miércoles, marzo 19, 2008

Mesita de noche


Poemas de Ryszard Kapuscinski


Un hombre mayor
levanta
un dedo que ha mojado con la lengua

mira
de dónde sopla el viento

después
se sitúa según la dirección del aire
y sale volando

no muy alto
no muy lejos


*****************


La poesía es un templo
con su frescor
el pensamiento se pone al rojo vivo

las palabras
son llamas solidificadas


- - - - - - + - - - - - - - -




El lomo color cobalto del río
se mueve lentamente entre la vegetación
como un animal agotado
que arrastra su tambaleante corpacho
hacia un invisible bebedero



^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^


La poesía es algo así en algunas personas durante un
cierto tiempo algo en el interior
No tiene nada que ver con nada




De:
Poesía completa
Bertleby Editores
Edición bilingüe

enero 2008

miércoles, febrero 06, 2008

Asunto: La marcha del 4 de febrero


Subject: Por qué sí fui a la marcha

De: Patricia Iriarte


Ante todo, por pura y simple solidaridad con los colombianos y colombianas secuestradas en la selva, en las ciudades, en los campos de Colombia, de Venezuela o donde quiera que lo estén. No quería que la sospecha que se cerró sobre la marcha contra la FARC, me impidiera entender que lo que esas personas, las secuestradas, necesitan escuchar, es un no rotundo del país a todo lo que significa esa situación. Lo hice por Ingrid y por todos los que no tienen por qué estar allí, cuando la guerra es entre grupos armados, no contra civiles desarmados.

Pero lo hice incluso por los soldados y por los militares retenidos, porque son combatientes de uno de los bandos y existen normas internacionales que los protegen pero no se les pueden aplicar porque el gobierno no admite que exista un conflicto armado. Marché contra el cinismo estatal y contra el otro, que tampoco admite estar equivocado. Quizás sea cierto que la marcha convocada por los estudiantes a través de internet la coptó el establecimiento para justificar, con el respaldo de las masas, una escalada militar contra las FARC. Quizás no. Quizás sea cierto que los gringos están detrás de todo esto; no tendría por qué extrañarnos. Quizás esto tenga un efecto no previsto por ninguno de los actores y se convierta en un importante hecho político que genere cambios en la situación que vivimos; entonces habrá valido la pena.

No lo sé, pero en cualquier caso, no veo la razón para no salir a expresar, en ejercicio de un derecho humano básico, lo que yo pienso. Millones lo iban a hacer, en un sentido. Yo, como muchos otros colombianos y colombianas que decidieron no marchar, quería enfatizar otro aspecto del problema: la necesidad de un acuerdo humanitario para lograr la liberación de los secuestrados. Eso no es estar a favor del gobierno, como tampoco a favor de las FARC. Yo también creo que lo urgente es darle una salida negociada al conflicto armado, y así puedo expresarlo también en un espacio como Facebook o cualquier otro de la red. Es más, el septiembre del año pasado se organizó en Barranquilla una jornada por la paz a la que podrían haber ido todos los que se oponían a la marcha de hoy, pero tampoco esa vez asistieron.

Allí había muchos, que como yo, no teníamos la camiseta oficial del evento. Un hombre, que se firmaba como “víctima de la injusticia”, llevaba sobre su cabeza un cartel manuscrito que rezaba/: “estoy criticando todo aquello que genere violencia. No más terroristas. Organismos estatales a los corruptos los premia, les da casa por cárcel, eso se llama injusticia…”/ Otros, con diversos tonos de sátira carnavalera, decían otras cosas alrededor de Chávez y Kennedy, y otros esgrimieron la imagen de Gandhi.

No soy uribista, aunque me haya mezclado con la multitud de marchantes, como tampoco me hubiera convertido en guerrillera si hubiera decidido quedarme en casa. Yo quería marchar contra todos los grupos armados, y así pude decírselo al periodista John Lee Anderson, que reporteaba a manifestantes en el atrio de la catedral, antes de que la multitud se dispersara. Yo quería marchar por el acuerdo humanitario y así lo hice sin que nadie me lo impidiera ni me agrediera por ello. Es decir, había que estar allí para decir lo que pensábamos.

miércoles, enero 30, 2008

En la retina







Imágenes que nos quedaron de la magnífica segunda edición de El Carnaval de las Artes, que se llevó a cabo del 16 al 20 de enero.



*Mario Pirovano, en su estupenda interpretación de la obra de Darío Fo, Johan Padan.


