jueves, diciembre 27, 2012

Nelsa y los expulsados

Ernesto Macausland, in memorian

Crónica publicada por la revista cultural viacuarenta en su edición especial Nos. 13/14, que está dedicada a la crónica en el Caribe colombiano. Para ello su director reunió a una nómina conformada por Ramón Bacca, Anibal Tobón, Roberto Burgos Cantor, Sigifredo Eusse, Julio Olaciregui, Jaime Cabrera, Adlai Stevenson, Joaquín Mattos, Ernesto Macausland, Libardo Barros, Patricia Iriarte, Alfonso Hamburguer, Javier Franco Altamar, Alberto Salcedo Ramos, Fausto Pérez Villarreal, Robinson Quintero, Beatriz Vanegas, Paul Brito, Alfredo Baldovino, John Better y Catalina Ruiz-Navarro. 
Aquí, el texto de Patricia Iriarte sobre la visita a Barranquilla de una mujer que viaja por el mundo conjurando la violencia en los jóvenes pandilleros.


Nelsa y los expulsados


Es sábado en la tarde y la vida bulle en el barrio Rebolo de Barranquilla. A pesar de que no es quincena, el fin de semana se ve movido; la música sale de los parlantes a todo volumen, las calles principales son un hervidero de jóvenes preparando su plan para esa noche, cuadrando la cita, consiguiendo el billete para la rumba. Los hombres adultos se reúnen en torno al billar o a la mesa de dominó y se toman unas cervezas para aliviar el calor o para embolatar por un rato la mala situación. Una camioneta van de color blanco, nueva, de las que alquilan para turismo, ingresa al barrio en busca de una dirección: la de la peluquería donde trabaja Alfonso  uno de los líderes pandilleros de este sector de la ciudad.

Rebolo aparece en las estadísticas oficiales como uno de los diez barrios con mayor frecuencia de homicidios, aunque en el último año sus cifras han bajado. Aquí muchos jóvenes pertenecen al mismo tiempo a un “combo”, como les dicen a las pandillas, y a alguna de las barras de su glorioso equipo Junior. El escudo del club está por todas partes, incluso tatuado en pechos, brazos y pantorrillas. Rebolo se disputa con el Barrio Abajo el ser la cuna del carnaval de Barranquilla, pero nadie desconoce que es un bastión del juniorismo y veta de jugadores y boxeadores de quilates.

Alfonso, quien estaba pendiente de la visita, hace correr la voz de que la reunión va a comenzar. En pocos minutos sus amigos –todos hombres- llegan hasta el patio de una de estas viejas casas de Rebolo, donde están citados veinte muchachos que pertenecen a diferentes combos. La idea es que conozcan a Nelsa Curbelo, una señora con gafas, aire de monja y acento extranjero (es ecuatoriana pero algunos piensan que es argentina) que viene a escucharlos y a contarles algunas historias.

Casi todos los que están allí tienen el cuerpo y el rostro marcado por cicatrices de navaja, de cuchillo, de botella, de bala. Llevan en el cuello una cadena y un rosario; detalle que no impide que luzcan como el tipo de persona que uno no quisiera cruzarse en la calle, como esos que se llevan en una ráfaga tu celular, tu cartera, o tu vida.

Aquí, como en muchos otros barrios de Barranquilla, los pelaos se hacen deportistas, bailadores, cantantes, obreros, mecánicos pero también peleadores, malandros, rebuscadores. Y en especial, miembros de los Tabaquitos, de los Toma sopa, de los Casi flojos, de los Mondaquitos, de los Simpson o de cualquiera de las pandillas y grupos que existen en la ciudad. No se sabe con exactitud cuántas son y dónde están. El Consejero para la Seguridad y Convivencia Ciudadana tiene la esperanza de que no sean más de 2.000, pero hay razones para pensar que son más.


Nelsa Curbelo, pacifista ecuatoriana
Nelsa comienza a hablar, a contarles por qué están allí ella, Washington Guerrero y Pablo Castillo; a decirles que hay otros jóvenes como ellos, metidos incluso en problemas más grandes que los suyos, que lograron salir del círculo vicioso de la violencia, del microtráfico y de la adicción.  Enseguida le da la palabra a Pablo, un joven moreno y corpulento que fue líder de los Master of the Street, una de las pandillas más bravas de Guayaquil. Al dar su testimonio de vida Pablo cuenta que su cuerpo aún aloja tres balas de la época en que tanto la policía como las bandas enemigas  le pusieron precio a su cabeza. Hoy en día sigue en la pandilla, pero ejerciendo un liderazgo positivo, transformador.

