jueves, marzo 24, 2011

Breves páginas con Meira


Por Miguel Iriarte



1.
Foto de El Heraldo
Era 1977. Deambulando por el centro 
de Barranquilla, me encontré en una 
esquina unos libros viejos con el sello de 
la Librería Mundo, ofrecidos a 
los transeúntes a la costumbre de 
unos módicos pesos. El encuentro sirvió 
para comprar las ediciones príncipe de 
Todos estábamos a la espera, de Cepeda Samudio;
Marsolaire, la noveleta de Amira de la Rosa
y Alba de Olvido,  el primer libro de 
Meira Delmar, en aquella 
extraordinaria edición de la vieja 
Editorial Mejoras de Barranquilla. 
De ñapa, me encimaron una edición del Breve tratado de la destrucción de 
las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas; una Historia crítica de la 
novela argentina,  de Manuel Ruano.  Aquella era la segunda vez que 
tenía para mi deleite los poemas de Meira Delmar, luego de 
aquel cuadernillo que le publicó Simón Latino y que yo 
había descubierto años antes en la biblioteca de Sincé.

2.
En 1979 vivía yo a una cuadra exactamente de la bella casona en 
donde residía Meira con su hermana Alicia. Sin conocerla 
todavía personalmente, allí la veía casi todas las tardes, a la luz 
aromosa del jazminero de su ventana, en la terraza, sola o con 
Alicia, conversando en la tarde barranquillera con amigos asiduos, 
como Campo Elías Romero Fuenmayor, o aquel señor mayor, con aire 
de antigua elegancia, que yo veía también entrar y salir de mi 
casa vecina.

3.
Yo andaba en esos años cursando mi licenciatura en Filología e 
Idiomas en la Universidad del Atlántico y revisaba los 
relatos precolombinos en un texto titulado Horas de Literatura Colombiana 
de Javier Arango Ferrer. Un día, estudiando bajo el roble del 
antejardín, recibí la visita del señor vecino que solía ver en la terraza 
de Meira, y me preguntó qué estaba leyendo. Cerré el libro y le enseñé 
la portada. El sonrió y me dijo: ah, ese libro lo escribí yo.

 Y así era. El personaje que pasaba las tardes con Meira resultó ser 

Javier Arango Ferrer, un extraordinario escritor antioqueño, 
oftalmólogo de profesión, amigo de los nadaístas, Secretario 
de Educación en el Atlántico en los años 50 y también embajador 
en Argentina, en donde escribió precisamente ese libro que ya era  
un referente obligado en la historiografía de nuestra literatura. 
Pues, Javier, con ese aire suyo de  príncipe desencantado, como lo 
llamó  X504, tenía una habitación alquilada en casa de mis vecinos 
los Ballestas e iba donde Meira cada día a tomar sus alimentos 
y a charlar en las tardes.

Fue el principio de una interesante amistad con un abuelo inteligente 
y sabio, de largas conversaciones sobre literatura y arte, de 
una indeclinable admiración por Meira y por su poesía, y en él 
tuve también a uno de los primeros lectores agudos de mis 
poemas iniciales.

4.
Otro día, hablando con Javier, me comentó que estaba 
conmovido porque había perdido sus espejuelos de leer y Meira 
había tenido la amabilidad de cederle los suyos para que él revisara 
un texto que le urgía. Y quería devolverle a Meira en gratitud algo 
que compensara aquel regalo. Un libro, dijo, o un poema, quizás, 
pero como se confesaba mal poeta a pesar de los esfuerzos, me pedía 
mí que con los insumos del episodio escribiera un poema para 
Meira. Fue mi primer poema por encargo. Y lo hice asustado y gustoso.

5.
Hoy no recuerdo aquel texto pero sí cuando lo vi doblar la esquina  
esa tarde con el papelito en el bolsillo de la camisa, como un 
colegial emocionado, mientras yo apretaba los dientes haciendo 
fuerzas para conjurar el ridículo ante Meira. Varios días pasaron 
para volver a hablar con Javier sobre el recibimiento del poema. Un 
día tocó a mi puerta y me dijo: sólo ayer me atreví a entregárselo 
y le encantó. Y agregó: Estamos invitados a cenar un día de estos.

6.
La cena nunca se dio porque un buen día ya no lo volví a ver. Meira 
me contaría después de su genio y su talante, y de cómo la 
había emocionado, no tanto el poema como la ocurrencia de Javier. 
Y supe también de su muerte años más tarde en Medellín.

7.
Pero yo conocí personalmente a Meira después, entre los estantes 
de literatura de la vieja Librería Nacional del centro de Barranquilla. 
Yo asistía a las Tertulias del Gallo Capón que tenían lugar cada 
sábado a media mañana en la cafetería de esa librería, en un convite 
en el que el poeta Joaquín Mattos y yo éramos los benjamines 
entre presencias como las de Alfredo Gómez Zurek, Carlos J. 
María, Edmundo Ramos, Guillermo Tedio, Ramón Bacca, Ariel 
Castillo, Oscar Darío Cárdenas y, de vez en cuando, la visita casual 
del profesor Assa o Meira.

Ese día hojeaba ella un libro de poemas; me le acerqué, le pregunté 
su nombre y me le presenté como alguien que intentaba la poesía. Y 
me alegró saber que recordaba gratamente algunos versos míos y 
me llamó la atención, cariñosa y severa, por alguna palabra mía 
atrevida que ella no compartía. Y fuimos amigos.

8.
Tuve la oportunidad de leer a su lado en Medellín y Cali; de ser 
su compañero en un vuelo tempestuoso de Bogotá a Medellín, en el 
que me invitaba a disfrutar de la belleza de los relámpagos en el 
cielo oscurecido y de los truenos que estremecían el avión; me hizo 
el honor de presentar mi segundo libro de poemas; me invitó a 
compartir en su mesa las delicias árabes de su casa; hablé con 
ella muchas veces de poesía o de música; me regaló su 
exquisita colección de discos de vinilo y tuvo siempre una 
opinión demasiado generosa sobre mi poesía.

9.
En mi pequeña biblioteca personal están sus libros. Y regados en 
mi corazón están sus versos. Y allí mismo, una enorme gratitud 
por su amistad.

10.
Meira: “No es el tiempo el que  pasa / eres tú que te alejas”.

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