* Victor Ramil, del Brasil,con su bellísima voz.


* Fernando Vallejo, diciendo de las suyas.


* Pedro Lemebel en plena actuación.


* Lemebel con su interlocutor, el poeta colombiano John Better

jueves, enero 17, 2008

Plumas invitadas

Inauguramos esta sección con un relato inédito de la periodista venezolana Maye Primera Garcés, sobre un viaje al delta del Orinoco.


Viaje al fin del Delta

Maye Primera Garcés

En mi país los nombres se otorgan casi por el mismo acto reflejo por el que los niños warao llegan al mundo. Usnavy, como los barcos gringos. Esso, como las petroleras extranjeras. Yedoska, como la tragedia informática que acabaría con todos los pueblos menos con San Francisco de Guayo -donde hay una sola computadora y mucha televisión satelital. Maye, como mi apodo, que era novedad en el pueblo. Y Maye Medina, porque alguien debe haber decretado que los indígenas waraos usaran apellidos cristianos, aunque no tuvieran traducción posible en su lengua. Maye nació en el sector Buraco de San Francisco de Guayo, un día de marzo de 2003 que no supe precisar.
San Francisco de Guayo es un kilómetro cuadrado de tierra firme artificial que se extiende sobre el caño Osibukajunoko del Delta del Orinoco, labrado en la selva en 1941 para fundar allí una misión capuchina. Se llamó San Francisco, porque así lo quiso su fundador, en advocación a San Francisco de Asís. Y Guayo, por “aguayo”, nombre que le dan los waraos a un bagre, gris, pequeño y de largos bigotes que solía abundar en este trozo del río. La gran avenida de San Francisco es el Orinoco, que divide al pueblo en dos riberas y que al cabo de 25 kilómetros de navegación, desemboca en el océano Atlántico. Guayo tiene lo que pocos caseríos: una escuela, una iglesia, una comisaría, una medicatura y un generador de energía.
Gracias a su abundancia está poblado por tres tipos de gentes: los que, como Maye, nacieron allí, los que llegaron por lancha y los que fueron arrastrados hasta allá por un naufragio; entre todos suman mil doscientos habitantes.
Los palafitos con paredes y puertas de los “criollos” –de la maestra, del policía- están en el margen norte del pueblo; viven allí los que están en contacto más directo con el mundo y el país de afuera, no sólo porque están formados en un oficio sino porque están más cerca de la desembocadura del caño en el Atlántico, donde el cuerpo del delta se desmorona en el mar.
Al centro está todo cuanto le da noción de orden y conjunto al pueblo: la misión, la iglesia, la escuela, la comandancia de la policía, la cancha de basketball y los palafitos con paredes pero sin puertas de los waraos evangelizados. A diferencia de los criollos, estos indígenas comparten su fortuna con la comunidad: todos los días, a las 9:00, los dueños del palafito con televisor descorren la cortina de la sala para dejar ver la telenovela a las decenas de vecinos que se sientan afuera, en el puente que hace las veces de calle sobre la ciénaga.
El margen izquierdo lo habitan los indígenas que no han sido alcanzados por el evangelio, pero sí por la cumbia, por la harina de maíz precocida, las sardinas en lata y el ron. Sus palafitos no tienen paredes, como se acostumbra en la cultura warao, que es la cultura de los hombres y mujeres del agua. En una choza de doce metros cuadrados hay seis hamacas y viven diez. El palafito de Maye es uno de estos, pero está un poco más allá: a media hora en lancha rápida y a dos horas de tracción aplicadas sobre remos que llaman canaletes, en una zona aún más periférica de esta izquierda.
En cierto sentido, este es un pueblo horizontal.


2.
Una mujer morena, de pómulos prominentes y seis dedos en el pie no dejaba de mirarme. Se mecía en la hamaca, enterrando el meñique extra contra los troncos del piso para darse impulso. Y yo, en venganza, le miraba el dedo del pie, mientras esperaba que el enfermero que me llevó a Buraco para ayudarlo en la ronda antituberculosa terminara su trabajo. En eso estaba cuando llegó el lanchero gritando “Maye”. ¿Maye? Que es que le quieren poner tu nombre a una muchachita que nació esta semana y la mamá quiere que la veas.
Nadie nunca le había puesto mi nombre a nada. Ni a una sobrina ni a una ahijada. (Debe ser también porque no me llamo Maye sino Maryelina y porque, en cuanto pude, yo misma me cambié el nombre). Qué honor.
La niña tendría tres o cinco días de nacida, la madre unos veintitantos años de edad, y era su tercer nacimiento vivo de cinco partos. Acá el embarazo adolescente no existe, porque las mujeres son mujeres a los quince.
Dígale que le puse su nombre, le habrá dicho en warao la madre al enfermero, porque luego él tradujo, dice que le puso su nombre. Pero Maye no es un nombre, le dije. Y qué importa, volvió a traducir, ese es el que a ella la gusta. Comenzamos a entendernos, porque a mí también.

