jueves, abril 02, 2009

La flota aérea de Bocas de Ceniza



Por Patricia Iriarte
Foto de Juan Carlos Martínez


¿Peces rumiantes? ¿Anzuelos voladores? ¿Pescadores que no se hacen a la mar? En los tajamares de Bocas de Ceniza, la única obra de ingeniería colombiana que –según dicen-- se ve desde la luna, todo es posible. Es lo que se siente al llegar a esta angosta franja de piedra donde viven los únicos pescadores de Colombia que usan cometa en lugar de redes. La ventaja de estos sobre sus colegas de otros lugares es que no necesitan bote, barco ni canoa para sacar la pesca. No precisan de velas, remos, ni ruidosos motores porque ellos conocen la ingeniosa forma de traer los peces desde el mar a la tierra a través del aire.

Carlos Monroy y Mario Mendoza, dos de los miembros de este particular grupo, nos cuentan que el invento lo trajo un paisa que llegó aquí hace 34 años. Sin embargo, se sabe que la técnica es antigua y proviene de Asia y Oceanía. Aquí la adoptaron los pescadores de Bocas de Ceniza y desde entonces la han perfeccionado agregando varios anzuelos a cada cometa –a diferencia de lo que se hace en otros países— aprovechándolas al máximo; unos para vivir de esto, otros como un deporte que no cambian por nada en el mundo.

Lo primero que hay que hacer, después de conseguir un buen carrete de nailon y una cometa adecuada (hecha necesariamente en plástico), es conocer el viento. Saber que aquí sopla desde el norte durante casi todo el año, excepto en septiembre y octubre; recordar que hay meses para la pesca de río y otros para la de mar. Que octubre, por ejemplo, es época de róbalo (el más caro del mercado), mientras que en noviembre y diciembre la captura es de chivo. Que una pesca promedio puede ser de 40 o 50 kilos de pescado, pero que cuando pica el sábalo la cordada puede traer hasta 60 kilos en varios vuelos.

Luego hay que estar dispuesto a levantarse a las cuatro de la mañana a preparar los aparejos para comenzar a las cinco y trabajar hasta las diez, o hacer la jornada de seis a seis, batallando con el viento en una franja de piedra de siete metros de ancho y bajo un sol canicular que azota sin posibilidad de escapatoria. A mano izquierda golpean, a veces con verdadera furia, las olas del mar; y unos pasos a la izquierda se explaya, entero, el caudal del Magdalena, con sus siete mil metros cúbicos por segundo. Allí no hay árboles, no hay carpas, no hay nada donde refugiarse del sol o la lluvia, pero debe ser muy placentero sentarse en un paraje como este en las horas frescas de la mañana o al atardecer a elevar una cometa y pastorear su viaje hasta las nubes, hasta ver la cosecha de peces colgando de la cuerda.

Monroy, que antes de escoger este oficio trabajó varios años como conductor en Barranquilla, es de los pescadores que fabrica sus propios anzuelos y señuelos, fundiendo el plomo en latas de sardina que calienta sobre un pequeño fogón. Luego vierte el metal líquido en los moldes, que a veces también son de su propia factura. En un recipiente con agua que tiene frente a su rancho nos muestra una serie de señuelos hechos con plumas de gallo fino, que son las mejores para engañar a los peces. Al colgar y desplazarse suavemente sobre el agua, las largas plumas semejan pequeños peces nadando cerca de la superficie, aunque también usan, por supuesto, carnadas reales como la lisa.

Es fundamental saber qué le gusta comer a cada especie: a los peces de mar les gustan los de río, que son blancos casi todos, por eso es codiciada la pluma blanca, que atrae buenas presas de agua salada. Algunos de agua dulce, como la dorada, son rumiantes, es decir que tienen dientes, y son capaces de picar hasta un pedazo de bollo limpio.

