domingo, noviembre 20, 2011

Bajo vigilancia

Por Eva Durán
Especial para Cantaclaro
Desde Colonia, Alemania



Pablo Castro* es mi mejor amigo desde que fijé mi residencia en la ciudad de Colonia. Es un adolescente dulce, callado y discreto, ha estado a mi lado protegiéndome y cuidándome como el más solícito de los enfermeros durante una bronquitis, una tosferina y una larga convalecencia en la cama fruto de un dolor en la columna vertebral que durante siete meses me hizo revolcar de dolor.

Le conocí en mi primer curso de alemán. Al mes de estar estudiando el idioma me dejó tirada (apenas si sostengo una conversación básica) mientras él ya lo habla fluido y sin acento; además habla perfecto inglés, francés y holandés. Vamos juntos a los mismos grupos de meditación, tenemos el mismo concepto de Dios, de la vida y del mundo; nos curamos los chichones de la vida, nos aconsejamos y consentimos el uno al otro. En otras palabras, Pablo es mi pana, mi carnal, mi llave, mi uña y mugre.

Es además el perfecto compañero de compras, no se impacienta cuando me demoro probándome vestidos o camino de un lado al otro buscando ofertas de un euro.

Confío tanto en él, que sé que de faltar yo, un hijo mío estará seguro a su lado, y no tengo problema en confiarle grandes cantidades de dinero, pues su honestidad y rectitud moral están para mi más que probadas.  Alguna vez me subí al tren sin pagar boleta, solo por una estación, y puso una cara de desaprobación que me hizo sentir como la más vil de las cucarachas.

Pablo y Viviana* su madre, quienes son colombianos y lucen un bellísimo color ébano en la piel, están viviendo una verdadera película de terror psicológico en estos días. 

La señora, una negra exuberante, popular y simpática a quién conocí en las pasadas fiestas de año nuevo, se va a casar con Jurgen* un alemán residente en Colonia, quien firmó ante el Estado alemán todos los documentos y compromisos de rigor en los que consta de que ella es la mujer con la que desea pasar el resto de su vida.

El matrimonio se ha demorado porque Viviana nació en la selva, en la pura selva del Chocó, monte adentro, fue registrada a los 18 años en una ignota notaría que ya no existe y cuyos archivos reposan repartidos en diferentes oficinas en los alrededores de la ciudad portuaria de Buenaventura, sin orden ni concierto. Total, ha sido imposible a la fecha encontrar el registro civil, pese a que Viviana ha pagado, y me consta, montones de dinero a varias personas para que se desplacen a varias ciudades y nada. 

Finalmente, después de muchas vueltas, conflictos,  trepa que sube y negociaciones sin fin, se comprometieron con las autoridades de inmigración a salir rumbo a Colombia a buscar el bendito papel y así poder casarse con todas las de la ley.

Viviana y Jurgen ya alquilaron y registraron en Colonia la casa en la que vivirán,  cómoda y fresca, la casa de sus sueños. Se gastaron una fortuna comprando muebles y electrodomésticos y se presentan reglamentariamente ante las autoridades de inmigración.

Hace dos días Viviana llega a mi casa angustiada a decirme que siete hombres les siguen a todas partes a ella y a su hijo, que les toman fotografías, que les escarban la basura. 

Yo, que disfruto de su amistad hace solo tres meses, siento que conozco a esta mujer de toda la vida; he reído y llorado a su lado, dormido en su casa, comido en su mesa y compartido con ella mis sueños y mis angustias. Yo, que he sido acogida sin reservas por su dulzura y paciencia, no puedo entender que peligrosidad puede encarnar un ser cuyo acto más terrible es quemar las ollas cada vez que viene a mi casa a cocinar un delicioso arroz atollao.

Pero efectivamente la cosa es así. Salí de compras con Viviana y en una acera de Plaza Neumark una mujer atlética, rubia y con vestido deportivo se paró ante nosotros y sin ningún disimulo nos fotografió. Qué vergüenza.

Al llegar a Schildergase me mostró Viviana a un guapo chico con chaqueta color café, quien, me dijo, no la deja a sol ni a sombra desde la mañana.  Luego fui con Pablo a comprar dulces al Aldi y dos hombres nos siguieron por los pasillos sin ningún disimulo y luego revisaron los estantes de los cuales tomamos las bolsas de dulce.

Y así durante toda la tarde la misma historia. Pablo, en el colmo de una legítima indignación, exclamó: “¡Esos de inteligencia no tienen nada, son unos brutos, con razón perdieron la guerra!”

Yo trato de tomarlo con humor pero en verdad estoy preocupada porque nadie entiende por qué la paranoia con ellos. Pienso que igual ya se van y la verdad, les insisto que no vuelvan, que se vayan para cualquier otro lado, que cualquier cosa es mejor que vivir así. 

Pablo es tranquilo y ecuánime como un monje budista y toma las cosas con un humor que envidio, Jurgen se la mantiene trabajando en el campo y Viviana está tan afectada que me pide que la acompañe a todos lados porque tiene miedo de andar sola.

Ser colombiano es duro, lo sé. Esta es la prueba. Nos matan en nuestro país y nos tratan como criminales en el exterior.

En su caso, yo iría a los medios de comunicación y armaría un escándalo monumental, pero eso no es de buena suerte en la víspera de una boda, me dicen. Cuando se casen la vaina será a otro precio.

Así está la cosa, el Buen Estado Alemán está persiguiendo, vigilando, analizando de día y de noche, con toda su perspicacia, tecnología, estadísticas y aparatos de rastreo a una mujer suramericana, madre soltera, por el simple hecho de tener dinero, ser negra, venir de Colombia y tener la extraña “fortuna” de hacerse pareja de un alemán. 

Si no estuviese viviendo el asunto en carne propia no tuviera consciencia de lo monstruoso del exabrupto.