3.
Hay sólo dos formas de salir de aquí. O en el transporte de la alcaldía, que parte una vez a la semana siempre y cuando se llene el cupo mínimo de quince pasajeros. O por casualidad. En esta comunidad de mil doscientos habitantes, quince personas son poco más del uno por ciento de la población y ese uno por ciento sólo se anima a salir del pueblo una vez por mes. El tiempo estimado de navegación en el lanchón municipal hasta El Volcán -que es el puerto más cercano a Tucupita, la capital del estado- es de ocho horas y equivale a un vuelo Caracas-Madrid. En consecuencia, la casualidad es la línea fluvial que transporta a más pasajeros en todo el caño.
Después de una semana de espera, la casualidad me llegó a la medianoche del lunes. La instrucción que recibí del maestro suplente era que le preguntara a Comiquito: un hombrón de cincuenta y tantos años, grueso, que en aquel momento peleaba con una soldadura del dique que contenía el kilómetro de tierra artificial y al pueblo entero. Comiquito nació en Tucupita y fue maestro de la escuela de San Francisco, por culpa de un supervisor que le agarró ojeriza y quiso trasladarlo al fin del mundo. Después de diecinueve años de servicio, cuando el ministerio aprobó su jubilación, ya no quiso irse del pueblo y ahora trabaja como contratista de la dirección de Obras Públicas de la alcaldía. Disculpe, ¿es el señor comiquito?
El que se voltea es un moreno curtido, los bigotes de alambre, y lentes de pantalla azul celeste, decorados con discreto corazón de diamantes, que le protegían los ojos estrábicos de los chispazos del estaño. Es comiquito.
Salimos a las 11:30 de la noche del palafito en el que viví las últimas tres semanas. Y la memoria es tan benévola que no recuerdo el terror de subir sola a un lanchón que bajaba a medianoche por el Orinoco, tripulado por seis hombres desconocidos, además de Comiquito. Recuerdo sí, todo lo que me trajo la tranquilidad: que había una luna inmensa como una torta de casabe; que los lancheros indígenas tienen una noción exacta del curso de las corrientes y de la ubicación de los bajos, las piedras y los troncos que mi miopía nunca lograran ver; y que el sexto tripulante, sentado al fondo de la lancha, era el policía del pueblo que, más que infundir respeto por su rango, daba la impresión de ser un hombre inofensivo por los dos patos pichones que llevaba amarrados a una de sus botas. También era de Tucupita el policía; habían transcurrido tres meses desde que fue transferido a San Francisco de Guayo para combatir los crímenes más insólitos.
Una tarde le tocó investigar la desaparición de una cosecha entera de ocumo, el tubérculo sobre el que se basa la dieta del warao. El dueño del conuco remó seis horas desde su caserío hasta San Francisco para consignar la denuncia del robo. El policía, que no tiene lancha bajo su mando, consiguió un motor, cuarenta litros de gasolina y cuarenta de aceite; reunir todo, a precio de descuento, le costó unos 200 mil bolívares. Al llegar al caserío, el ladrón esperaba a la policía, bien vestido y calzado; confesó el delito y se subió a la lancha del policía sin que se lo ordenaran. En la mitad del camino, el policía comenzó a llenar su expediente: ¿Y cuántos kilos fue que te robaste? Veinte, mi teniente. ¿Cuánta plata es eso? A 100 bolívares el kilo, serán como dos mil bolívares, mi teniente. ¿Y por dos mil bolívares me hicieron venir hasta acá? Y terminó el ladrón: es que hacía mucho tiempo que no venía a San Francisco.
Me dormí sobre una nevera que Comiquito llevaba a Tucupita a reparar. A las 6:00 de la mañana me despertó la noticia de que nos quedamos sin gasolina y que llegaríamos a El Volcán río abajo, tan pronto como el Orinoco decidiera expulsarnos hacia allá. Al menos ya estamos de este lado y no nos pasó lo que a Juan, comentó el lanchero.
Juan es el capitán de los destrozos del barco varado en el muelle de San Francisco. Salió de pesca desde el Puerto Güiria y su bote naufragó en la desembocadura atlántica del Delta; una patrulla naval lo arrastró hasta este, que era el puerto más cercano. Cada vez que parte el transporte de la alcaldía, Juan se queda en el muelle esperando un repuesto que le traerán para reparar su bote y no volver nunca más. Ya es la segunda vez que Juan llega a San Francisco en semejantes circunstancias y las malas lenguas del pueblo dicen que ni siquiera se comerían un sancocho preparado con leña de ese barco. Toda su tripulación lo abandonó. El repuesto no llega. Y en esa espera ya han pasado seis años.

