invitar al Carnaval de Barranquilla. Mientras, Isadora de Norden ya me hacía señas con los ojos de que se había acabado el tiempo, pero a Robinson se le ocurrió decir que quería regalarles la gaita, mostrándole al príncipe cómo se tocaba. El príncipe se la recibió y enseguida la tocó y pensé yo: tanta vaina con el protocolo y se pasaron el pito de la gaita de la boca de uno al otro…”

El sueño parecía haber terminado cuando al día siguiente hicieron las maletas para partir con rumbo a China, pero camino al aeropuerto el guía recibe una llamada y, nervioso, le dice a Mónica que tienen que cambiarse porque va a haber una recepción en la sala VIP del aeropuerto. El motivo: siguiendo una vieja costumbre del teatro en la que el público deposita en una urna su voto por el mejor grupo de la temporada, les iban a entregar el Premio al Arte Min-on. Y la entrega la hacía el presidente de la compañía, así que sacaron de las maletas la chaqueta del blazer y se la pusieron con los bluyines que llevaban puestos.

“Cuando llegamos a esa sala había tremenda recepción. Nos tomaron las fotos, nos pusieron las medallas y supimos que solo dos grupos latinoamericanos se habían ganado ese premio: uno de Argentina y nosotros. Después fue que digerimos todo eso, porque la gira por China fue tan intensa que tomamos 36 aviones en un mes.”

Profesionales para un nuevo siglo
No podían haber tenido una mejor entrada al siglo 21 que regresar al país repletos de triunfos. A partir de allí se desplegaron nuevas velas: intercambio artístico con una escuela del Japón, consolidación del trabajo local y creación de la Fundación Centro Artístico Mónica Lindo como centro educativo para la formación intermedia en danza y música. La iniciativa de organizar una escuela aprobada por la Secretaría de Educación obedecía a una preocupación que el sector de la danza en la ciudad había expresado por décadas. La fuerza que ganó el Carnaval de Barranquilla con la declaratoria como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2003 y la focalización en 10 danzas tradicionales amenazadas hacían cada vez más urgente contar con un cuerpo de profesionales capaces de formar a las nuevas generaciones pero también de producir, de gestionar y de interpretar cualquier género de la danza.

Entre tanto, Mónica atendía su cátedra en el programa de Educación Física de la Universidad del Atlántico, y desde allí tendió puentes con la Facultad de Bellas Artes para que, apoyados en el Plan Nacional de Danza, se creara el primer Programa Profesional de Danza de la región y el primero con esa denominación en el país. Guillermo Carbó, Decano de Bellas Artes, apoyó la propuesta y en 2011 se realizó el primer taller institucional para la creación del programa, en el que Mónica actuó como coordinadora académica. El siguiente paso fue solicitar al Ministerio de Cultura un asesor externo y con este acompañamiento se logró, en diciembre  13 de 2012, el registro calificado de la carrera.

La primera promoción inició clases con 30 estudiantes en el segundo semestre de 2013, y a la fecha ofrece también el programa de profesionalización para bailarines, gestores y coreógrafos adultos o que residen en otras ciudades del Caribe. Un logro que no hubiera sido posible sin la experiencia y la dedicación de Mónica Lindo, como lo reconocen personas del medio danzístico y cultural de Barranquilla.

La bailarina Claribel Cera, arquitecta y ex alumna de Mónica Lindo, la define como “un proceso de evolución constante, como un libro que se abre para compartir su conocimiento y hacer que otros también crezcan.”
Mónica Lindo dirigiendo a los alumnos del Programa de Danza de la Universidad del Atlántico
durante la clausura de semestre en julio pasado.

“Yo soy arquitecta, pero me haló tanto la pasión por el baile que ella cultivó en mí, que terminé dedicándome a la danza.  Una pasión que es de fuentes reales y fieles, porque Mónica nos enseñó a investigar, a no quedarnos con lo primero. Creo que otras de sus virtudes son la responsabilidad y la disciplina, y le admiro esa capacidad de entrega total, de respirar danza las 24 horas del día.”

Claribel, quien actualmente trabaja con la Escuela de July Donado y el Country Club, pertenece a la primera promoción de la carrera técnica de la Fundación Centro Artístico Mónica Lindo y es miembro permanente de la corporación. Estuvo en todas las giras de la compañía hasta el 2006, por eso conoce a fondo a su maestra y considera que uno de sus logros más importantes ha sido el de instalar la idea de respeto por la danza y los bailarines y cambiar los códigos de rivalidad que existían entre los grupos de la ciudad.

Otra persona que ha sido testigo de esta historia es el profesor Julio Adán Hernández; pedagogo, sociólogo y comunicador social, creador del programa radial Voz infantil-Hola Juventud y del Carnaval de los Niños. Él conoce a Mónica Lindo desde que estudiaba en la escuela de Carlos Franco y piensa que ella encarna el ideal de la educadora que quiere dejar una huella acorde con los tiempos: “Hablar con ella es llegar a la fuente misma de la danza en Barranquilla, porque es una autoridad, pero al mismo tiempo es humilde y sencilla, dispuesta a darle participación a todo el mundo. Es un orgullo nuestro.”

Por su parte el escritor e investigador Alvaro Suescún, autor del libro biográfico sobre Carlos Franco “Danza en el recuerdo”, afirma que entre las asistentes que Franco tuvo en diferentes épocas, entre ellas Maribel Egea, Chechi de la Rosa y Angélica Herrera, quien logró proyectarse más y de mejor manera fue Mónica Lindo. “Es una coreógrafa que se surte con la creatividad y la observación para asumir un serio compromiso con los valores auténticos de las expresiones de nuestro carnaval. Junto con su esposo, Robinson Liñán, ha conformado una institución en la que mantiene, como columna vertical, una forma de hacer y de reproducir nuestros bailes típicos y nuestra música a partir de la observación cotidiana y el respeto por la legitimidad de las tradiciones estéticas."

La considera seria, estudiosa y disciplinada. “Las fuentes artísticas la han conducido por el camino de la interpretación –agrega Suescún- observando y proponiendo nuevas alternativas para el desarrollo de sus planteamientos estéticos, sin que ello implique el interés sin medida por la innovación ni el menoscabo del patrimonio cultural. Su compromiso con nuestra cultura, y su fidelidad a nuestras tradiciones, la hacen la mejor exponente de los procesos formativos a nivel de la danza en nuestra región.”



Ahora estamos de nuevo en el presente. La película se sigue rodando desde la Escuela de Danzas Mónica Lindo, desde el grupo musical Los Chamanes y su semillero, desde la comparsa El Torito en Carnaval y a través de las múltiples actividades que esta hiperactiva mujer, quince veces reconocida y condecorada, despliega incesantemente para hacer que la danza en esta ciudad sea un arte mayor y una forma digna de vida para miles de personas. Si su abuela la viera…