Dada la crueldad y sevicia de nuestro conflicto interno, los colombianos deberíamos tener derecho al asilo automático, como en su momento lo tuvieron los chilenos, argentinos y uruguayos, pero eso no ocurrirá sencillamente porque para los dueños del mundo, el negocio es hacer de nosotros narcotraficantes, terroristas o putas, no seres humanos.

Post data: En un mes Viviana se casa (Dios mediante) en Colombia; espero que la fuerza moral le aguante hasta allá. Sean estas palabras un respaldo a su integridad, valor y entereza.

* Los nombres han sido cambiados.

martes, noviembre 01, 2011

¡Amrika, Amrika!

Documental de Sara Harb


Por Patricia Iriarte


Sayida Sánchez y Zuleima Slebi en una escena de ¡Amrika, Amrika!

En una ciudad como Barranquilla, donde la presencia árabe se puede constatar en los apellidos del directorio telefónico, en los avisos de las zonas comerciales, en los rostros de los transeúntes, en las listas electorales, en la vida cotidiana toda… porque ¿quién no ha tenido un amigo, una novia, un compañero de trabajo, incluso unos parientes sabaneros con un Manzur o un Abdala entre sus apellidos?


En una ciudad, como esta, digo, del Caribe colombiano, que atrajo tanta gente hace más de un siglo y que se precia de tener todavía algunos cines y varios directores, se tendrían que hacer muchas películas y documentales sobre este fascinante cruce de genes, con sus temperamentos y sus culturas deslumbrantes: el Caribe y el Oriente.

Hace tantos años que ya no recuerdo cuántos, hice para el semanario Zona de Bogotá una crónica que titulé, por supuesto, Moros en la Costa, en la que queríamos contar de esos viejos lazos existentes entre nosotros y los “turcos”, como los oí nombrar  en mi familia y en toda la ciudad. Yo conocí varios que recorrían el barrio vendiendo telas y a veces, cacharros para la casa. Pero esos “turcos” se fueron quedando e integrando y los fuimos conociendo mejor, y aprendimos a diferenciarlos y a saber que en realidad no eran turcos sino palestinos, sirios, libaneses, y uno que otro turco. Pero estaban también los judíos, siempre tan asociados al dinero como a la espiritualidad. Esos moros fueron, con el tiempo, grandes hombres de negocios, industriales, poetas, artistas y políticos… esta última, sin duda, su faceta menos amable para nosotros.

Antoine AlRahbani y George AlRahbani

La literatura y el periodismo han recogido en sus páginas mucho de su historia en nuestro territorio, y la obra de sus escritores es un vivo ejemplo de la riqueza de ese legado. Pero es difícil, por decir lo menos, encontrar en esta región un trabajo audiovisual que de cuenta de ese proceso.





Por todo esto es que diría que la aparición, en septiembre pasado, del documental ¡Amrika, Amrika!, de Sara Harb Said, puede considerarse un suceso cinematográfico en nuestro medio.

Sara Harb es una cineasta barranquillera, hija de inmigrantes libaneses que llegaron a la Costa Caribe a principios del siglo XX.  Su padre,  Salomon Harb Saleh, casado con Amira Said Hachem, llegó a Colombia en 1930 y estableció su negocio y su hogar en una época dorada para Barranquilla.

Sara Harb
Era natural, entonces, que Sara sintiera siempre un profundo interés y la necesidad artística de reflejar esta historia en suquehacer cinematográfico. Veinte años de investigación-acción participativa, como diría el maestro Fals Borda, se revelan hoy en este nuevo documental de 52 minutos sobre el itinerario social, económico y cultural del pueblo árabe en nuestra región.

¡Amrika,  Amrika!  hace parte de un proyecto audiovisual  de Harb Said que busca documentar para el cine y la televisión colombianos este proceso de llegada, adaptación e integración de la cultura árabe en nuestro país.

Desde el punto de vista cinematográfico este trabajo, dice Sara, “busca también plantear una aproximación diferente al género tanto en su conceptualización como en su estructura narrativa.” 

En efecto, la narración de ¡Amrika, Amrika! incorpora los ensayos para una película que se presume se está haciendo (Salwa, La Turca, el proyecto de largometraje de Sara Harb) y unos personajes de ficción que se convierten en sujetos reales que dan testimonio de su experiencia de inmigración a Colombia. Además,  incluye en su discurso narrativo una tercera voz, la de los autores del documental, que aparecen en pantalla para manifestar su autoría.

Salwa, La Turca no existe en realidad porque la miopía de las instituciones de promoción cinematográfica en Colombia le ha negado al proyecto el apoyo  que requiere. En cuatro ocasiones se ha presentado a las convocatorias de Pro-imágenes en Movimiento, en sus diferentes etapas, y siempre ha sido ignorada, en beneficio de otros proyectos cinematográficos de corte puramente comercial que no aportan nada al séptimo arte ni a la narración de los fenómenos socioculturales del país.

Pero ni la frustración ni la desazón que ello produce derrotaron a la directora barranquillera, quien buscó entonces otros recursos narrativos –y económicos- propios para su trabajo creativo y fue así como surgió ¡Amrika, Amrika!, grabada en los estudios de la Universidad del Norte y terminada en sus salas de edición con talento local.

La música, que es un elemento central para la atmósfera y el ritmo de la narración, es del colombiano radicado en Nueva York Jay Rodríguez. La dirección de fotografía es del veterano Rodrigo Lalinde, quien ya había trabajado con Sara en su cortometraje Ensalmo, y de Diego Forero.

El resultado que hoy nos entrega Sara Harb es de una belleza conmovedora. El tratamiento de los testimonios, la sensibilidad en las imágenes, la investigación documental y una impecable factura son virtudes innegables de este trabajo, pero más allá de la técnica hay
algo en la manera de mostrar a estos personajes y sus historia que resulta nuevo y distinto aún para quienes estamos habituados a convivir con esos rasgos y esos acentos moros.