Cuando es el turno de los pandilleros toma la palabra uno que lleva gafas oscuras porque perdió un ojo en una riña. Es uno de los más jóvenes del grupo, pero hace un análisis casi sociológico de la situación de los jóvenes como él y termina con una alusión al conflicto de Siria. Después intervienen tres o cuatro de sus compañeros, quienes hablan, a su manera, de su deseo de superación mediante un estudio técnico y un trabajo digno. Al escucharlos se tiene la impresión de que los atracos, los hurtos, las riñas y los riesgos que hoy hacen parte de su diario vivir, pueden quedar atrás. Al menos para aquellos que aún no han entrado en las ligas mayores: las mafias, las bandas criminales y el paramilitarismo. Los tres grandes empleadores de los jóvenes en el suroriente y el suroccidente de la ciudad.

Nelsa supo allí que algunos conocían un oficio y los que no, querían aprender alguno para ganarse la vida de otra forma, pero nadie les daría trabajo con esa pinta, con sus antecedentes y sin recomendaciones en su hoja de vida; por eso, y porque difícilmente un muchacho de estos admite un jefe, lo recomendable es ofrecerles la oportunidad de crear su propia empresa o negocio para que inicien su vida laboral.

Ellos, a su vez, sabían algo sobre Nelsa Curbelo. La Fundación Proceder Siglo XXI, que había contactado a Nelsa y organizaba su agenda en la ciudad, les había dicho, al invitarlos, que iban a hablar con una señora muy importante que venía del Ecuador, que había sido nominada al Premio Nobel de Paz y que tenía una experiencia interesante en el trabajo con pandillas.  Lo que no sabían era que el 24 de marzo de 2011 esa señora estaba recibiendo en Barcelona, en una ceremonia elegantísima, el grado Honoris Causa  de una universidad catalana que quiso exaltar su obra e integrarla a su profesorado. Pero ¿por qué recibía tal homenaje en su madurez aquella chica uruguaya que se había hecho monja en Francia y echado raíces en Ecuador después de colgar los hábitos?  ¿Quizás porque había sido nominada dos veces al Nobel de Paz? ¿O por su impactante trabajo con las pandillas de Guayaquil? En esencia, a Nelsa Curbelo se le reconoce en el mundo por su defensa de los derechos humanos y por su activismo en la no violencia. Es una persona que desborda humanidad, que habla muy pausado y con dulzura, que es capaz de sentarse a hablar con el más duro de los duros, pero también de bailarse un reguetón con los chicos de la calle.

Para quienes no saben lo que es el pandillismo en Guayaquil hay que decir que allí existen más de 60 mil pandilleros (la población de Baranoa y Galapa juntos). Algunas se hacen denominar naciones, y exportan miembros a Europa. La Latin King, por ejemplo, armó cuadrillas en Barcelona y en Madrid y puso en jaque a sus autoridades.  En estas ciudades sus miembros fueron capaces de tomarse parques enteros y obligar a los españoles a pagar derecho de entrada. Naciones, grupos, bandas, asociaciones juveniles. Son muchas las identidades que adopta este fenómeno social, al que Nelsa Curbelo analiza como parte de un problema de comunicación y sobre todo, de afecto.

Pero volvamos al sábado. La camioneta blanca sale de Rebolo con rumbo al corregimiento de La Playa, donde  existe un grupo de expandilleros  o pandilleros en transición. La cita es en una iglesia pentecostal, adonde llega un grupo mixto, muy numeroso,  en el que todos visten la camiseta amarilla de la Selección Colombia de fútbol, a manera de uniforme. Se trata de los miembros de la rifa La Playa, casi todos habitantes del sector de la Cangrejera, uno de los más deprimidos de la ciudad. Muchos portan, además, una libreta y un megáfono con el que anuncian diariamente la rifa de un millón de pesos o un electrodoméstico. Su líder  dice que esta es la alternativa que encontraron para no seguir delinquiendo, para sacarle el cuerpo al negocio de las armas, al tráfico, a la guerra.