martes, enero 08, 2008

A mano alzada




ARTE COLOMBIANO EN ARABIA

Nuestro amigo Eduardo Márceles, curador de una exposición de arte colombiano inaugurada el 20 de febrero en Abu Dhabi, Arabia Saudita, nos hizo llegar un ameno relato de su experiencia.


"Recordados amigos, por fin tengo una tarde libre para escribirles un saludo. Desde que llegue me meti de cabeza en organizar la exposicion que estaba cruda, todo empacado en guacales y aun sin comunicado de prensa ni listas de correo. Entonces empece por escribir un boletin de prensa, enviar imagenes y empezar a clasificar las mas de 200 obras y revisar el catalogo que aun no estaba impreso. Por suerte aqui la gente es muy eficiente y rapida. El catalogo lo imprimieron en tres dias, dos mil ejemplares, y enviamos con la ayuda de dos secretarias todo lo relacionado con la prensa que ha sido muy generosa en divulgar el evento.
El problema fue llevar las obras al Palacio de los Emires pues solo se puede de noche despues de las 10 pm. Me tomo tres noches distribuir e instalar la exposicion de mas de 40 artistas. Fue todo un camello, pero tuve la ayuda de cuatro pakistanis que estaban bien entrenados, asi que en dos noches montamos las obras. El miercoles pasado fue la inauguracion, todo un espectaculo. Yo estuve en la ceremonia de cortar la cinta simbolica con el ministro de cultura, en compania de los embajadores de Espana, Venezuela, Uruguay, Brasi y Mari Gamarra, la directora ejecutiva de Contempo (no hay delegacion diplomatica de Colombia).
Llegaron como trescientas personas a la inauguracion entre arabes y extranjeros. Imaginense el 80% de la poblacion es de paises cercanos (India, Pakistan, Libano, Siria, etc) y el 20% por supuesto son los llamados "locales", y dentro de esa proporcion el 74% son hombres y solo el 26% mujeres, especialmente entre los miles de trabajadores que se dedican a la construccion y a los trabajos manuales y de servicios. Asi que la situacion es critica, me dicen que hay mucho homosexualismo entre ellos y una que otra prostituta casi todas chinas.
El Palacio de los Emires es inmenso, masivo y elegante, con paredes de marmol en diferente colores con incrustaciones de oro sobre una playa del golfo Arabe o Persico (depende en que orilla te encuentres) y unos jardines llenos de palmeras y flores de todos los colores. La comida es abundante, importada de todos los paises del mundo, pero carisima (una libra de tomate cuesta 5 dolares!!).
La ciudad es limpia y sus avenidas amplias y rapidas, hay muchos edificios y las construcciones no paran dia y noche, dicen que hay una escasez de vivienda de 500 mil unidades que tienen que suministrar en el menor tiempo posible. Hoy pude salir a caminar por la Corniche, una especie de malecon que bordea el mar, muy bello con jardineras y ciclovias, y pude ver que estan construyendo una playa artificial de dos o tres kilometros.
Contempo Corporate Art, la entidad que organiza la exposicion, pertenece a dos colombianos con muchas pilas que estan desarrollando una encomiable labor de impulsar el arte de Espana y america Latina en estos Emiratos y, en general, el Medio Oriente. Les ha ido bien, la mitad de la exposicion se vendio en los primeros tres dias, y ellos esperan que se vendera la totalidad antes de que termine el 22 de marzo.
Cuenten cosas de por alla, que cosas suceden, como marcha todo. No olviden que estoy muy lejos y no me entero de muchas cosas aunque en ocasiones entro al internet y leo El Heraldo y El Tiempo, pero no es lo mismo.
Reciban, queridos amigos, un fuerte abrazo desde esta orilla del desierto de Arabia".

miércoles, diciembre 26, 2007

Indispensable

Leer la carta-poema de despedida del poeta colombiano Hernán Vasgascarreño, al dejar la ciudad de Santa Marta después de vivir muchos años en ella y fundar Poetas al Exilio junto a un grupo de escritores e intelectuales samarios. Hernán se va para Bogotá dejando en nuestra región una importante revista de poesía, Exilio, con más de 15 números publicados. Es una lástima que se vaya de nuestro patio, pero sabemos que ese paso es de mucha trascendencia para nuestro querido amigo.