Un barrio de nadie, sólo del mar

A unos 500 metros del conjunto de casas, sobre una enorme laja de mármol pulido que debió llegar por error a este lugar, don Jairo Díaz se prepara para enviar a su cometa por peces a mil metros del tajamar. Tiene entre sus pies un carrete de 800 metros y otro de 200, y mientras hace los arreglos con ayuda de su socio, un paisa socarrón que se llama Aníbal, nos cuenta que de sus 59 años de vida le ha dedicado 20 a este oficio, alternándolo a ratos con una venta de “drogas blancas” que tiene en el mercado: así le llama él a su negocio de canela, clavito, boldo y otras hierbas medicinales que conoce tanto como los peces del Magdalena y del Caribe. Después de prestar el servicio militar don Jairo trabajó como guachimán y como albañil, pero se convenció de que eso no le iba a servir de mucho para levantar a los once hijos que ha tenido con cuatro mujeres. Además, no hay nada mejor que ser dueño de su propio tiempo.

Muchos llegaron hace varias décadas y literalmente, contra viento y marea, se convirtieron en una comuna donde se vive, se trabaja, se sufre y se goza como en cualquier otro barrio de Barranquilla. La calle es una sola, la de la vieja carrilera del tren que alguna vez sirvió para llevar los materiales y los trabajadores que construían los tajamares. Al culminarse la obra muchos se quedaron y otros fueron llegando después.

Falta de trabajo en otros frentes y deseos de libertad son dos motivos que abundan entre los hombres y mujeres que decidieron vivir aquí. Hoy los pescadores suman más de un centenar y están organizados en una cooperativa. Las mujeres atienden negocios de comida en dos estaderos que le venden a los vecinos y a los turistas que todavía se aventuran a llegar hasta aquí en los rudimentarios vagones que quedaron del “trencito turístico”.

Algunos tienen una casa en otro barrio de Barranquilla pero mantienen un rancho en Bocas como base para sus faenas de pesca, de manera que van y vienen periódicamente y a veces hasta traen a su mujer y a sus hijos para acompañarse y trasmitirles la técnica. Otros levantaron aquí una casucha de madera y plástico, porque de qué otra cosa se puede construir en un espolón que no les pertenece y que por obvias razones no ha tenido nunca acueducto, alcantarillado ni energía legal.

Bocachico contra carbón

En efecto, este barrio de dos kilómetros de largo por siete metros de ancho sobrevive sin servicios públicos desde hace más de 40 años, pero ya no lo hará por mucho tiempo. Donde hoy sólo parece haber “tugurios”, pronto habrá un superpuerto cuya primera etapa costaba (hace un año), 180 millones de dólares. Patios de acopio de carbón, zonas de descarge de barcazas, bandas transportadoras y terminales de embarque comenzarán a levantarse allí mismo donde hoy zumban las cometas.

En realidad, el macro proyecto debía haber comenzado hace años, pero a pesar de que todo está listo (con la gerencia adjudicada a una firma norteamericana), siempre ocurre algo que retrasa el inicio de las obras y el consecuente desalojo de los pescadores. Como si algo los protegiera.

Todo es posible, pero la globalización seguirá su curso inexorable y tarde o temprano abrirán ese puerto para que el progreso tenga una puerta grande por donde entrar. Por algo las acciones valen quince mil pesos y sólo puede adquirirse un mínimo de mil millones que debe pagarse en un solo contado.

El contraste no puede ser mayor. El pescado cuesta entre cinco y diez mil pesos el kilo; la tonelada de carbón, cien dólares. Pero mientras que el Ministerio de Comunicaciones remueve el último obstáculo que queda, el cable submarino que pasa por allí, esta comunidad seguirá pescando con cometa hasta el último minuto y recibiendo a los curiosos que llegan a ver de cerca la desembocadura del famoso Magdalena, a contemplar el encuentro sempiterno del río con el mar y a sorprenderse con esa flota área de pesca que, como cosa de magia, trae con la brisa una cosecha de peces agitados.

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