Nelsa Curbelo  y sus compañeros de la Fundación Ser Paz habían llegado a Barranquilla el viernes a mediodía, y tras un breve descanso se habían trasladado a la Casa de Justicia del barrio Simón Bolívar para reunirse con pandilleros que solo admitieron ser miembros de una barra juniorista y como tales se quejaron de la mala imagen que les han creado los medios, acusándolos de todos los desmanes que se cometen en las afueras del estadio cuando hay partido del Junior.  De los ocho que estaban allí solo tres estaban estudiando; los otros habían sido expulsados de sus colegios o simplemente habían desertado.

De allí salieron para Carrizal, a otro encuentro con los tirapiedras más famosos de ese barrio, quienes dijeron frases tan duras como “nuestro mayor enemigo es la sociedad”. También aquí se destacó un líder que demostró “tenerla clara” a la hora de analizar el problema de su barrio. Quedó claro que, al menos allí, la historia viene de atrás, que hay varias generaciones de pandilleros en Carrizal, entre ellos los antiguos Alacranes, hoy con nietos en las nuevas bandas.

La siguiente escala de la ruta fue en el Bosque, donde esperaban conocer a los jefes de Gama Alta y El Taconazo, pero ante el retraso de la comitiva éstos se habían ido a jugar un partido. La reunión se realizó en un garaje con un pequeño grupo de niños y adolescentes ligados a las pandillas a quienes Pablo y Washington les contaron cómo funcionaba en Guayaquil el programa de fútbol callejero y Barrios de Paz.  Al límite del  cansancio, los tres ecuatorianos y el equipo de la Fundacion Proceder salieron de este barrio casi a las diez de la noche, agotados pero ilesos.

En la mañana del sábado Nelsa visitó a los niños y niñas del Colegio Cultural Las Malvinas, quienes presentaron los resultados de su investigación sobre las pandillas y los picós en Barranquilla. Allí Nelsa elogió el trabajo de prevención que la seño Enko y su grupo de profesoras realiza con estos estudiantes. Luego en Soledad, bajo la canícula del mediodía, se realizó otro encuentro al que asistió hasta el alcalde del municipio, Franco Castellanos. A todos ellos y ellas -pues en estas pandillas si hay mujeres-  Nelsa los escuchó con atención, y pudo ver que para ellos, como para los chicos guayaquileños,  la bronca es el pan de cada día. No conocen otro lenguaje; en la casa se maltrata, en la escuela se maltrata, en la calle se maltrata. Algo que ella y sus colaboradores han aprendido a lo largo de trece años de trabajo con pandillas es que los jóvenes usan la violencia como medio de comunicación, en un esquema que debemos ayudarles a des-aprender, desactivando la maquinaria de la violencia.

El domingo, antes de salir a conocer el Museo del Caribe y otras caras de la ciudad, Nelsa Curbelo se dio un tiempo para ordenar sus ideas y sus emociones, con miras a la reunión que sostendría el lunes a primera hora con la alcaldesa de Barranquilla, el mandatario de Soledad, el Comandante de la Policía y un grupo de funcionarios del Distrito. Revisó sus apuntes y encontró algunas frases de los muchachos: “Ya no somos adolescentes, muchos somos padres de familia”. “Nadie quiere jefes”. “Hemos dejado la prudencia a un lado”… “Crecimos sin ninguna orientación profesional”. “No es sólo decir hagamos la paz, sino comprometerse.” “Necesitamos capacitación para tener la mente ocupada en algo.”

“En el estiércol nacen flores..."
Una de las frases que más ha marcado el trabajo de Nelsa Curbelo es “En el estiércol nacen flores, en los diamantes no”,  y con ella trató de infundirles esperanza a los que hoy se sienten en el fondo del abismo y a los que piensan que no hay nada que se pueda hacer para ayudarlos. También ha aprendido, como lo dijo en su discurso al recibir el Doctorado Honoris Causa,  “que no hay una gran diferencia entre un pandillero, un congresista, un médico, un profesor, un periodista, un santo… Nuestros miedos y esperanzas más profundas son bastante similares. Por eso me puedo indignar, enojar profundamente, pero me resulta difícil condenar.”

En ese mismo discurso la activista ecuatoriana narra uno de los momentos más dramáticos del proceso de paz con las bandas de Guayaquil, cuando lograron pactar una entrega de armas: “De pronto uno de ellos, el jefe, dice: “Bueno muchachos, llegó la hora”. Tomó una caja de cartón que rellenó con papel de periódico y la pasó entre los preocupados jóvenes. Uno por uno fueron levantando sus camisetas y quitándose el arma que llevaban a la cintura. Algunos lo hacían con gesto firme. Otros titubeaban, me miraban, miraban el arma, dudaban y por último con resignación ponían el arma en la caja. ¿Qué haremos ahora? ¿Cómo nos vamos a proteger?”