Aqui está el poema que Hernán nos ha dejado en el corazón y a la poesía caribeña. Porque lo sentimos nuestro.



PARTIDAS



Mas volver debe el alma…
Volver a la morada suya antigua.

Luis Cernuda


I
Vuelvo al inicio de mi viaje.
Regreso al final de todo hombre sabiéndome soñado.

Me despojo de esta máscara que tanto talla
y me ajusto al rostro apacible de la Nada.

II
Me voy despidiendo de todos
ahora que nadie me ve;

poco a poco he aligerado las valijas:
libros, trastes, ropas y asuntos
que ya no puedo soportar
porque mis fuerzas son livianas,
y no conozco dónde sueñe el puerto
que urde un tramo de mi tiempo
desde siglos antes de nacer.

III
Mil veces hice las valijas,
previne rutas y estaciones,
me atafagué de ropas para inviernos,
de barbitúricos para noches desoladas;

agarré de allí a un amor
y de más allá me despedí de los paisajes
que siempre presintieron mis huidas;

pero nunca partí porque huí antes de la hora
y me quedé mirando cómo se alejaba
el barco que nunca se alejó,
el barco que se llevó lo que retuve
a fuerza de luchar y pactar con los recuerdos.

IV
Mañana asomará la hora precisada,
los boletos los tengo en el bolsillo.

He dicho adiós a los vecinos
que solían saludarme cuando estaban vivos;

abrí la puerta de la jaula a los pájaros
que nunca apresé: soltaron vuelo;

me deshice de mis duelos, de mis huesos,
de un tanto de mí para poder ser espantajo,
y saludé como siempre a las nubes y montañas
engañándolas para que no sepan que me voy.

V
Qué hacer con este día que ahora pesa,
cómo borrar el regusto de este atardecer
y no ver los pájaros que ya vuelven a sus nidos
ni escuchar sus gritos de días ya gastados.

Para mañana me alisto sin afanes,
me pongo todo lo que no tengo,
desecho todo lo que me falta.

Pero mañana fue un día,
hace años…
Ya no recuerdo cuándo.

VI
Concebí el libro que no soñé mientras el alma
se evadía en el lenguaje de los cuerpos;

deshice los versos que no escribí –y que ahora leo-
cuando soñaba sabiéndome despierto;

buscando su silencio leí el mundo hacia atrás
borrando tonadas que aprendí, pasos que olvidé,
palabras que no soy y no puedo cantar.

Todo es vano.
El pasado es más presente que el ahora.

VII
Perdí mi ruta sin moverme de mi puerto,
aposté al lujo de amar y gané tres veces en mi vida,
mis tres amores van conmigo y no sé cómo ocultarlos,
todos llevan su mirada delatora: otra vida más dichosa.

Estas manos conocen tu última morada, cuerpo casi
mío que a veces confundí con el ulular de la noche;

navegué en tu sangre a brazo fuerte y tuve miedos,
arrié velas, erigí casa y dormí bajo sus árboles;
de sus ramajes imité algunas trinadas
para alejar la larga sombra del ahorcado matutino;

sentí crecer los hijos que de tanto no ser ya son ancianos
y hasta el final acaricié fielmente el lomo de mis perros;

pero nada era mío, salvo el irme permanente;
perdí mi ruta sin moverme de mi cuerpo.

VIII
Para ayer me preparé …porque mañana.
Para huir de mí me puse un nombre …porque yo.
Para este día me alisté …porque me fui.

Vuelvo al inicio de mi viaje.
Regreso al final de todo hombre sabiéndome soñado.

Me despojo de esta máscara que tanto talla
y me ajusto al rostro apacible de la Nada.

Pero mañana fue un día,
hace años…
Ya no recuerdo cuándo.