Doña Victoria Dacarett
 Me conmovió escuchar la historia de la inmigración de labios de doña Victoria Dacarett, de Zuleima Slebi, de Anthony, de Mohamed, de la joven Sayida, nieta de inmigrantes, quien personifica por un momento a Salwa, la niña libanesa que sus padres quieren casar con un paisano cuando ella ama profundamente a Antonio, un músico moreno de rasgos caribeños. Todos ellos, y el homenaje que le rinde a la mujer árabe, a través de Meira Delmar, hacen de este documental un valioso documento y una hermosa pieza audiovisual.

Y como nadie es profeta en su tierra, según dice el adagio popular, a tan solo unas semanas de haberse presentado en Bogotá y Barranquilla, el documental es invitado a una muestra de cine en Beirut, este 5 de noviembre, a donde la directora viajará para presentarlo.

Actualmente Sara Harb reside en España, en donde cursa un master en Guión cinematográfico en la Universidad Carlos III de Madrid.


Sinopsis de ¡Amrika, Amrika!,

En un ambiente abstracto, de hipotéticas locaciones del largometraje Salwa, La turca, se ensayan algunas de las escenas con cinco de sus personajes principales que, vestidos y caracterizados según el guión, leen, repiten y actúan el papel que les ha sido asignado.

Los parlamentos, diálogos y movimientos de los “actores”, así como la detallada interacción de los aspirantes con sus roles, revelan el argumento general del largometraje y la razón de ser de cada uno de los personajes. Luego, mediante una entrevista en el entorno de cada persona, se complementa la información de cada uno sobre su propia vida y sus ancestros para dar un marco general de la inmigración árabe en Colombia a comienzos del siglo pasado.
  
Ficha técnica

Producción, Guión y Dirección: Sara Harb
Dirección de fotografía: Rodrigo Lalinde, Diego Forero
Sonido:  Edvard Fernández
Montaje:  Rogelio Morales, Magola Moreno, Manuel Betancourt
Dirección de Arte:  Lida Castillejo
Música Original:  Jay Rodriguez
Jefe de Producción:  Harold Ospina
Equipos y apoyo técnico: CPA - Universidad del Norte


Enlaces:

sábado, octubre 29, 2011

Cobo Borda en Barranquilla



Barranquilla recibió en estos días la visita memorable de Juan Gustavo Cobo Borda. Siempre inspirado e inspirador; lúcido, exquisito y de envidiable sentido del humor, Cobo Borda vino a la ciudad invitado por el Centro Cultural Cayena de la Universidad del Norte para participar en el Encuentro Nacional de Literatura, y para presentar el nuevo libro de poemas de Joaquín Mattos Omar, Los escombros de los sueños, prologado por él y editado por Icono.

En este último evento, que tuvo lugar anoche en La Cueva, el escritor bogotano leyó unas notas escritas a mano entre las que sobresalían unas preguntas: "¿Que significa hoy en día leer poesía?"

"¿Que tiene que ver la poesía con un mundo donde la historia se ha vuelto ironía y la escritura se ha vuelto parodia de la historia?"

Anoche Cobo Borda volvió a encantar, como cuando habla sobre Borges o aún cuando habla sobre un poeta desconocido, o cuando reflexiona en voz alta sobre cosas como estas:

"No hay nada que deteriore más la literatura que la obsesión por la actualidad."

Poeta que hipnotiza con el dominio de la palabra, de su ritmo y de la forma en que las combina entre sí para fascinar a los mortales:

"La poesía sigue cantando dentro de ella misma" 

Intelectual que comparte con gracia y generosidad sus saberes y sus intuiciones, porque cree que "Los poetas son los que saben, a pesar de ellos mismos." 


Sobre el libro de Mattos, "Los escombros de los sueños", afirmó:

"Este libro tiene el centro de nuestra memoria y el del patio y tiene a su vez los escombros de todas las utopías que se volvieron polvo, pero tiene a su vez esos espejos de agua que se han hecho ahora en torno a las Torres Gemelas para que quizas la gente, en silencio, se mire a sí misma."

Disculpen la calidad del video, pero no es la imagen lo que importa, es la voz:



martes, octubre 25, 2011

Alerta ambiental II: Los Parques siguen en la mira



Hace un año alertamos aquí sobre los daños ya ocasionados y los peligros que se avecinaban para el medio ambiente en el Caribe colombiano. En julio de 2010 hablábamos sobre los riesgos que representaban las obras de rectificación del Canal del Dique para el Parque Nacional Corales del Rosario; sobre la modificación del área Ramsar que protege al Parque Isla de Salamanca y todos sus humedales, para favorecer el establecimiento de puertos carboníferos frente a Barranquilla; alertamos sobre la cuchilla del progreso talando mangle en Rincón del Mar, y sobre otros cuantos temas que estaban en ese momento a la orden del día. 


Señalábamos la contradicción entre algunos anuncios hechos en esos días, como el compromiso de los gobernadores con la protección de sus ecosistemas, con la presentación de una política de "región bio-competitiva" que otorgó, como quien dice, "licencia para matar". 


¿Cuál es la política ambiental del actual gobierno?


Primero da una señal positiva al frenar el proyecto de hidrocarburos en la Reserva de Sea Flower, abrumadoramente rechazado por las comunidades isleñas y por la opinión mundial, como lo demostraron cientos de miles de firmas recogidas a través de las redes sociales. Mejor dicho, le tocó frenarlo. Entre tanto le está dando continuidad a la política uribista de tierra arrasada para sembrar monocultivos, favorecer la inversión de los grandes grupos económicos y promover, directa e indirectamente, el despojo territorial, cultural y social de los campesinos, indígenas y comunidades afrocolombianas.