Nelsa Curbelo confiesa que quedó paralizada ante la pregunta y balbuceó algo que le sonó hueco frente a lo que significaba para ellos ese salto en el vacío. “Reconozco que hubiera debido abrazarlos, dice, pero ni siquiera atiné ese gesto primario. Allí me encontraba ahora, parada contra la pared, con una caja de zapatos dentro de la cual había ocho revólveres calibre 38”. Aparte estaba una cartuchera doble cañón pintada de dorado que había pertenecido a un joven de ojos negros a quien ella siempre llamó Ángel y que había sido asesinado seis meses antes, a los 16 años.

Pero esta mujer menuda, que no abandona nunca la calidez y el buen humor, ha vivido muchos momentos difíciles. Al llegar a Ecuador, en 1970, trabajó y vivió con los campesinos indígenas y por denunciar la desaparición y el asesinato de varios de sus líderes estuvo dos años bajo vigilancia militar. Solicitó la nacionalidad ecuatoriana al primer gobierno elegido democráticamente después de las dictaduras, y ya en Guayaquil organizó a las mujeres y a las comunidades de un barrio popular. Para entonces se empezaba a crear, bajo el liderazgo del Premio Nobel de Paz Adolfo Pérez Esquivel, el Servicio Paz y Justicia (SERPAJ) inspirado en los principios y la metodología de la no violencia. En 1985 Nelsa fue nombrada Coordinadora Nacional de SERPAJ-Ecuador y cinco años después fue elegida por unanimidad Coordinadora Continental de esa organización.

Desde ese cargo fue convocada para asistir a la entrega de armas de la Contra en Nicaragua y vivió momentos especialmente críticos cuando denunció la infiltración de miembros de Sendero Luminoso en los grupos de SERPAJ en Perú. El abogado que la había acompañado en el caso recibió una carta bomba que le destrozó un brazo. En 1999 SERPAJ se convierte en la Fundación Ser Paz y poco después, con Nelsa a la cabeza, comienza la transformación de las pandillas.

Con esa trayectoria y su especial manera de trasmitir su experiencia, Curbelo se sentó el lunes a dialogar con las autoridades de Barranquilla y Soledad, y al cabo de dos horas alcaldesa y alcalde anunciaban a la prensa el inicio de un proyecto piloto de Barrios de Paz y fútbol callejero en dos barrios conflictivos. Las dos estrategias creadas por Nelsa y su equipo son consideradas como ejemplo de un principio básico de toda intervención socioeducativa: un problema social requiere una solución social.

El martes, en el último día de su visita, la activista ecuatoriana participó en un panel sobre el abordaje de la violencia juvenil en el que también habló el Consejero Presidencial de Seguridad y Convivencia, la Secretaria de Gestión Social de la ciudad y una coronel de la Policía Nacional. El evento, al que se había invitado a varios jefes pandilleros, se realizaba en un exclusivo hotel de la ciudad. Más de 300 personas, entre maestros, líderes comunales, funcionarios públicos y profesionales de ciencias sociales acudieron para escuchar a los oradores, y en especial a Nelsa. Otras cien personas llegaron tarde y tuvieron que devolverse al no encontrar asientos en el salón, mientras que a otros los porteros del hotel les negaban la entrada “por razones de seguridad”: eran los jóvenes pandilleros de Rebolo, quienes sin saberlo encarnaron allí esa categoría social que Nelsa Curbelo llama los expulsados: “El marginado y el excluido -dice- pueden intentar incluirse pero el expulsado vive su realidad como una fatalidad que le impide ser él mismo. Esto produce un desaparecido de los escenarios públicos, un no-persona, sujetos que no importan y de quienes nada se espera, a los que hay que evitar, a veces eliminar. A partir de esa ausencia de reconocimiento, los jóvenes buscan a sus pares, a sus semejantes, a los otros expulsados como ellos”.

Los pelaos decidieron tomarlo con calma y esperar afuera hasta que terminara el panel. No llamaron a los organizadores ni intentaron sabotear el evento. Fue Pablo Castillo quien los descubrió casualmente cuando bajó al lobby. Entonces salió y compartió con ellos sus correos y las coordenadas en facebook para seguir en contacto.

Lo que sigue es tarea de la Alcaldía y de la sociedad barranquillera.

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