Hernán Vargascarreño
Dic. de 2007

jueves, diciembre 20, 2007

Desde la hamaca




Deberíamos, pero no

Por Mara del Rio


Agosto de 2007

Deberíamos hablar de la primavera tropical por estos días; de las explosiones de color que suceden en los árboles y del verde renacido con las lluvias. Pero la realidad nos obliga a mirar, y a pensar en otros temas: agrios, cruentos, desoladores como las imágenes que nos asedian por doquier.

El país está sembrado de muertos, lo demuestran los hallazgos, penosamente comunes, de las fosas. Los ríos, salidos de madre, arrastran casas, cadáveres, culpas, cultivos, verdades. En la ciudad o en el campo, la gente es avasallada por tropas color verde, color gris, color negro, color muerte. Los representantes del pueblo no son tales y el pueblo sigue sin saber elegirlos. Los políticos se sientan a manteles con los “señores” de la guerra. Los corruptos se siembran cada vez más en los cimientos sociales. El deterioro avanza; y como en las novelas de Rojas Herazo, no cesa el rumor de la plaga que carcome los bienes, las conciencias y las instituciones.

Deberíamos mirar las cometas flotando en el cielo, pero en su lugar vuelan helicópteros. Deberíamos respirar aliviados por la confesión de los verdugos y la esperanza de justicia, pero sus palabras siguen siendo tan oscuras como sus intenciones. Deberían los gobernantes ser superiores a sus retos, pero descienden hasta el lodo y son pendencieros. Alientan la justicia por mano propia, juegan sucio, mienten, timan, chantajean.

Diciembre de 2007

La horrible noche todavía no cesa. La soberbia cercena todo intento humanitario. La carta de Ingrid, su imagen minada, su dolor, nos golpea a todos. Los políticos, todos, siguen sin saber qué hacer: ni los presidentes de la potencia europea, ni los viejos líderes de la guerrilla colombiana.

Deberíamos hacer lo que hace un pueblo digno: levantarse, decir basta, apartar la niebla de sus ojos, revocar, derogar, desobedecer; construir otra casa, otro país, incluso otro himno, otro escudo, otra bandera si es preciso. Porque todo emblema está arruinado, y todo símbolo pervertido.

Deberíamos tomar ciertos ejemplos, rescatar ciertos sueños, estrenar ciertos derechos. Deberíamos, pero no… Alguien nos detiene, algo nos paraliza. ¿Está dentro de nosotros? ¿Dónde está? ¿Qué es? ¿Quién es? ¿Hasta cuándo, hasta dónde? Pero sobre todo, ¿Por qué?

lunes, septiembre 17, 2007

Féminas

La Carta a Isolda

Por Mara del Río

El texto que sigue es un fragmento de un artículo titulado “Carta a Isolda”, publicado en la página www.ciudaddemujeres.com, el pasado 24 de abril. En esta pieza del género epistolar, la autora, Pilar Cabanes Jiménez[1], asume la personalidad de Leonor, una abuela que transmite a su nieta su sabiduría en torno a la condición femenina en los tiempos que le tocó vivir. Pero la carta, en tanto pieza literaria, no es más que un recurso para introducir a sus potenciales lectoras en la obra de la escritora medieval Cristina de Pisán, como parte de de un trabajo mayor titulado “Antología didáctica de escritoras en la Historia”.

“Querida Isolda, luz de mi vida, nieta más amada, te escribo esta carta que espero que entregues un día a tu hija y ésta a la suya, pasando de generación en generación; hasta que amanezca el día en que no se haga necesario porque nos reconozcan y nos reconozcamos.
Una poetisa griega, a la que leí a hurtadillas de tu tatarabuelo, Safo, decía estas palabras: Os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro. Y eso pretendo yo, mi niña, al escribir estos folios, de nuevo casi a escondidas, pues sabes bien que la lectura y la escritura, en nuestra era, no son cosas femeninas. Pero mi cielo, aunque te instiguen a coser, a fregar, a tomar marido y a criar hijos, como labores mujeriles; nunca dejes de leer, de escribir tus sentimientos en primera persona; aunque debas hacerlo en secreto o con un pseudónimo masculino, porque llegará el día en que alguien se acuerde de ti. Llegará el día en el que las mujeres puedan despojarse de esta máscara impuesta por la sociedad; el día en que podamos elegir marido; escribir, leer, sin que sintamos que usurpamos un territorio de hombres; investigar, pintar, operar, hacer lo que nos plazca sin tener en cuenta nuestro género.