Al mismo tiempo, al Presidente se le va la lengua en una asamblea de hoteleros y menciona el proyecto de Six Senses en el Tayrona, donde ya está claro, nuevamente, quiénes son los interesados: los Dávila Abondano, estirpe que junto a otras familias tradicionales del Magdalena se han hecho tristemente célebres por su habilidad depredadora: en sólo diez años destruyeron la bahía de Santa Marta y todas las playas que tuvieron a su alcance.


El anuncio, por fortuna, no pasó desapercibido y, casualidad o no, después de los 5.000 miembros en el grupo No a la construcción de un hotel 7 estrellas en el Tayrona, el mandatario y sus funcionarios se apresuran a hacer aclaraciones y promesas de respeto a la legislación colombiana sobre la consulta previa a las comunidades indígenas. No les queda de otra. Intentar manipular una consulta con el Consejo Territorial de Cabildos sería muy poco inteligente. 


Santos creyó poder jugar con la palabra empeñada en la Sierra en su mediática posesión ante los mamos, pero ahora debe estar estudiando historia. Le recomendamos el último documental del Colectivo Zhigoneshi: Resistencia en la Línea Negra, para que refresque sus conocimientos sobre el papel de la resistencia arhuaca en la expulsión de los curas de San Sebastián de Rábago, recuperando para los pueblos de la Sierra el sitio sagrado de Nabusímake. Desde allí hasta la cancelación de un proyecto carbonífero en La Guajira durante el gobierno de Andrés Pastrana había pasado casi un siglo, y desde ese episodio a acá, más de diez años. La opinión pública también ha madurado, y esa franja respetable de clase media que se expresa en las redes (que casi se expresa solo en las redes), ha logrado pronunciar un No al unísono. Un No rotundo a la construcción de un hotel de 4, de 5 de 6 o de 7 estrellas en el Tayrona. 




Al parecer, nadie se opondría a un hotel como los que ya existen: los Ecohabs, que funcionan desde hace por lo menos 20 años sin causarle daño al Parque; las cabañas de Arrecifes, las zonas de camping y el rancho de hamacas (todos estos manejados antes por la Dirección de Parques y ahora por Aviatur). Un proyecto que corrija los errores de ese proceso de concesión, permitiendo conciliar la conservación con las necesidades de las comunidades locales, en condiciones que sean social y culturalmente sostenibles, sería mirado con buenos ojos, quizás, por los mismos pueblos indígenas, que obviamente preferirían no vernos mucho por sus fueros.


En el Tayrona parece, hasta ahora, que vamos ganando la partida, pero siguen vivas las otras cabezas de la Hidra. Una de ellas es urgente enfrentarla, y es la que se está comiendo los Montes de María.


Cultivo de palma africana en Montes de María
Los planes del gobierno para reactivar la economía de esta zona son los mismos que dejó en marcha el gobierno anterior (sin duda, uno de los "huevitos de oro" del otro presidente), y esos planes retan seriamente cualquier política ambiental y social seria. ¿Saben ustedes por qué se están acabando los aguacates de El Carmen de Bolívar?


Hay que seguir alertas frente al tema de Ramsar e Isla de Salamanca, y cuestionar resueltamente la exportación de carbón por los puertos del Caribe como la vienen haciendo actualmente las empresas asentadas en Colombia. El Caribe y sus parques, sus bosques, sus aguas, su fauna, su gente, están amenazados. La alerta sigue encendida.

domingo, octubre 16, 2011

Entrevista con Aline Helg


"De pronto me quedo en el Caribe"


Cuando Aline Helg comenzaba sus estudios en la Universidad de Ginebra, comenzaba también en el Cono Sur la época de las dictaduras, y  Suiza fue uno de los países que recibió una gran cantidad de exiliados políticos de los países suramericanos. Muchos de ellos fueron sus compañeros de estudios pero uno en particular, un chileno-suizo que se había sido su gran amigo, fue desaparecido después en la Operación Cóndor del régimen de Pinochet.  “Eso me movilizó enormemente”, dice la historiadora en una entrevista que concedió a Cantaclaro en la recepción de un hotel en Riohacha, donde había sido invitada por la Expedición Padilla para dictar una conferencia y presentar su libro sobre el Caribe colombiano, publicado por primera vez en Colombia.[1]

En unos minutos el bus de la expedición nos llevaría a conocer la Laguna Salada y el sitio aproximado donde estuvo la Villa de Pedraza, la cuna del héroe de la Independencia José Padilla, la figura histórica a la cual esta mujer le ha dedicado años de investigación.

Pero ¿cómo se interesa esta investigadora por una figura hasta entonces ignorada de la historia de Colombia?

Después de haber estudiado Historia, Español y Ciencia Política, y tras su doloroso contacto con la realidad de América Latina, Aline se interesa en trabajar con la Unesco; pensando quizás en vivir un tiempo en París. Sin embargo, para ello necesitaba tener un doctorado y pensó que uno muy interesante podrían ser el de Historia de la Educación, pero ¿dónde? “Mirando el mapa de Suramérica  el único país que no estaba bajo una dictadura era Colombia. Estaba en estado de sitio pero no en dictadura.”  Así fue como en 1979 llegó a Colombia para hacer la investigación en terreno, y se vinculó nada menos que a la Universidad de los Andes, en Bogotá, como profesora visitante. De esa temporada cuenta, a manera de anécdota, que sus estudiantes –la mayoría de clase alta- se negaban a ir a las oficinas del DANE para buscar los documentos que ella les pedía consultar porque consideraban –al menos, eso les decían sus padres- que la Avenida El Dorado era un sitio peligroso. Lo chistoso era que la misma Aline vivía en ese sector, y el único peligro que encarnaba para un joven uniandino era, digo yo, la cercanía de la Universidad Nacional. Eran los años 80, con gobierno de Turbay, Estatuto de Seguridad y sonoros golpes del M-19.