Isolda, a través de mis palabras te quiero transmitir unos conocimientos para mí muy valiosos. Quiero que tengas una imagen de la mujer plasmada por otra mujer; para que seas justa a la hora de valorar a tu propio sexo. A menudo, los hombres ofrecen una visión un tanto distorsionada de nosotras, plasmándonos en sus escritos, como ángel o como diablo, como la madre de Dios o como la perdedora y tentadora del hombre. Imagen ésta tendente a los extremos que no se corresponde con la realidad femenina.

Por otra parte, nuestros escritos, nuestras composiciones musicales, nuestros inventos, no gozan de la misma popularidad que los realizados por el hombre; pasando desapercibidos, por ser obra femenina; o, en el peor de los casos, siendo incluso robados por aquellos que nos rechazaron.”
A continuación, la abuela pasa a narrarle a su nieta “algunas de las cosas que pude descubrir al leer algunos libros y al escuchar algunas conversaciones privadas”, entre ellas, que Sócrates había reconocido que algunas mujeres tenían una sabiduría superior a la suya, refiriéndose a la ilustre Aspasia, de quien habría aprendido el método filosófico que luego la historia le atribuyó a él. Más adelante continúa la abuela, refiriéndose a las cartas de Abelardo y Eloisa: “Mi niña, si sientes curiosidad y quieres leer estas cartas, acude a mi buena amiga Cristina de Pisán. Ella las consiguió y me las leyó al calor de la chimenea. Recuerdo que brotaron lágrimas de nuestros ojos.”

De esta forma la autora presenta la figura de Christine de Pizan o Cristina de Pisán, escritora de ideas adelantadas que desarrolló la mayor parte de su trabajo literario entre 1400 y 1418. Defensora de la educación femenina y según dicen, tenaz contradictora de los hombres en sus críticas a las mujeres, se le considera la primera francesa de letras que consiguió vivir de su profesión. Pasó varios años pleiteando para recuperar su herencia, lo que hizo que tuviera que ganarse la vida escribiendo. Compuso tratados de política y de filosofía, y libros de poesía.
Es sorprendente que en esa época una mujer lograra expresar algo que describe la experiencia de muchas mujeres hasta hoy: “Y si alguna mujer aprende tanto como para escribir sus pensamientos, que lo haga y que no desprecie el honor sino más bien que lo exhiba, en vez de exhibir ropas finas, collares o anillos.”



[1] Licenciada en Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz. Realizó el Doctorado en la misma y ha escrito diversos artículos relacionados con el mundo medieval: la muerte, la medicina, los ungüentos, la sexualidad, las enfermedades venéreas, el aborto, el deseo femenino, las escritoras, la tipología femenina en las cantigas de escarnio, entre otras, publicados en revistas sobre Historia, Arqueología y viajes. Ha sido directora artística de varios musicales, el último, sobre La Vida de Santa Juana de Lestonnac. Actualmente trabaja como profesora de lengua y literatura, en el Instituto Fernando Savater, en Jerez de la Frontera.

jueves, enero 11, 2007

Página de poesía





Árbol, pájaro, nido

Esta mañana el ajetreo de los pájaros me resulta insultante. Son casi las once y divago, me distraigo y me debato entre hacerme el desayuno y estrenar los libros relucientes.

Qué hago aquí, me pregunto, como si tuviera una respuesta. Como si tuviera que tener una respuesta. Son casi las once y los pájaros parecen recién levantados. Vuelan por todas partes, diseminando semillas y anunciando algo de lo que no nos percatamos; discutiendo, silbando, resolviendo cosas del almuerzo, supongo. ¿No era pues, al amanecer cuando encendían sus gargantas para después volverse invisibles entre el rumor de la ciudad, hasta la hora del ocaso?

¿Qué hago yo aquí, ociosa, inútil y humana entre tantas aves laboriosas que no cesan de poblar esta mañana? Por todas partes se escuchan; por el manglar, por la playa, por la avenida; alargando el día con su sola presencia, con el solo sonido de su palabra: pájaro, que es toda música y libertad, libertad y desorden en las horas.

Pájaro, árbol y nido se confabulan en un himno elemental, en una imagen esencial de la naturaleza que persiste en su quehacer, en su milenaria colaboración para producir más árboles, más pájaros. Para arrullar la semilla que vuela y luego se sumerge en la tierra oscura y tiembla y se deshace en hojas que guardarán al nido y así pueda producirse, entonces, una mañana como esta en la que no me queda más remedio que escribir este poema.