Esa pesquisa sobre la educación la llevó al otro tema que le ha apasionado en los últimos 20 años: el de la raza. Durante su tesis doctoral sobre educación en Colombia Aline Helg encontró que ésta comenzó a desarrollarse cuando los primeros gobiernos de la República lanzaron programas para promover la inmigración europea y así “blanquear” la raza. Era lo que se hacía en ese entonces en otros países, dice la profesora Helg, pues se pensaba que de esa forma la raza iba a mejorar notablemente… sólo que no había una inmigración suficientemente importante en Colombia, y entonces decidieron tomar la vía de la educación y la salud para mejorar a los colombianos: 1930-40

Así fue emergiendo el papel decisivo que había jugado la cuestión racial en la educación. Por ejemplo, dice Helg: “Cuando se estableció la educación pública las clases medias y altas crearon los colegios privados para que sus hijos no se mezclaran con los pobres o los de piel más oscura.”

El asunto la intrigó tanto que luego realizó un estudio sobre teorías raciales en América Latina para ver cómo los pensadores e intelectuales latinoamericanos trataban de conciliar esas teorías europeas y norteamericanas con la realidad que vivían en países mestizos, encontrado escritos que confirmaban un pensamiento racista muy fuerte en esta parte del continente. Lo hizo comparando a Cuba y Argentina, que sí pudieron atraer una importante inmigración europea.

En Cuba encontró que existían organizaciones negras muy fuertes desde 1840, y que allí se había creado el único partido negro del continente después de las guerras de independencia. El resultado de este trabajo se publicó en inglés y español bajo el título Lo que nos corresponde. La lucha por la igualdad de los negros y mulatos en Cuba, estudio que le valió varios premios en Estados Unidos y el Caribe.

Después hizo planes para hacer una investigación sobre el oriente de Cuba pero la situación era tan difícil en ese momento en la isla que decidió volver con su hija a Colombia y ver lo que ocurría en el Caribe colombiano, región de condiciones similares al Caribe insular. Observando esto se planteó las siguientes preguntas: “¿Por qué no hubo una movilización basada en la raza en la Costa Caribe colombiana durante la guerra de Independencia, periodo en que se desbarató todo el sistema de control?” O “¿Por qué la nación colombiana se presenta como mestiza y andina y no como caribeña?”  

“Algunos amigos en Estados Unidos ni siquiera sabían que Colombia tiene la tercera población afrodescendiente más numerosa de América”, dice Aline Helg, quien revisó archivos de España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Colombia para responder esas preguntas, y poco a poco se dio cuenta de que el caso de Colombia era totalmente distinto al de Cuba, entre otras porque no había medios de comunicación, el sentido de pertenencia a Africa se había perdido y tampoco había una élite de hacendados fuerte, que utilizara la raza para dominar, como la hubo en Cuba, donde aún se utiliza el término “raza de color”.

Además, veía Aline en sus estudios, el Caribe colombiano había sido durante mucho tiempo parte de una gran periferia no conquistada, con poco control de Estado y de la iglesia, por eso no se explicaba cómo en esas sabanas y montes, a la sombra de las rochelas y sitios de libres, no había florecido una insurrección de los sectores mestizos y blancos pobres. Y fue por esos estudios sobre el tema racial como llegó al personaje llamado José Prudencio Padilla.

Personaje que, curiosamente, no apareció cuando investigaba los hechos de la Independencia sino cuando leía la correspondencia del Libertador Simón Bolívar, quien decía en algunas de sus cartas -palabras más, palabras menos -que había que hacer algo con ese militar costeño que amenaza con imponer en la Gran Colombia una “pardocracia” como la que habían impuesto los negros en Haití. Así llega también a las cartas que el mismo Padilla envía a Bolívar y a Santander.

“En ese momento digo: ¡Aquí tengo mi héroe!”, recuerda emocionada Aline, pues mientras que en Cuba había encontrado muchos héroes enaltecidos por la Revolución, en el Caribe colombiano no había encontrado ninguno. Finalmente entendió por qué  Padilla no había podido ejercer aquí un liderazgo como el que ejerció en Cuba un Antonio Maceo: “por la geografía, por las terribles maniobras políticas y por la debilidad de la Costa, a la cual nadie le paraba bolas”, dice la investigadora suiza en su español desparpajado.

“Era una región despreciada, y yo traté de entender por qué, pues toda esa gente también fue independentista, murió en las guerras. Uno de los pocos que sobrevivió fue Padilla; también Juan José Nieto, pero él era muy joven en la época de Independencia.”

Cuando recibía de manos del alcalde su diploma
como hija adoptiva de Riohacha.


Algunos historiadores dicen hoy que a pesar de todas las críticas que se hacen a los caudillos, estos sembraron las semillas de la nación con sus redes de clientelismo y arraigo en las masas. En la región Caribe no hubo ese caudillo. Padilla era un hombre honesto, sin deseos de riquezas; su riqueza era su honor, su figura y su única ambición el reconocimiento de su papel en la guerra de Independencia.

Sus estudios sobre el Caribe colombiano le tomaron casi diez años, hasta la publicación en 2004 de Libertad e igualdad en el Caribe Colombiano 1770-1835, obra que recibió el Premio John Edwin Faggde de la Asociación Americana de Historia en 2005. Su primer artículo sobre el Almirante guajiro[2] había salido en 2001, y fue antes de que descubriera el panfleto Al respetable público de Cartagena, que dio origen a otro artículo: Bolívar, Padilla y la pardocaracia. Un tema en el que Helg ve toda una veta de trabajo.

-        O sea que podría seguir trabajando sobre Padilla, le digo.
“Ah, si me dan documentos, sí, estoy lista”, responde sonriendo.

Ahora está terminando algo sobre el pensamiento social de Bolívar, tiene un “pequeño” proyecto sobre historias de mujeres esclavas que lucharon por su libertad, y finalmente, le da los últimos toques a su Historia general de la resistencia de los esclavos en las Américas.

Tenía también un proyecto sobre historia del Pacífico “pero con esta Expedición Padilla tengo tanto corazón aquí, que voy a tener que decidir. De pronto me quedo en el Caribe”.
Por ahora seguirá con sus cursos en Ginebra, pero tiene tantos amigos aquí que lo más seguro es que regrese. Además, ahora es hija adoptiva de Riohacha.  

Ver otra entrevista y artículos sobre Aline Helg en: 




[1] Libertad e igualdad en el Caribe Colombiano 1770-1835. Banco de la República/Fondo Editorial Universidad EAFIT, Bogotá/Medellín, 2011
[2] “El general José Padilla en su laberinto: Cartagena en el decenio de 1820”, en Haroldo Calvo Stevenson y Adolfo Meisel Roca, eds., Cartagena de Indias en el siglo XIX, (Cartagena: Universidad Jorge Tadeo Lozano/Banco de la República, 2002), pp. 3-29.

domingo, octubre 09, 2011

Epílogo de una expedición


Habíamos quedado en Riohacha,  donde dejé al grupo expedicionario el domingo 2 de octubre, a punto de salir hacia la plaza central para el homenaje al Almirante Padilla. Allí se celebraría un Te Deum en memoria de su muerte, un 2 de octubre de 1828. Había autoridades civiles, eclesiásticas y militares; sol picante, lluvia fina y banderas ondeando, pero también una colorida delegación de Cartagena que había llevado un pedacito de las Fiestas de Independencia para celebrar el hermanamiento de las dos ciudades que Padilla llevó en el corazón. A la alcadesa Judith Pinedo le regalaron una medalla y una pintura del almirante, y ésta le regaló a Riohacha una escultura alegórica a Getsemaní. Pero además se declaró a Aline Helg y a Adelaida Sourdis como hijas adoptivas de Riohacha por su conocimiento y aporte a la consolidación de Padilla como un héroe de la patria.



Todo eso ocurrió esa mañana frente a la Catedral después de una noche que había comenzado muy bien con las exposiciones, los libros presentados  y la actuación de dos sorprendentes orquestas: la de Fundarte, de repertorio clásico, y la Charanga Junior, conformada por jóvenes de 12 a 18 años pero que suena como las grandes. 


Digo que había comenzado muy bien porque al final de los actos, cuando nos retiramos al hotel a descansar, nos llevamos una ingrata sorpresa: a los decibeles ya muy altos de los negocios de afuera se sumaron los de una fiesta que se ofrecía en la piscina del hotel y que hacía sencillamente imposible el reposo de los expedicionarios. Uno de ellos decidió incluso irse a dormir a otro hotel y al día siguiente se presentaron quejas formales ante la gerencia. 

El incidente no merecería una mención si se hubiera tratado de un "hecho aislado", pero lo traigo a cuento porque representa uno de esos defectos de nuestras ciudades que nos hacen sentir vergüenza a los caribeños cuando tenemos invitados. No hay asomo de control sobre los niveles de ruido en el espacio público, y lo peor es que el problema no es solo de día -que vaya y venga- sino que a veces es más agudo en la noche, cuando no se puede ni dormir en paz ni conversar en las terrazas. Y a ello se agregan las basuras por todas partes, la mala calidad del servicio en hoteles y restaurantes, el incumplimiento y la informalidad con que se asumen los compromisos por parte de los proveedores o establecimientos contratados. Pero habiendo dejado constancia de estas incomodidades, sigamos con el epílogo de este viaje por el conocimiento sobre el Caribe y su historia.

Eduardo Polanco y Rafael Bassi fueron en busca
de la música.
Los expedicionarios realizaron visitas, entrevistas, fotografías y grabaciones que conforman un registro de la realidad regional a 200 años de la Independencia. Eduardo Polanco y Rafael Bassi realizaron en cada ciudad un inventario musical, en algunos casos con tintes de arqueología, encontrando viejas grabaciones y compilaciones de temas dedicados a Cartagena, Barranquilla, Santa Marta y Riohacha. El cheff Alex Quessep visitó las plazas de mercado en busca de productos,  ingredientes y preparaciones que, o bien están en plena mutación o bien se conservan intactos en la memoria de cocineras y cocineros populares. Rafael Vergara hizo un atento seguimiento al estado del medio ambiente, enseñándonos secretos de las bahías, los manglares y las lagunas costeras, y la expedición hizo enérgicas declaraciones sobre la contaminación de la bahía de Santa Marta y la Laguna Salada de Riohacha.

Desde Cartagena, la estrategia Negro tenía que sé visitó escuelas y con propuestas lúdicas estimuló la interculturalidad, la lucha contra la discriminación y las reivindicaciones étnicas de los colombianos. Se conocieron también los aportes del pueblo wayuu, que tiene ancestrales relaciones con el Caribe insular, que se hermana con Venezuela en lengua y territorio; que mantiene su singular economía basada en el intercambio y que ha ejercido históricamente diversas opciones de resistencia a la agresión colonial y a los intentos de colonización cultural de los nuevos tiempos.
Muy importantes fueron también en la expedición las nuevas tecnologías de información y comunicaciones. Con la participación del Ministerio de las TIC el buque ARC Cartagena de Indias se convirtió en un Punto Vive Digital y de Gobierno en línea con 35 computadores para la formación de los jóvenes a bordo y el uso por parte de los expedicionarios y la prensa. Más de 2.000 personas visitaron el buque y se entregaron 10 aulas digitales en Cartagena, Santa Marta, Barranquilla y Riohacha, en ésta última con tecnología especial para personas sordociegas.
Según el balance hecho por la Expedición y la experiencia misma de quienes la vivimos, el Padilla que conocimos no es un héroe petrificado en los pedestales sino una figura de carne y hueso que dio muestras de gran valor y capacidad intelectual. José Padilla es un caribeño al que la vida le jugó una mala pasada habiendo sido el más grande de los de su generación, Y no puede quedarse anclado en el pasado sino inspirarnos para el futuro.