Patricia Iriarte



A LA VIDA SE VIENE A VIVIR

Impresiones acerca de “PAIS INTIMO”, de Hernán Vargascarreño

Fondo Editorial Universidad del Magdalena, 2006


Patricia Iriarte


Cada región de este País Íntimo nos depara una sorpresa. No porque sorprenda la calidad literaria de Hernán, pues ya la conocíamos, sino porque el poeta sabe cuándo y cómo tocarnos con su palabra, a veces dulce y otras brutalmente, allí donde más la vamos a sentir.

El país de Hernán tiene viajeros, trenes, estancias, confesiones, advertencias, juegos de infancia, rituales, imprecaciones, diatribas. Lo recorren trenes de equívocos trayectos; lo surcan imágenes luminosas, plenas de significado; lo atesoran las casas en sus altos muros que devienen en tumbas; lo define un invierno que dejó en la memoria su tristeza fecunda; lo habita un hombre que se confiesa culpable, vivo, hastiado, rebelde, acusador, dispuesto a lanzar la piedra de la poesía contra nuestra conciencia para sacarla de su cómodo sueño.

Su íntimo país, como el de cualquiera de nosotros, tiene una hermana, una abuela, un padre –ausente, por variar-, una carta, y ese inevitable inventario de posesiones donde caben el agua, los frutos de los árboles y “una que otra tormenta con sus bellos relámpagos.”

Lo maravilloso es que el poeta transmuta esos lugares comunes en su único y particular universo, y al mismo tiempo logra que ese universo, que le es tan propio como su sangre y sus recuerdos, lo reconozcamos también como nuestro. Es nuestra esa casa, esa Colombia en que vivimos, esos dones que compartimos y esas mismas cicatrices que parecen hacer parte de nuestro código genético; que llevamos casi como una bandera.

Y es así porque el país de Hernán, es decir, su poesía, no ha salido del cubilete de un mago. Se ha macerado en lecturas y se ha nutrido en algunas de las vetas más hermosas de la poesía colombiana: allí palpita Arturo, con su amor desmesurado por la naturaleza; allí está la huella de Gaitán Durán, con su rumor de fuentes y su certeza de estar vivo; allí resuena el País secreto que cantara Roca en los ochentas y que hoy regresa, con el dolor intacto, golpeándonos el rostro.

Vargascarreño se indigna, como lo hizo y lo hace aún la generación desencantada, pero ya no sufre esa indignación sino que la ejerce como un sagrado derecho, sin importarle de lo que se le tache, sin hacerle concesiones a las modas como tampoco a las ideologías. A la vida se viene a vivir, ha dicho, y eso es lo que hace, sin olvidar que la vida tiene su reverso:


El poema quinto de “País de agujeros”

Que los árboles persistan

en su antigua agonía,

que de mi boca verde

se siga deslizando este país de hormigas

que se pudre en silencio.

La palabra de Hernán es viril cuando enumera, con triste y delicado sarcasmo, los oficios que atentan contra la poesía, como ese de Persuadir a cierto cuchillo/para que ignore el pan/y solo se ocupe de los enemigos, o ese otro de: Dirigir la flecha/al corazón del único guerrero/que podría libertar a su pueblo.

Pero también es femenina su palabra cuando pronuncia la “Oración” e incluye en la plegaria “...las rosas no abiertas que presienten el roce/de tu aliento”.

En su País Íntimo, Hernán grita, llora, exige y acaricia, subvierte crucigramas, insulta diccionarios y se da el lujo de decir todo aquello que muchos, aún en la intimidad de sus alcobas o en el confesionario de sus analistas, no se atreven a decir (mucho menos a pensar, presos de culpa). Como aquello de desear que un enorme enorme/ meteorito se estrelle contra la tierra y ¡zas! /todo (y todos) quedemos convertidos en pavesas, /en polvillo del universo...

Sí, a la vida se viene a vivir, y eso incluye el hastío, pero también, y por fortuna, el prodigioso recurso de escribir hermosos y profundos versos capaces de salvarnos de ese hastío.

domingo, agosto 14, 2005

Desde el Caribe colombiano


En esta casa que es el planeta Tierra, nuestra habitación es Colombia, nuestro vecindario, el Caribe entero y nuestro horizonte, inconmensurable.

Mujeres de palabra. Armemos la espantosa

#ColombiaTieneEscritoras.  Colombia tiene mujeres en el ecosistema del libro y la lectura  Pronunciamiento de mujeres colombianas frente al ...