Alberto Abello Vives, director de la Expedición.
Como señala Alberto Abello, el alma y nervio de la Expedición,  “la vida de Padilla nos obliga a reconocernos los unos a los otros, a hacer una construcción social colectiva desde la comprensión de la diversidad sin hegemonismos caprichosos ni fórmulas administrativas y políticas que no cuentan aún con suficiente viabilidad. Que nos obliga también a entendernos como un país de regiones donde no basta que se desarrolle una sola. Colombia progresará cuando exista una mayor integración nacional alrededor de los grandes propósitos de la superación de la pobreza, la marginalidad y la desigualdad social. Pero cuando comprenda, también, que tiene en el Caribe colombiano su inmenso potencial para la construcción de la sociedad pendiente”.


Terminó este primer trayecto marítimo y terrestre, con sus horas de viaje ocupadas por igual con el paisaje y la actividad de la expedición; sin un minuto para el aburrimiento. Extrañaremos la camaradería del combo y los nuevos amigos y amigas que dejamos en este Caribe que se queda pero también en el que va y viene con personas como Adelaida, como Aline, como Carlos y tantos otros que participan en esta aventura de conocernos. Pero la agenda de Padilla continúa con una amplia programación que se desarrollará en Cartagena, Montería, Coveñas y San Andrés hasta el mes de diciembre. En el 2012 se entregarán las memorias y resultados de las investigaciones logradas durante la travesía, a las cuales se podrá acceder en www.expedicionpadilla.com
Patricia Iriarte

viernes, septiembre 30, 2011

En aguas y tierras de Padilla

Dejando el puerto de Santa Marta en la madrugada de ayer.



Aquí en la Guajira no es necesario encuestar a la gente de la calle para saber cuántos conocen a Padilla, porque él aqui es un héroe cercano y un hombre -todos lo saben- que supo guerrear pero también amar y dudar, y bailar. Hay una biblioteca con su nombre, así como colegios, estatuas, canciones y leyendas que la Historia se esfuerza por alcanzar y traducir al lenguaje científico. Pero no es fácil; el mito escapa a los intentos de racionalización y no se preocupa si pasa o no la "prueba ácida" de los testimonios y los  documentos incontrovertibles.

Este segundo día en Riohacha fue un día emocionante, con las excelentes y sentidas palabras de Aline Helg, para quien la alcaldesa de Cartagena, Judith Pinedo, pidió la declaratoria de ciudadana honorífica de Riohacha por su pasión y conocimiento sobre la gesta del Almirante; de Adelaida Sourdis, quien dejó en claro que para ella la importancia de esta figura histórica está en habernos devuelto el mar, y de Weildler Guerra, que hizo una brillante y emotiva intervención "desde la emoción y la memoria". 
Estudiantes de uniforme blanco le hicieron calle de honor
a los expedicionarios, y a la entrada del Muelle Turístico
 un grupo de parroquianos y curiosos nos esperaba
con esta pancarta.



Todo esto sucedió en el panel sobre la importancia de Padilla en la historia nacional, que se llevó a cabo en el auditorio del Banco de la República. Y aunque ya se había realizado uno similar en Santa Marta este fue muy especial; esta vez el auditorio fue, mayoritariamente, de público local: estudiantes, maestros, gente del sector cultural, periodistas, jubilados y entre ellos, por supuesto, más de un pariente lejano del guajiro homenajeado: hijo del hermano del abuelo de Padilla, sobrina-nieta de su segunda esposa, tío imaginario del abuelo del comandante. Es un dato cierto que el almirante no tuvo descendientes, aunque sí muchas mujeres pero, ni falta que le hace. 


Adelaida Sourdis, historiadora experta en la Independencia,
Wieldler Guerra, antropólogo e historiador, Judith Pinedo, alcaldesa
de Cartagena, y Aline Helg, historiadora suiza especializada
en Padilla.
Llevar el apellido Padilla es tan honorífico que aún quienes no tienen ningún lazo de sangre ni político con José Prudencio (aquí sí se llama así) quisieran descubrir alguno entre sus antepasados.  Uno de esos parientes -por vía del hermano menor de José- nos cuenta durante el coctel que la infertilidad de Padilla se debió a una varicocele producida, probablemente, por unas paperas que "se le bajaron". Aquí la historia del héroe, me atrevería a decir, hace parte de los imaginarios de la identidad, y al parecer, no sólo para los adultos mayores. Dos jóvenes de menos de treinta años que estuvieron presentes en el panel -uno de ellos vistiendo a la manera tradicional de los indios, es decir, con guayuco y guaireñas- se acercaron a Aline Helg para entregarle un poema y un dibujo en señal de afecto y gratitud por su dedicación a la historia de Padilla y por ayudarlos a comprender aún más y mejor la trascendencia de su figura. Ella, que ya estaba profundamente conmovida por la sola posibilidad de pisar esa Guajira sobre la que tanto había leído, casi suelta una lágrima con el gesto de los jóvenes, con quienes se quedó largo rato "arreglando el mundo".











Importante la declaración de Adelaida Sourdis sobre la necesidad de que la historiografía nacional se modifique para abarcar la historia que se escribió en los mares. Porque ya es hora de que se cuente que la Independencia definitiva de España tuvo en el mar , y no en los andes, sus dos batallas culminantes: la Noche de San Juan, frente a Cartagena, y la batalla de Maracaibo, ese lago marino a donde Padilla entró con su flota en medio del fuego y los escollos para vencer y sellarle del todo las puertas de América a la flota española. Por eso -dijo Adelaida- para mí Padilla simboliza el mar, la recuperación de ese mar al que por tanto tiempo le hemos dado la espalda.


Y fascinante la versión de Wieldler Guerra, antropólogo, quien ratifica lo que veíamos: uno es el Padilla de la historia oficial  y otro es el de la memoria colectiva, y estos dos nacen, incluso, en sitios diferentes: el de la historia oficial nació en la Villa de Pedraza y el otro nació en Camarones. Uno fue un gran general, bastante ingenuo políticamente, y otro fue el hombre que amaba a las mujeres y armaba unas juergas descomunales.


Pero más allá de todo esto, a lo largo de la agenda académica de la expedición ha quedado clara otra cosa, y es que Padilla representa la supresión del pasado. Desde el siglo XIX la nación colombiana viene asistiendo y reforzando la exclusión de amplios sectores sociales de la narración de su historia. La negación del papel de los pardos en la Independencia nacional se sigue reflejando hoy en la discriminación racial que se aplica en Cartagena y en otros lugares del país, así como en las múltiples y frecuentes formas de exclusión de los llamados sectores "subalternos", en una sociedad a la que le cuesta dejar de ser clasista, racista y decimonónica.

miércoles, septiembre 28, 2011

La Samaria



Nuestras ciudades se re-nombran, se re-definen, se auto bautizan con nuevos nombres y apodos sacados del argot popular, del vacile, de esa voz interior que un día ordena trastocarlo todo para salir del tedio. Barranquilla tiene hoy por lo menos cuatro formas de nombrarse; Cartagena al menos tres y a Santa Marta comenzamos a llamarla también de otra forma: La Samaria. Un nombre menos santo y más prosaico que suena a personaje callejero. La Samaria es una mujer hermosísima pero demacrada. Con unas ojeras que no logra disimular el maquillaje; las ropas finas pero raídas y la voz ronca de las fumadoras o de las mujeres que se han cansado de llorar. Tiene el pelo y las uñas sucias de carbón pero a ella no le importa; sigue recorriendo las calles con su risa fácil, su desparpajo y su mirada inteligente.  


Si la identidad de Barranquilla es mestiza y la de Cartagena es afro la de Santa Marta parece ser indígena, pero no del todo, y no del todo blanca ni del todo negra, y su mestizaje es más con el cachaco que con los mismos pueblos del Caribe. Ahora le pone nombres indígenas a cuanto negocio abre, pero no conoce ni respeta la cosmogonía que esos nombres encarnan. Presiento que La Samaria ya no sabe quién es  realmente.

Los forasteros que llevaban tiempo sin venir  se sorprenden, agradados, con las obras que han hecho en el Centro: La remodelación del Parque Bolívar y el de los Novios, algunas zonas peatonales adoquinadas y la recuperación de algunos edificios. Qué bonita se ve, dicen, y así es, al menos en ese pedacito de ciudad. Sin embargo, una caminata nocturna por esas calles  en este mes de temporada baja nos revela un paisaje poco menos que desolado. Son pocos los negocios que abren entre semana, la basura se riega en las aceras y en éstas se refugian también los habitantes de la calle. 


No se puede decir que sea agradable ni seguro dar una vuelta a las diez de la noche por las calles aledañas a esos mismos parques, o a la Catedral, o por la Avenida Santa Rita. Sólo el Camellón se deja recorrer todavía pero el paisaje urbano se siente deprimido, sin energía. Ni siquiera la nueva Marina, rodeada de piedra de mármol, logra insuflarle vitalidad a esta fachada de la ciudad, y basta que llueva un poco y suba la marea para que las calles del centro se inunden de aguas negras. Más allá no me aventuré, pero no se requiere mucha imaginación para deducir cómo andan las barriadas. 


Ya se sabe que cuando se invierte en cemento pero no en la gente, las obras no cumplen su cometido. Embellecer por fuera pero no por dentro es un sofisma de distracción porque más temprano que tarde la pobreza terminará arruinando las costosas inversiones.


Las aceras de la Quinta siguen invadidas de pequeñas chazas, puestos y hasta neveras de helado de las grandes marcas que roban luz del alumbrado público. Un caos total del que sacan ventaja los extorsionistas que explotan hasta al más humilde de los vendedores ambulantes.


Entonces regreso a las charlas que escuché de las historiadoras Adelaida Sourdis y Aline Helg, en el marco de la Expedición Padilla, sobre el Caribe de la Colonia, ese que justo antes de la Independencia se dividía en una sociedad de clases y castas pero trataba de construirse y de estar a tono con los vientos republicanos.
En esa época, por ejemplo, el viaje de Santa Marta a Cartagena tomaba seis días por tierra y uno por mar. Hoy el trayecto por mar toma 16 horas y por tierra solo tres


El Caribe colonial estaba formado por pueblos de indios y sitios de blancos y lo gobernaban funcionarios de la corona. Los corregidores, contaba Adelaida Sourdis, no tenían sueldo pero estaban autorizados por la metrópoli para hacer negocios con los indios y criollos y obtener de allí los medios de subsistencia.  Hoy los funcionarios tienen sueldo pero igual siguen haciendo negocios desde sus cargos para aumentar sus medios de subsistencia.


Y mientras Cartagena florecía La Samaria de ese entonces se convertía en una de las poblaciones más pobres del Virreinato. Fue quedando como un sitio de paso porque a la gente no le provocaba quedarse. No había gente para trabajar la tierra sino indios belicosos y piratas al acecho. 


Hoy los campesinos están desplazados, los indios han decidido resistir de otras formas y los piratas tienen una nueva faz. Andan camuflados pero ahí están, saqueando la ciudad, robándole su alegría.


Patricia Iriarte

Mujeres de palabra. Armemos la espantosa

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